Oyendo la charla de la señora Snodgrass sobre la naturaleza hegemónica de la globalización, ilustrada en el abuso de la propiedad intelectual, que las naciones industriales han logrado meter como parte del libre mercado —siendo como es un monopolio oneroso que paraliza nuestro desarrollo— pensaba yo que el discurso es un campo de batalla en que uno lleva todas las de perder si deja que lo escoja el enemigo y nos obligue a pelear cuesta arriba, como nos pasa con la globalización: todo el discurso es del enemigo. Ellos son exitosos, modernos, eficientes, productivos, empresarios, competitivos, laboriosos, conocedores. Y nosotros unos románticos, fracasados, comunistas, ignorantes, trasnochados y resentidos sociales.
Es el mismo discurso el que sataniza al terrorismo árabe y al de las FARC exonerando completamente al americano, y al de los PARAS.
Y todo el paradigma del mercado tiende al monopolio. Cuando fui a comprar una guadaña de motor pregunté al vendedor cómo un mismo negocio distribuía cinco marcas bien conocidas, y él me informó que las cinco marcas pertenecen ahora a la misma empresa; y se rió cuando le dije que en mi libro eso se llama monopolio, porque en el suyo también. Espérese aquí con los seguros y los teléfonos.
La aceptación de ese discurso absurdo la han hecho mediante el procedimiento que yo llamo retorcer definiciones, lo que se ilustra bien en el tema de la propiedad intelectual, que se endurece cada vez más (ADPICS PLUS),adonde además el gobierno americano, que también pagaba los gastos de nuestros negociadores, por lo que los tenía agarrados de “salva sea la parte”, puso todas las condiciones, y nos advirtió que estas no eran negociables, y que perderíamos su mercado si no aceptábamos sus condiciones de libre comercio, lo que puso a temblar a nuestros empresarios, que eran también nuestros negociadores. Casi no queda mejor alternativa que salirse del campo y pelear una guerra de guerrillas, cuya estrategia es atacar las comunicaciones, pues esto nos condena a un eterno subdesarrollo y dependencia.
El retorcimiento de las definiciones en el discurso de propiedad intelectual es pavoroso: (se da la protección para recompensar al inventor; sin esa protección no podría haber progreso tecnológico; la investigación es muy cara y las empresas no la harían sin protección; el beneficio es también para los países subdesarrollaos que reciben el beneficio de los nuevos inventos y aprenden tecnología usándolos; un invento es cualquier cosa hecha por el hombre bajo el sol, incluyendo la vida; los hallazgos también son inventos si tienen valor de mercado; la propiedad común no existe y todo lo que se encuentra en ese dominio es apropiable; sólo lo que se ha publicado en los Estados Unidos pierde la novedad; los “datos de prueba” siguen siendo propiedad del inventor cuando caduca su patente; para poder registrar y vender un producto este tiene que pasar las mismas pruebas que pasó el producto cuya patente terminó; la información de la etiqueta es propiedad permanente del inventor; la propiedad intelectual contribuye a difundir el conocimiento; etc.)
Todos las afirmaciones anteriores son falsas. Y sin embargo todas forman ya parte inseparable del discurso neoliberal globalizador, sin que provoquen duda o discusión. Las hemos aceptado, y tratamos de combatir al enemigo en su propio campo de batalla, hablando por ejemplo de patentar toda la información del conocimiento tradicional para impedir que la patenten las transnacionales, y reconociendo que no existe la propiedad común. Igual que hablamos del peligro o la ineficacia de los productos genéricos, o de que los fabricantes de genéricos también son transnacionales.
E igual que nos incorporamos al discurso de los países ricos en los otros aspectos de la globalización, hablando de normas y certificaciones, o de inocuidad de los alimentos, o de empleo de calidad, o aceptando y difundiendo las razones que aducen para la crisis alimentaria y los exoneran de responsabilidad, o diciendo que debemos de hablar de soberanía alimentaria porque la seguridad se obtiene con solo tener la plata para importar; que es precisamente el discurso del Consenso de Washington, y la forma como no se puede obtener.
