A mitad de los años ochenta del siglo XX, Octavio Paz era un escritor polémico, se había manifestado en contra de la expansión soviética y de los movimientos insurreccionales en América Latina; fervoroso crítico de la Revolución Cubana y un liberal de viejo cuño; defendía con beligerancia su papel como intelectual sin escabullírsele a la polémica y la controversia. Su voz, sus artículos y sus ensayos políticos iban a contracorriente con la sensibilidad de izquierdas de los setenta y los ochenta del siglo pasado. La izquierda lo consideró con alguna razón un escritor de la derecha y la derecha lo hizo suyo, quizás más de la cuenta. Ni unos ni otros tenían razón. Lo cierto es que leído fuera del meandro del dogmatismo y los extremismos de la guerra fría, Octavio Paz resultaba un escritor excepcional, dueño de una prosa deslumbrante que provocaba la perplejidad o la repulsa, el asombro o la admiración sobre una crítica política que combinaba la intuición poética con el análisis inteligente y penetrante. Se podía estar a favor o en contra, pero nunca negarle su condición de escritor paradigmático para comprender la historia, la política, la cultura, el arte, los mitos que definen a México y América Latina. El historiador Enrique Krauze sostiene que Paz no hizo una historia tradicional sobre México: había trazado un mapa intuitivo y poético de su país y por extensión de América Latina.
Quizás aquí reside la fuerza y la seducción de sus ensayos políticos. Leído con más calma en los primeros años de la década de los noventa, cuando muchos de sus pronósticos, escritos años atrás, resultaron ciertos, resultó un escritor que no buscaba la objetividad de los estudios más positivistas; sus escritos iban por otra ruta. Frente a una realidad visible y evidente decía -el caudillismo, la democracia, la burocracia, la dictadura, el PRI, como un partido aparentemente moderno- se mueve una historia invisible y oculta hecha de retazos del pasado, del subsuelo mental y cultural arraigado en las creencias e ideas más profundas, pero también estaba hecha de la sustancia del presente. Dualidad, pugna y juego de contrarios, América Latina pendulaba, según su mirada, entre la tradición y la modernidad, entre lo prehispánico y la independencia, entre la revolución mexicana (sinónimo de ruptura con el pasado) y el zapatismo (retorno al pasado) entre la memoria y el presente.
Sus indagaciones sobre el carácter y la identidad latinoamericana marcarían la senda de lo que se denominaría, mucho tiempo después, estudios sobre la otredad, que no es sino la búsqueda -en palabras de Octavio Paz- de la reconciliación con lo otro: lo perdido, lo olvidado, lo enterrado por años de dominación política y cultural. Memoria forzosamente parcial, antojadiza y sesgada de lo que somos.
En su ensayo El Ogro Filantrópico (1979) pone en entredicho conceptos como desarrollo o modernización, que juzgaba ilusorios, distantes y ajenos a esa doble realidad visible e invisible, a esa doble historia profunda y moderna de América Latina, que terminaba por hacer añicos cualquier recetario fácil. Desmonta la retórica de la modernización para descubrir que detrás de él estaba otro mito, el del progreso, una ideología salvadora y mesiánica no menos misteriosa que la voluntad de Alá para los musulmanes o la Trinidad para los católicos, como sostuvo.
El impulso de su escritura heterodoxa lo lleva a plantear que los latinoamericanos debíamos inventar nuestra propia modernidad, es decir, crearla. Y, aquí el poeta se trasluce en el ensayista político. Modernidad elusiva y a la vez antigua, suponía un esfuerzo de originalidad por encontrar nuestra propia vía hacia la modernidad híbrida, mestiza, pobre, ancestral y a la vez moderna. Reconocerla, quizás, era el principio de nuestra salvación.
Frente a los Estados Unidos, mantuvo una línea crítica que aun reconociendo las virtudes políticas de este país, señalaba su naturaleza bífida: una democracia plutocrática y una república imperial. Una sociedad que había colocado el lucro y enriquecimiento como máxima aspiración ética, pronto vería opacado los ideales de justicia e igualdad, presentes desde fundación de la republica americana. Su comportamiento como potencia imperial le negaba a los pueblos que oprimía los derechos y las libertades que trataba de garantizar a sus ciudadanos dentro de su país.
