Por José Vidal-Beneyto
La multiplicidad de las lenguas es una irrefragable realidad mundial que la globalización ha incorporado a nuestra experiencia cotidiana. Cerca de 6.000 lenguas censadas cuya presencia activa tiene muy diversos niveles de utilización -desde la abrumadora hasta la apenas perceptible, pues en más de 500 ámbitos lingüísticos casi no llegan a 100 sus usuarios- y en múltiples casos con una muy precaria existencia en el propio espacio comunitario, por la batalla lingüística y por la avalancha de otras lenguas.
Unas 30.000 personas, en su mayoría familiares de las víctimas, asistieron hace poco en Srebrenica al entierro de los restos de 307 hombres musulmanes asesinados en 1995 por el Ejército serbobosnio del general Ratko Mladic. El acto marcó el 13º aniversario de una matanza (más de 8.000 varones fueron asesinados) calificada de genocidio por el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU. Las pruebas de ADN desvelaron la identidad de los muertos. De edades comprendidas entre 18 y 84 años, fueron arrojados en su día a fosas comunes.
En el primer caso hay que situar aquellas en las que los antagonismos nacionalistas se han subido a caballo de las lenguas, como en Bélgica, donde la rivalidad entre el francés y el flamenco se ha complicado con el enfrentamiento entre las comunidades territoriales de Walonia, Flandes y Bruselas. Sin olvidar a Malta, Quebec, Cataluña y tantos otros ámbitos.
En el segundo, nos encontramos con una turbamulta que va desde las 380 lenguas de la India, pasando por las 410 de Nigeria y las 670 de Indonesia hasta el opresivo abigarramiento de las 850 de Nueva Guinea. Recordando también su vigencia institucional que tiene en la Unión Europea una tan brillante ilustración, con las 23 lenguas oficiales para 27 Estados y con un Comisariado (ministerio), reservado exclusivamente al multilingüismo, regido hoy por el rumano Leonard Orban.
Abram de Swaan en *Words of the World *(Polity Press 2001), insiste en que el contacto y la interacción entre las lenguas depende de que su ubicación en el universo lingüístico sea periférica o central. Los lenguajes periféricos recurren casi siempre a la intermediación de una lengua común con fuerte capacidad conectiva como el quechua en América del Sur, o el wolof, lingala y bambara en África, que se constituyen y funcionan como lenguas centrales.
En Europa, todas las lenguas nacional-estatales asumen una función de centralidad conectora, obviamente con muy distintas modalidades respecto de las lenguas regionales: como sucede con el holandés para el frisón; con el finlandés para el sami, con el francés para el alsaciano, bretón, corso, euskera, occitano. En la perspectiva mundial en la que es hoy inevitable situarse tanto Swann como Jean-Louis Calvet (Por una ecología de las lenguas del mundo, Plon 1999) proponen la figura de lenguas hipercentrales que reducen a 10: árabe, chino, inglés, español, francés, hindi, malayo, portugués, ruso y suajili, a las que confían la responsabilidad de asegurar una mínima comunicabilidad dentro de cada macroárea lingüística y entre ellas.
La gran dificultad en este tema es la de distinguir en el tratamiento de las lenguas entre la dimensión de su uso cotidiano predominantemente privado y la utilización política, eminentemente pública, de las mismas porque está ligada a la indisociabilidad de identidad colectiva y lengua en todas las comunidades.
Es evidente que lo que no es ni legítimo ni deseable es que los líderes de cualquier comunidad, histórica o reciente, impongan la utilización de su lengua o lenguas a los miembros de otros ámbitos lingüísticos con fines políticos nacionalistas. Lo que sí es, en cambio, deseable e incluso necesario es impedirles que se sirvan de su política lingüística como dispositivo para, con pretexto de promover su patrimonio lingüístico, agredir a las otras lenguas. Quiere decirse que es absolutamente inaceptable recurrir a la fuerza de la ley para imponer o vetar un comportamiento lingüístico. Lo optativo y lo promotor son las modalidades que deben privilegiarse en la difícil práctica de la integración lingüística que en nuestro caso debe favorecerse, aunque reitero una vez más no imponerse, tanto a los no catalanes en Cataluña, como a los no hispano-parlantes, en particular a los no europeos en el resto de España. Pues es inevitable que a éstos, en particular a los africanos no lingüísticamente integrados, se les confine en los niveles últimos de la escala laboral, es decir, se les destine a constituir un subproletariado oprimido y explotado.
En el número 9 de Manière de Voir de Le Monde Diplomatique, de febrero-marzo 2008, al que debe mucho esta reflexión, se subraya el empobrecimiento que supone la abrumadora primacía del inglés, que nos está convirtiendo a todos en colonizados lingüísticos e impidiendo no ya el multilingüismo, sino hasta el bilingüismo, tan justificado en España.