Entonces nosotros no solo no tenemos discurso que anteponerles en este juego imperialista, sino que operamos dentro del discurso del capitalismo industrial. Lo reforzamos cuando hablamos de consumo y desarrollo, con Reebocks, Hilfiger y “carro del año”; con el empleo de calidad que solo las transnacionales pueden dar; con el seguro en el CIMA; con la escuela de pago; con la demanda de la “banda ancha”; con la vida hipotecada para construir la casa; con las tarjetas de crédito que nos hacen vivir “en alitas de cucaracha”; con los códigos de conducta, normas ISO, certificaciones, inocuidad de los alimentos; con la obsesión por la productividad y la eficiencia; las pruebas de equivalencia; la soberanía alimentaria porque la seguridad “se consigue con solo tener la plata para importar”; con la incapacidad de rechazar el concepto de “precios de frontera” como requisito de la seguridad alimentaria, y la oposición a los subsidios agrícolas de los países ricos, con cuyos agricultores bien podríamos hacer una alianza en vez de la que hicieron “nuestros” negociadores con el Farm Bureau que no es de agricultores; con la increíble propuesta de trabajar la seguridad alimentaria en el seno de la OMC; con el aval a las razones del Consenso de Washington para la crisis alimentaria, que excluyen el abandono de nuestra producción local, como el precio del petróleo, incapaces de ver que no ha afectado a los productos de nuestra agricultura de exportación. O como cuando todas las acciones de la conspiración transnacional contra los genéricos cuentan de inmediato con el colaboracionismo de los ambientalistas. Y la defensa de los genéricos no se debe debilitar con el argumento de que también los hacen las transnacionales, “a menos que estemos pensando en el precio”, como se dijo en la conferencia de la señora Snodgrass, y en eso estamos pensando, pues si el diablo se adueñara de nuestro comercio para darnos los productos baratos, el diablo sería bienvenido.
Yo no veo que el problema del precio de las medicinas esté en que los tribunales ordenen a la Caja darle la medicina de 30.000 dólares contra el cáncer a 100, porque eso agota el presupuesto para las medicinas de los demás, pues ordenar gastos sin proporcionar el dinero es común entre nosotros. El problema flagrante es ¿por que vale esa medicina 30.000 dólares? ¿No es este un magnífico ejemplo de que la propiedad intelectual limita la oferta porque así pueden obtener el mejor precio en perjuicio de la mayoría?
El discurso del capitalismo industrial es el mismo en todo el mundo, independientemente de su signo político, y no hay mucha diferencia entre la esclavitud de las hilanderías inglesas y los planes quinquenales que convirtieron a Rusia en potencia, o el Gran Salto Adelante que puso a China en el camino hegemónico. Y yo no estoy de acuerdo en que el villano sea el capital financiero, como dijo un comentarista en la conferencia en cuestión. Y no estoy defendiendo a SAMA ni a ALCESA, pero como dice Bernard Shaw en el prólogo de Andrócles, cuando alega que el mercado no sigue a Cristo sino a Barrabás, el comunismo de la propiedad se logró desde que existe el common stock, pero no se ha mejorado la distribución de la riqueza, y el goteo es discriminatorio. Es el common stock el que proporciona capital a las empresas, por lo que las dos actividades son simbióticas.
Oí en la radio cubana a un funcionario de Bielo Rusia jactándose de que ellos tienen un crecimiento del PIB del 10%. China tiene uno del 14%, y ahorita reclaman los mismos niveles de hipertrofia la India y el Brasil, mientras que esa productividad acelerada agota los recursos del planeta, que ya se está asfixiando. Pero allí ese desarrollo en desventaja cambiará seguramente el concepto de la propiedad intelectual, aunque no se si disminuirá la brecha tecnológica, y tal vez no conviene que lo haga, pues el desarrollo universal es el aspecto menos sostenible de la globalización.
Pero desde que desapareció el bloque comunista, el capitalismo industrial de occidente (el de la OTAN) se desenfrenó, y esa ortodoxia es neoliberal porque alega incorrectamente que obedece a la mano invisible, mientras administra el estado en su beneficio; lo mismo en EEUU que aquí.
Se trata de una concepción repugnante de la vida humana en que “el mercado es la medida de todas las cosas”, que nos cree hechos para competir, enriquecernos y consumir, dejando al geto de la focalización a quienes no puedan aceptarlo.
Estamos entonces ante dos posiciones tan irreconciliables como las de un ateo materialista y un creyente con otras inquietudes, y si ambas se pueden justificar en el discurso, es mucho más simpática la del creyente, y mas positiva; para quienes nos acusan de ser negativos. Pero la posición nuestra todavía no tiene discurso.
