La historia de la policía metida en el negocio de las drogas sea como intermediarios, como árbitros interesados para mantener “controlado” el negocio o como represores para decidir como la mafia, quién se queda y quién se va, es un fenómeno viejo y conocido por muchas comunidades del país. Una visita a cualquier pulpería o parque de Limón, de Alajuela, de Heredia o de Grecia permite conocer por boca de cualquier vecino suspicaz, el mundo oscuro y delictivo del trasiego de drogas en la zona. Es probable oír especulaciones sobre el lugar y la hora de la madrugada en que los policías corruptos “cobran el peaje” a los traficantes por operar en el lugar e intercambian entre sí dinero, ganancias e información, en ese espacio nebuloso de la noche que impide conocer quienes son los buenos y quienes los malos. Todo esto se comenta hace mucho tiempo en decenas de barrios y comunidades del país, pero frente a ello se guarda silencio, por temor a que su denuncia haga que los afectados sean sus familias y no los delincuentes.
La detención de diez policías en Heredia metidos en el tráfico de drogas - un numero nada despreciable - es solo la punta del iceberg de un fenómeno mucho mayor, porque de acuerdo con la informaciones periodísticas de los últimos años, se ha ido tejiendo una red peligrosa que hoy toca clanes familiares enteros. Quizás dos o tres generaciones que forman ya parte de una mafia que no muestra signos de opulencia o riqueza desmedida, sino que continúan viviendo en los barrios marginales, en donde un día descubrieron que tenían a su alcance la gallina de los huevos de oro. Viviendo como los demás vecinos, al margen y al desamparo de cualquier beneficio estatal, crearon una red de silencio y de lealtad justo como empezara Pablo Escobar Gaviria en Colombia, que levantó la bandera de la justicia social sobre el trafico de drogas, el crimen y el sicariato para ser aclamado tiempo después como un héroe por los pobres de su natal Medellín. Lo que no les daba el gobierno se lo dio Escobar: estadios, escuelas, viviendas, empleo y esperanza. No es un asunto que la moral convencional puede explicar, especialmente en un medio que demanda definirse rápido, no para ser bueno o malo, sino para ganarse el derecho a vivir o a sobrevivir, aunque sea por un rato.
Combatir el tráfico de drogas una vez que este ha penetrado la sociedad no es tarea fácil, porque los clanes familiares dedicados a las drogas establecen sus propios vínculos de respeto y agradecimiento, crean lazos de lealtad y solidaridad entre los vecinos que se ligan a ellos y que incluye cuando lo amerita, el ajusticiamiento y la venganza. Los enfoques tradicionales que intentan ganarle la batalla al narcotráfico se pulverizan frente a esta “legalidad” distinta, compuesta por normas, reglas, contactos, negocios y beneficios que nadie en este país ha estudiado a cabalidad y que mantiene a flote al mundo delictivo. La detención de diez miembros de la fuerza pública es un avance importante, pero habrá que conocer hasta dónde llega esta red y cómo y de que forma estos policías llegaron hasta allí.
Frente a la delincuencia, los políticos tradicionales siguen creyendo que esta se resuelve con llevar algunas latas de zinc, varillas y algunos pupitres a las comunidades marginales como forma de “revertir el delito”, lo que no hace sino demostrar el tamaño de su estupidez.
Los partidos políticos que gustan intercambiar votos por puestos tienen una responsabilidad enorme en la corrupción policial. Reclutar de manera adelantada e irresponsable a los futuros policías a cambio de apoyo político para ganar las elecciones, es sin lugar a dudas la puerta de entrada a una serie de maleantes que encontrarán la manera idónea de seguir delinquiendo con traje de oficial. Sería una injusticia decir que la gran mayoría de los policías están metidos en esta red y una locura negar que este es un problema que apunta al corazón de la seguridad ciudadana.
No es de extrañar que los barrios y las comunidades más golpeadas en el país por el entramado narcopolicial sean las comunidades pobres y marginales del país. Es ahí en donde la impunidad, el deterioro de la política y la falta de interés del gobierno se manifiesta en su forma más dura. Es ahí en donde las preguntas sobre la legitimidad de la democracia costarricense, se responden por sí solas.
Paúl E. Benavides Vilchez | 29 de Junio 2008


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