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En Calle Morenos

Luko Hilje | 29 de Julio 2008

Hoy ha sido un día triste, aunque también simbólico, cargado del dolor y el luto de las despedidas irrevocables pero, también, de cálidos reencuentros y abrazos, nostalgia y remembranzas. Porque, mientras el sacerdote oficiaba la misa fúnebre, me fue imposible no recorrer con mi mente tantos acontecimientos y personas que históricamente han dado sentido de comunidad a este amplio sector de Sabana Sur, del que me alejé hace 22 años y ahora visito muy poco. Sin embargo, siempre ha estado en mi corazón, invencible en el recuerdo, y lo he evocado con vértigo en artículos como “Aquel barrio que fue”, “Los trenes del ayer” y “¡Adiós, viejo Estadio Nacional!”

Y me preguntaba algo quizás trivial u obvio a primera vista: ¿qué es un barrio? ¿Cómo se configura, y cuáles elementos lo definen? ¿Es Calle Morenos un barrio, o lo es todo el sector de Sabana Sur?

Ahora es de noche, y con reposo puedo repasar con deleite una foto de la zona de La Sabana en 1916, la cual aparece en el libro Costa Rica. Imágenes e historia, de los hermanos Castro Harrigan. En ella se aprecia cómo el único sector realmente poblado del distrito de Mata Redonda eran los barrios Don Bosco y María Auxiliadora, área cuya suma de iglesias, cementerios y escuelas católicas la convertía en una especie de “base celestial”, en palabras de mi primo Edgar Espinoza.

Por eso es que en términos propiamente espaciales nunca fue un barrio, como lo han sido desde siempre los de Amón, Aranjuez, El Carmen, La Soledad, Plaza Víquez, La Dolorosa, Los Angeles, La Merced, México y Cuba, más un largo etcétera. Es decir, todos de casas hacinadas, ocupados metro a metro, cuyas historias han sido narradas por varios de sus habitantes y recopiladas por don Eduardo Oconitrillo y Francisco Enríquez en el libro Historias de mi barrio: el San José de ayer.

En cambio, para 1916 en La Sabana todo era cafetales y cafetales, por el sur y el norte hasta las cuencas de los ríos María Aguilar y Torres, respectivamente y, por el oeste, profundo hasta los muy vastos predios de los Rohrmoser. Eso se mantendría así por varios decenios, al punto de que, cuando en 1961 nuestra familia se mudó allí, estaban casi intactos esos cafetales, con apenas unas tímidas entradas que eran más bien asomos de calles, sin formar cuadrantes siquiera, como sucedía con Calle Pozuelo, Calle Alvarez y Calle Lang. La más ancha y larga, pues se extendía cuesta abajo hasta el María Aguilar, entonces sin el puente para conectarse con Hatillo, era nuestra Calle Morenos -en realidad Moreno, alusiva a don Antonio Moreno Quesada, dueño de terrenos allí-, paralela a la poco poblada Calle del Golf (futuro Tennis Club); ambas se comunicaban gracias a la Avenida Campos.

Entonces, ¿cuál barrio? Ninguno, en sentido estricto, pero había otros elementos de cohesión social y de gran importancia en la configuración de esa comunidad. En primer lugar, como pivote, la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro -de atrevida arquitectura piramidal, insólita para la época-, en la convergencia de Calle Morenos y Avenida Campos. En segundo lugar, dos pulperías-cantinas (La Floresta y La Victoria), una sala de billar y las “sedes” de los tres equipos de fútbol (Turcios F.C., Morenos F.C. y Reims Club) ahí en la parte alta de nuestra calle (el “altillo”, como nos decían por revancha los del “bajillo” hacia el río). Todo esto conferiría a Calle Morenos un mayor peso específico para actuar como núcleo y eje en la conformación de un genuino barrio.