Yo no creo que las transnacionales hayan llegado hasta el pueblo para imponernos su discurso, y se muy bien que han usado para eso todos los adelantos de la ciencia, desde los del sobrino de Freud para crear demanda que menciona Al Gore en El Ataque Contra la Razón, y adoptó Madison Avenue, el cual dice que una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad, hasta la teoría de los juegos, además de que ellos son dueños de casi todos los medios de comunicación. Habría que usar estos mismos recursos para crear nuestro cuerpo de opinión.
Porque lo sorprendente es que somos nosotros los dueños de todas las propuestas razonables y atractivas, desde la difusión del conocimiento, a la moderación del consumo, al respeto por el ambiente, a la distribución de la riqueza, a la solidaridad, y el aprecio por aquellos valores que no se pueden poner en el mercado. Y aun así no tenemos discurso.
La señora Snodgrass admira honradamente nuestras instituciones solidarias, que los americanos no tienen, y están en tan grave peligro, y lamenta la erosión de nuestros valores. Y hay mucha gente en los países ricos para quienes no vale eso de my country right or wrong. Y ella mencionó el trabajo de Oxfam e Intermon en propiedad intdelectual. Solo que eso no nos exime de la responsabilidad de hacer algo por nuestra cuenta, en vez de dejarles todo a los extranjeros; pues no podemos ni instituir un premio a los malinches.
Aquí solo el Semanario Universidad entre los periódicos de papel no colabora con el discurso del paradigma desbocado, pero hay esperanza en los electrónicos, como Tribuna Democrática, Costa Rica Solidaria; y Campanada, pues es muy meritorio censurar lo que está malo entre nosotros y quitarle ese punto de ataque al paradigma que se impone.
Si nosotros no podemos crear un discurso, solo nos queda la montaña, o esperar a que el mercado se ahorque solito en su alocada carrera, como tiene que ocurrir, aunque entonces con el mayor sufrimiento para todos.
José Calvo | 3 de Julio 2008


2 Comentarios
Don José, como siempre atinado y certero en sus análisis. Lástima que no se quedó a escuchar la opinión de otro participante sobre que, “…lo importante de la propiedad intelectual es saber usarla con responsabilidad”…seguro también hubiera sido objeto de alguno de sus comentarios. Saludos. Silvia Rodríguez Cervantes
Estimada doña Silvia:
Me tuve que ir a recoger a mi hija después de la conferencia, pero se que es usted perfectamente capaz de defender nuestros intereses, porque la oi rebatir en la sala de ex presidentes de la Asamblea Legislativa la tesis de Mr. Weggener, el abogado de patentes “de alto calibre” que nos envió la embajada americana para apoyar los ADPICS, cuando lo llevó a darle su clase de derecho el diputado Belisario Solano, quien presidió la comisión de propiedad intelectual que pasó las leyes que ahora se están endureciendo en ADPIC- PLUS para “complementar” el TLC.
Como usted podrá comprender, yo estoy cansado de luchar durante un cuarto de siglo contra esa hegemonía colonialista de los países ricos, y sin ningún progreso, porque vamos de mal en peor.
Nuestro problema principal es que no tenemos cohesión, como si la tiene la conspiración empresarial. Y eso es bien evidente ahora con la crisis alimentaria, cuando mucha de nuestra gente defiende los argumentos con que eluden su responsabilidad el Banco Mundial y el USDA: que se debe al alcohol carburante, o a los precios del petróleo, o a la especulación financiera, o al cambio climático, etc. Pero en cambio no aprovechan para señalar que la causa mas probable es el abandono de la agricultura local para importar excedentes subsidiados. He visto una propuesta de política agraria reciente que sugiere trabajar en el seno de la OMC, combatir los subsidios a los agricultores americanos, y subsidiar a nuestros agricultores, pero no menciona nada del paradigma de los precios de frontera bajo el cual no puede haber producción local.
Lo que podría ser eficaz en P. I. es la divulgación continua de las opiniones de una red de gente razonable y vigorosa como la señora Snodgrass, usted, y Bandana Shiva. Donde podría estar el señor Stglitz y otros economistas americanos que se han manifestado contra este tipo de hegemonía colonial, como Jeffrey Sachs (The Economist edición 65, Octubre 99). Además de las ONG Oxfam e Intermon, que mencionó la señora Snodgrass. Algo que pudiera ir aglutinando un cuerpo global de opinión para anteponerle al hegemónico discurso neoliberal. Tal vez una publicación periódica de Grain, que lo está haciendo con Seedling, donde usted colabora, pero en idioma español.
Gracias por su comentario. José Calvo.