Porque no es discutible que el conocimiento de dos lenguas del universo lingüístico latino nos permitiría circular por él con seguridad y provecho a la par que confirmaría la potencia del espacio cultural con sus modos y sus usos. Pluralismo, pues, de las lenguas e integración lingüística, pero con diversidad cultural.
Todos somos en buena medida hechura de nuestros prejuicios al igual que éstos y nuestras capacidades lo son de nuestras vidas. La mía, ya más de 60 años a caballo de España, Francia, Gran Bretaña, Portugal, Alemania, Italia, Estados Unidos, América Latina, en estancias medias y largas, prueba que los españoles no estamos irremediablemente destinados al monolingüismo, lo que ilustra mi caso, ya que embarcado en la década terminal de los ochenta sigo conservando una razonable capacidad de interacción oral y escrita en las seis lenguas que he logrado mantener en ejercicio.
Este multilingüismo, producto del bilingüismo de mi infancia y de la práctica plural de mi juventud, hace difícil en estos tiempos de mundialización, entender la polémica lingüística hirsutamente hispánica que está teniendo lugar en nuestro país. Por lo que es imperativo combatir todas las prácticas de discriminación institucional del castellano y de los castellanohablantes que están teniendo lugar en algunas autonomías del Estado español, en especial Cataluña y Euskadi. Pero en la mayoría de los casos, se trata de utilizaciones politiqueras a corto plazo, que apuntan a la movilización electoral de las siempre tan socorridas pasiones localistas. Lo que aconseja renunciar a la perversa noria de las afrentas sin fin, con el irredentismo victimista de los catalanes en unos cangilones y las imperiales glorias hispánico-castellanas en los otros, que sólo sirven para alimentar su enfrentamiento.
Esas afrentas, desde luego indecentes y reprobables, no suponen peligro alguno para el castellano en España, ni siquiera en Cataluña. Basta para ello pasearse por Barcelona, y comprobar allí la naturalidad de la circulación de la primera lengua oficial de España. Por lo demás, mientras Cataluña sea una parte de España, la potencia de la lengua catalana y las glorias de su literatura son bazas que nos apuntamos todos los españoles, sea cual sea la esquina de la que provengamos y el pueblo en el que vivamos. Les aseguro que visto desde La Jolla, Heidelberg, o incluso desde París, lugares en los he pasado tantos años, esta cuestión no tiene dudas. Y lo mismo cabría decir de los catalanes, que aunque algunos silencien o antagonicen esa condición con la de españoles, no funciona casi nunca así, sino de manera acumulativa. Salvador Giner, hoy presidente del Institut d’Estudis Catalans, es desde hace ya muchos años en el mundo británico y más ampliamente en la sociología mundial, un muy brillante representante hispano-catalán. Por no citar a mi fraternal y admirado paisano Joan Fuster, que mal que le hubiera pesado tanto sirvió a las glorias hispanas en muchos de los departamentos universitarios de lenguas románicas por los que yo circulé. Ese perverso antagonismo está ligado a la pobreza de nuestra práctica multilingüista -sólo una lengua extranjera y casi nunca convenientemente conocida- que a los españoles que vivimos y trabajamos fuera de España nos sonroja cuando oímos a nuestros compatriotas chapurrear malamente el francés o el inglés o cuando buscamos y apenas encontramos candidatos para enseñanzas que deben ser impartidas en esas lenguas.
Se nos dirá que el ejemplo viene de arriba, pues es penoso que nuestra clase dirigente, incluidos desde luego los grandes líderes políticos, sigan encerrados en su sola lengua nacional. Cada vez que he tenido ocasión de asistir en Europa a una intervención suya, he pasado un mal rato. Y que no se nos diga que se trata de una limitación irrelevante pues para eso están los intérpretes y los traductores, por no citar al cuerpo diplomático con el Ministro de Asuntos Exteriores a su cabeza que cumplen ya con eficacia esa función de comunicación. Pero a nadie se le escapa que la personalización extrema que domina todas las relaciones en las alturas y la peoplelización mediática que las acompaña ha hecho de lo interpersonal sin intermediarios una de las principales bazas para el triunfo del político que la practica y para sus intereses. Imagínense si a la simpatía y capacidad de seducción política que son propias a Felipe González se hubiera añadido una razonable brillantez lingüística, su potencia de convencimiento y arrastre en el mundo internacional hubiesen sido imparables.
Esta columna que ha devenido en alegato nada tiene de agresivo y sí mucho de ruego y esperanza: que el Parlamento y los partidos exijan que sus números unos y los del Gobierno, para serlo, dispongan de una mínima capacitación en lenguas extranjeras. Todos ganaríamos con ello.
(El País - Madrid)
Periscopio: allende nuestras fronteras | 19 de Julio 2008


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