Pero más importante aún fue que, a pesar de tanta dispersión geográfica, había importantes vínculos históricos entre sus habitantes. A diferencia de los actuales residenciales y urbanizaciones, que son algo así como “pseudo-barrios”, donde casi de sopetón llegan numerosas familias sin raíces en común a construir una comunidad, empezando de cero, en Sabana Sur -como en tantos otros barrios urbanos o suburbanos-, había una especie de matriz geográfica y humana que le daba identidad y sentido de pertenencia a su gente. Y eso, sin duda, se debía a algunas familias clave ahí establecidas.

Por una parte, las había de fuerte raigambre cafetalera, entre las que sobresalían las múltiples ramificaciones de los Ramírez Ureña, Fernández Castro, Vargas Vargas, Porras Saborío y Perlaza Salazar, a quienes se sumaban los Morales, Aguilar, Hernández, Mena y Zúñiga, más tantas otras familias que sería extenso mencionar. Asimismo, además de la fábrica de vinos Ramírez y Vargas, había industrias exógenas: de los muebles de Urgellés y Penón, los pollos de La Granja, los textiles de El Aguila, las chapas de Corcholatas, y una pestilente fábrica de alimentos para animales llamada La Molinera, que el vecindario organizado logró expulsar. También, como una joya, frente a La Floresta resaltaba la bella casa -aún presente-, que albergaba entonces a la Embajada de Italia.

Es decir, un barrio abigarrado, mezclado, en el que al núcleo residente, de origen semi-rural o ya semi-urbano, se sumaba una importante población flotante de obreros, con quienes había interacción cotidiana, sobre todo mientras esperaban el autobús en las pulperías o permanecían tomando en ambas cantinas. Todos nos sentíamos miembros del barrio, de ese conglomerado humano entrañable en el que cualquier diferencia social se diluía ante el caro sentido de humanidad. Es decir, de democracia y solidaridad no aprendimos tanto en los libros como en las lecciones de la vida diaria.

Por eso, como familia, nos resultó tan sencillo insertarnos ahí y hacernos parte de su historia, hasta hoy. Y por ello duele tanto ver cómo va languideciendo y sucumbiendo el paisaje de entonces ante la implacable aplanadora del “progreso”, con tantos edificios, suntuosos pero sin alma.

Será que estoy envejeciendo. Pero me cuesta aceptar que, bajo las moles de esos edificios de oficinas y condominios, pronto no quedará huella alguna de sitios memorables, como aquella inmensa tuca -en el viejo patio donde se trató de hacer un cine alguna vez-, sobre la cual aún güilas aprendimos Vereda tropical, entre un coro de destempladas voces más los acordes de una desafinada guitarra, mientras los serenateros alistaban su repertorio nocturno. O de la minúscula sastrería de Franco Fonseca, donde nos deleitábamos oyéndolo cantar Eso es imposible con el gran Asdrúbal Zamora y el Zurdo Montanari, porque ahí practicaba el célebre Trío Los Josefinos. O del providencial rincón donde, temblorosos del susto, sentimos tan de cerca el agitado latir de otro corazón tan asustado como el nuestro, como preludio de la irrepetible e inefable maravilla del primer beso.

¡Tantas evocaciones, que sería de nunca acabar! Pero es que nostalgia implica eso, el dolor de ausencias, que se acrecienta cuando al paisaje que se desvanece se suma el dolor por quienes se han marchado. Como ahora doña Teresa, a sus 87 años, la última de la estirpe de los Ramírez Ureña, familia que es consustancial a nuestro barrio, pues su legado y su huella están por todas partes allí.

Entre tantas añoranzas, permanecerá para siempre en la memoria colectiva el espíritu de cofradía propio de los turnos que -anunciados por las súbitas detonaciones de don Abdón Morales- se organizaban para recoger fondos para la iglesia, y en cuyo centro estaban siempre las hermanas Lola, María Julia, Trina y Teresa. Se desvivían, trasnochaban y madrugaban para, llenas de humo y carbón pero siempre sonrientes, preparar el pozol, frito, mondongo, lengua, empanadas, tamales, arroz con leche y mazamorra, tan exquisitos que incluso atraían a gente de otros barrios y ciudades.