Además, de la contradicción de ser, a la vez, una democracia y un imperio, de hablar de libertad y justicia, pero negarla afuera, el escritor veía otros peligros o retos que enfrentaría este país. Ante esta ambigüedad, no se dejó seducir por las premoniciones o sentencias de muerte. La nación norteamericana se debatiría -según el escritor mexicano- entre ser una sociedad que perpetuaba la discriminación racial sin resolverla o se encaminaría no sin obstáculos y riesgos hacia una democracia multirracial. En El Ogro Filantrópico, resuelve esta interrogante apostando a que los Estados Unidos escogerían vivir en una sociedad multiétnica, no sin tropiezos y dificultades. Diagnóstico que parece confirmarse con la posible elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos.
La tradición política iberoamericana también es vista por el escritor mexicano desde la dualidad o juegos de opuestos, fuera del tiempo lineal y biográfico, el pasado y el presente coinciden y se complementan para revelar la historia. La naturaleza política de los países iberoamericanos está marcada desde el origen: somos hijos de la contrarreforma protestante, de la debacle de la monarquía española, del patrimonialismo que estaba en el seno de la sociedad ibérica y de la ortodoxia religiosa. Una tradición cerrada frente a la tradición abierta, hija de la reforma protestante que prohijó a lo Estados Unidos. Esta tradición cerrada, patrimonial y ortodoxa, que está presente en la historia de un país como México, aparece junto a otra tradición no menos dura, vertical y sangrienta: la teocracia azteca.
La matanza de Tlatelolco para Octavio Paz, es la repetición a cientos de años de distancia del rito sacrificial azteca. El espacio físico en que el ejército mexicano da muerte, de manera violenta, a los estudiantes, es el mismo espacio en el que los aztecas celebraban la muerte de sus prisioneros como rito sacrificial. El Tlatoani (el jefe máximo azteca) se funde con el caudillo de origen hispánico para encarnar en la figura del presidente de México y en su estructura piramidal y burocrática: el PRI. La historia presente de México y de América Latina sería una escritura en pleno movimiento que contiene y oculta una escritura más antigua; códigos y símbolos que hay que descifrar para comprenderla y por qué no encontrar allí la solución de nuestras más antiguas contradicciones.
Su ensayo político más conocido, El laberinto de la soledad (1950), libro de cabecera de México en el siglo XX, es un intento por recuperar la identidad fracturada de las sociedades latinoamericanas. Veía en los proyectos de modernización una sucesión de máscaras en que se turnaban Robespierre y Bonaparte, Jefferson y Lincoln, Comte y Marx, Lenin y Mao para revelarse inservibles y terminar por desfigurar el rostro de América Latina. El laberinto de la soledad buscaba -en medio de todas las modernizaciones que trizaron el espejo de América- encontrar la reconciliación entre lo que creemos ser y lo que somos. Búsqueda del ser latinoamericano que otros ya habían emprendido y que Paz concibe como reconciliación de lo que la política y la historia desunieron. La anhelante búsqueda de la unidad del ser latinoamericano.
Su posición inicial a favor de la revolución cubana da un giro total con el “caso Padilla”. Y, es a partir de este acontecimiento que se convierte en uno de los opositores más beligerantes y combativos, junto al escritor peruano Mario Vargas Llosa.
No estuvo libre de ambigüedades y contradicciones. Pese a reivindicar para su país la reconciliación con el México antiguo y prehispánico, marginado y postergado, no supo leer que detrás de la presencia soviética en Centroamérica, las luchas populares en El Salvador, Nicaragua y Guatemala, estaban justificadas históricamente. Pese a que en El laberinto de la soledad pugnaba por recuperar la tradición profunda e indígena que arraigaba en las razones del levantamiento de Emiliano Zapata, al que lo unían vínculos afectivos, no estuvo de acuerdo con el movimiento neozapatista en Chiapas y con el liderazgo del comandante Marcos, que parecía un personaje sacado del Laberinto de la soledad.
Lo que él casualmente había preconizado en su literatura y en sus ensayos políticos.
Paúl E. Benavides Vilchez | 17 de Junio 2008


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