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Fenomenología del miedo

Alfonso Chase | 7 de Julio 2008

Pareciera que la espiral de la violencia juvenil sube y sube, hasta enroscarse en sí misma y perderse de vista. Los asesinatos de a diario ya constituyen una costumbre y dejan de ser una excepción.

Para voluntad de consolación, se dice que el problema es mundial, regional y ahora nacional. Vienen expertos tontuelos de agencias especializadas que dicen siempre las mismas cosas y se hospedan en lujosos hoteles y cenan opíparas comidas, mientras se llena la boca con el hambre de los otros.

Algo hay de insólito en esto que está ocurriendo, en casi todas las provincias, unas más, otras menos, pero el asunto se convierte en hecho cotidiano, atribuido a la pobreza, el consumo de drogas, la marginalidad y la exclusión, o a todos esos términos que se ponen de moda, por meses o años, y luego se esfuman para dar paso a otras nomenclaturas, más sofisticadas y simbólicas que antes.

Las gentes se encierran en sus fortalezas, todas vulnerables, para escapar al miedo que pareciera enseñorearse.

Objetan el caminar por calles y avenidas, asomarse a la puerta, en la cual les aguarda una bala imprevista, o como me contaban dos amigas, viajar en un autobús y ser víctima de un asalto, donde una turba de unos catorce jovenzuelos se llevó todo lo de los pasajeros, absolutamente todo, incluido el calzado de marca de algunos de ellos, más el dinero del chófer y unos regalos comprados para unos chiquitos, de paseo en un mall de lujo. No es solo el acto de perderlo todo, sino el miedo que se enseñorea luego.

Las palabras groseras que humillan a los asaltados, los golpes absurdos sobre el rostro o el cuerpo, procedente de una pandilla, jóvenes en su mayoría, como una bandada de cuervos que se lanza sobre sus víctimas.

Pero la escena y el suceso pierden la elocuencia del caso cuando nada sucede para defender a las víctimas y los victimarios se ríen, insultando, de salida, a los pobres pasajeros indenmes, paralizados por el terror de lo que recién ha acontecido.

Nada de raro tendría el acto si no fuera cometido por jóvenes con ropa y objetos de marca, pandilla que no proviene de precarios necesariamente, sino una especie de tropelía juvenil que asalta para tener y no ser, para gastar en objetos caros, para darse los gustos que ven promoverse en los medios de comunicación, con un fondo perverso de hacer el mal solo por hacerlo, luego de llevarse las pertenencias de los asombrados pasajeros.

Algunos de ellos llevaban colgando rosarios, de esos que se dan ahora para proteger a los jóvenes condenados a muerte por no pagar las cuentas debidas a los narcos, que les extienden créditos fatales, a cobrar con la propia vida, por sicarios, o sicaritos, que se ganan sumas irrisorias por ejecutar por encargo, bajo la advocación de la Santa Muerte, ahora la dantesca y santa patrona de algunos grupos juveniles, que se complementan con la del Santo Niño, patrono piadoso de los narcotraficantes. La espiral sube y sube y ya toca el cielo de los acontecimientos, mientras los que viven en la burbuja siguen tan campantes como su sucediera lo que tiene que suceder, recomendándonos aceptar las cosas como si fueran una realidad virtual que, en el libre mercado del crimen, sigue apostando a tener dinero fácil, aunque esté lleno de sangre.

Esto solo una cara del *reality show *en que se ha convertido la vida cotidiana, todo protegido por el pulido cristal de los acontecimientos, donde el crimen ritual, la loca obsesión del asesinato inducido por las drogas, hace que un jovencito mate a su bisabuelo de quince o veinte puñaladas, un poeta es asesinado y tirado contra unas piedras o su amiga de fiesta aparezca desnuda, asesinada y vejada en la vereda de una carretera.

Resultan repugnantes las conversaciones sobre estos asuntos, en medio de ciertas fiestas en donde se aducen razones universales para justificar algo que está sucediendo a nivel local y en donde la vida no vale ya ni un centavo, porque muchas veces se trata de expresar el uso libre y gratuito del crimen para justificar una emoción, un placer morboso por hacer el mal, y en donde los victimarios, presos y condenados, se organizan para defender sus derechos mientras las víctimas, olvidadas, desaparecen para siempre de las vindicaciones de justicia.

El sube y sube de la espiral se mira como un juego peligroso, pero imparable, en el cual todos participamos, como si en libro de la vida ya estuviera escrito lo que habría de suceder o en la ruleta que marca el destino de algunos, en los casinos, se estuviera narrando un extraño apocalipsis, que nadie descifra pero todos sabemos que está ocurriendo.

La aparición, casi reciente, de un sector de lumpen proletariado se corresponde con la aparición de una lumpen burguesía, indiferente a todo lo que ocurre, hedonista, igualitaria, fiestera y pechugona, en ambos sexos, cuyo refugio son los conciertos, los festivales, las tarjetas de crédito, los préstamos instantáneos, y todo eso que corresponde a la parafernalia que los caracteriza.

O en otro caso, en un diferente estrato social, la prohibición de hablar de cosas “feas” y dedicarse a esnifar, conversar, ligar, parlotear o alardear de los universos imaginarios, para así escapar a los embargos o a las deudas.

Nunca antes hemos tenido un cuadro tan atrayente para ser descrito en la acción de su propia existencia, en donde todo pareciera enrumbar al éxito, o por lo que se le sustituya, para tener un poco de respiro antes de que comience el miedo.

Todo con un decorado, digno de morir por un sueño, en esa filantropía de mercado, en donde por hacer que se canta o baila, podemos realizar obras de caridad… de ensueño.

El Escriba debe tener, a su mano, todos los hilos de la madeja para darle forma a la Comedia Profana de este tiempo, especie razonada de una Corte de los Milagros, donde todo sucede pero nadie siente nada.

Pero Las Puertas de la Noche están abiertas. Y las del día y de la tarde, también. Solo hace falta pulir, con delicadeza, a la lámpara de Aladino para que, en un gesto de magia, aparezcan los responsables de todo esto, que usted y yo sabemos quienes son, porque les hemos visto el rostro en los últimos cuarenta años.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 7 de Julio 2008

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