Sí, hoy ha sido un día triste para el barrio, pero la presencia de tanta gente en la iglesia me ha reafirmado que la impronta de los Ramírez Ureña es inextinguible, pues supieron transitar con gran generosidad y entrega, haciendo de sus vidas un incesante apostolado de servicio hacia sus semejantes. Y es así como se alcanza la verdadera inmortalidad.

Luko Hilje | 29 de Julio 2008

3 Comentarios

* #10044 el 31 de Julio 2008 a las 08:06 PM israel calvo gonzález dijo:

Luko: Siempre nos llevás a un sentimiento muy especial con tu arraigada nacionalidad muy tica. Yo crecí en San Ramón, y con el tiempo decidí escribir sobre el barrio que me correspondió vivir, en los alrededores de la Iglesia de San José, que fue parroquia y donde muchos ramonenses se casaron, o hicieron su primera comunión etc. etc. Ese templo luego fue derribado y convertido en lo que hoy es el Colegio Patriarca San José. En dicha “iglesita” habían sepultado los restos del Padre Cambronero, y luego del derribo No se guardó pero ni una sola pieza de ese templo histórico. Bueno, lo del barrio quedó escrito en el ensayo por lo menos. Recuerdo que mientras yo crecía en San Ramón, siempre me llamaba la atención cuando en la Voz de América, aquél señor Garnier, anunciaba varias cosas y entre las cosas que se mencionaban estaban, Calle Morenos, Lotes Mongito, Center City y Reforma, la Pila Volio, Barrio Luján, etc. etc. que ni idea dónde quedaban. Aún me pregunto dónde era que estaban esos famosos Lotes Mongito (¿o Monjito?). Porque lo que has escrito de Calle Morenos sólo me ha trasladado a esa Costa Rica que quedará en la memoria colectiva, sólo si algunos hacen lo que estás haciendo con tanto sentimiento… o más bien por el contrario, los nuevos mercenarios terminan por hacer desaparecer toda esa memoria histórica, que a no dudarlo se lo están proponiendo. Un abrazo fraterno y gracias por trasladarme a lugares y acciones que eran parte de una fantasía infantil nacional para mi.

* #10092 el 1 de Agosto 2008 a las 02:59 PM José Rafael Flores Alvarado dijo:

Muy bueno el comentario del sr. Luko recordando a Calle Morenos de antaño, yo tuve que ver algo de eso, por cuanto mi abuela materna Mercedes Vargas Quesada era oriunda de ese barrio y recuerdo estando este servidor pequeño nos contaba interesantes historias de sus familiares como la tía abuela Salvadora, que vivían entre cafetales que colindaban con las familias Fernández y los Castro, más abajo vivían las familias del dr. Bermúdez, los Fishman, el Colegio de Médicos, la escuela Mixta de Osejo y el Colegio La Salle. Por otro lado este servidor vecino de Escazú en mi juventud asistí al Liceo Luis Dobles que se instaló en el antiguo Aeropuerto de la Sabana a la par de lo que hoy el Museo de Arte Costarricense y fui testigo del aterrizaje de los aviones de Lacsa y las avionetas de Feluco, todo eso hace más de 40 años, después contaré mas remembranzas de los años idos.-

* #14922 el 14 de Noviembre 2008 a las 07:10 PM Ruth Aguilar dijo:

Ha sido un placer leer este artìculo, me devolviò a esos dìas en que salìa desde las ocho, regresaba cuando mi mamà me llamaba a almorzar y me volvìa a perder en los cafetales, los patios, los àrboles la fàbrica de vinos, la casa de Monseñor, la Iglesia y las casas, casitas y casiticas de mis amigas y amigos, hasta las seis que me volvìan a llamar y como si fuera la ùltima vez nos despedìamos prometiendo volver a vernos en la mañana. Mi casa hoy es una tienda, cuando entrè se me erizò la piel, recorrì mis pasos de niña y me llenè de nostalgia por que fueron los mejores años. ¿El progreso? si, pero lo lamento por mis hijos, por que ellos no tuvieron la suerte de vivir en un barrio, fui felìz en Calle Morenos. Ruth

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