Vi el otro día en la red la respuesta de un estudiante de física sobre si el infierno se calienta o se enfría, que además de ser una buena chota del infierno, es un ejemplo excelente de la forma en que construimos nuestros sistemas, mediante la ciencia que el Dr. Pangloss llamaba metaficoteologocosmolonigología. Como se refería principalmente a la densidad de población del infierno, me pareció “por inspección”, el mismo problema de cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler, pero es el mismo procedimiento para explicar cuál es el mejor de los mundos posibles.
No es entonces un problema baladí de ninguna manera, sino más bien la clase de especulación para la que está diseñado nuestro cerebro; como uno puede constatar fácilmente considerando los diferentes paradigmas que nos han conducido en el último siglo, y antes; ya se trate de cómo alcanzar el más allá, o el más acá. Se me parece tremendamente a las explicaciones dialécticas que me hacía hace 50 años un amigo comunista de por qué vuela un avión, o las que hacen desesperadamente los neoliberales, sobre todo ahora que su sistema se descose por las costuras tan mal hechas, como también se descosió dramáticamente el sistema que hasta hace 25 años le servía de contrapeso, y sin el cual, paradójicamente, este no puede sobrevivir: equilibrio ecológico.
Pero hay que ser justos y reconocer que hacemos esos sistemas absurdos porque no podemos hacer nada mejor, y que lo único que se nos medio sostiene son los productos limitadísimos del “postulado de objetividad” de la ciencia ortodoxa, que tampoco respetamos nunca, aunque exigimos que los respeten los demás; para salvar al azar estamos siempre dispuestos a aceptar su remotísima improbabilidad. ¿Cómo le gusta a usted el origen de la vida en la tierra? ¿Con un señor barbudo bajando del cielo, haciéndolo todo en una semana, y diciendo a una de los muchos millones de especies que creó: “creced y multiplicaos, y usad todo esto como mejor os parezca?, ¿o chiripa tras chiripa, hasta que “dado suficiente tiempo”, la mona escriba El Quijote?
Y admitamos de una vez que la mona como sujeto es un ejemplo de discriminación de “género” que no podemos manejar; porque si la deidad nos creó a Su imagen, nos dejó sin embargo el mismo sistema reproductivo y el digestivo de los animales del grupo más cercano, sin el instinto regulador, por lo que tenemos que lamentar nuestra terrible inadecuación en los dos funciones, donde intervienen el amor y el odio. El número de ángeles bailarines es entonces un problema complejo para la ciencia, y no solo de espacio; como tampoco es solo de temperatura el del infierno.
Exploremos como ejemplos la similaridad de los problemas de la población en el infierno y en la cabeza de un alfiler. El número de bailarines en la cabeza de un alfiler depende del tamaño que les asignemos a los ángeles, quienes siendo espíritus no tienen que tener limitaciones de espacio, aunque siendo el mismo espacio relativo, de repente sobra en el alfiler. ¿No dicen que el universo salió todo de un puntito más pequeño? Pero la cuestión tiene muchos otros aspectos interesantes, porque regularles los decibeles puede ser un problema mayor, igual que el tipo de música, pues no es probable que a los ángeles les guste la música infernal moderna que se baja al I-pod; aunque no podemos ignorar a la legión de Lucifer, que bien pudiera ganar acceso al baile de los ángeles, aunque sea como espaldas mojadas: no en balde son pequeños y morenillos mientras los otros son rubios y grandes; digamos sajones.
Pero aunque pensáramos solo en los ángeles de Dios, todavía quedaría el problema del sexo, que casi siempre está involucrado en el baile, y aunque los ángeles buenos no lo tienen, las almas humanas, que de seguro serían espectadoras y no pertenecen a la especie de los ángeles, podrían conservar un recuerdo de sus correrías, y algo del rijo.
El número se afecta porque entre los humanos hay muchos bailes en los que solo participa un sexo, como en el de las balinesas y el de los derviches. Solo que cuando solo bailan mujeres, el otro polo está indudablemente presente entre los mirones; y no me refiero a los de solo un sexo; lo que me hace pensar que la cuestión de repente se complementa entre los mismos ejecutantes; además de que existe el hermafroditismo. Quizá pasa lo mismo cuando solo bailan hombres. Los mirones tendrían que estar en la cabeza, porque no iban a ver mucho en la punta. Pero puede haber otros participantes.
A veces uno baila solo, al estilo de Zorba, como para exorcizar un demonio, o tal vez para insorcizarlo, y esto nos lleva a la posibilidad de que en el baile del alfiler se pudieran colar algunas súcubas e íncubos, para oprimir “sin que se diesen cuenta” a los ángeles que se durmiesen y a los espectadores, o para ser oprimidas. Pues estos ángeles malos libidinosos tan convenientes para quien se tiene que abstener, son dados a la interespecificidad, que también llaman bestialidad, a la que bien podrían ser atraídas algunas almas humanas. ¡Qué desmadre! Cada vez me convenzo más de la sabiduría del dicho del candelero, que citamos pero no practicamos. De hecho, no hay nada que provoque más intolerancia; o mayor tolerancia: dependiendo de que se trate de los demás o de nosotros.
Y está también el odio. ¡Vaya si lo está! En el baile unisexual no participan los dos sino uno solo; y algunos ejemplares indefinidos que se alinean con el enemigo. Es una manifestación de esa tendencia moderna a la separación absoluta de las dos mitades de la especie, que podemos llamar androfobia. “Biologizando” uno podría creer que es un intento torpe de la misma naturaleza para controlarnos la natalidad. Con las afectadas descontentas no puede haber coexistencia pacífica ni renunciando a la postura misionera, porque el problema está en la anatomía de las partes, que encuentran incompatibles después del retozo, por lo que solo queda la castración temprana; y encontrar el punto G, lo que solo se logra digitando. Es pura tecnología de punta; algo entra. Para agravar la complejidad algunas son inclasificables porque hacen fraude flotando en las dos aguas: ora punto G, ora método tradicional: “el viejo uno-dos”. Pero este si es un tema para otra disertación.
Yo no le asigno al baile un carácter sexual solo por la exuberancia de los movimientos cuando los jóvenes bailan con la música moderna, pues recuerdo bien que nosotros bailábamos “en un ladrillo”, y aquello era puro sexo; aunque sublimado, para reclamar quizá que no nos habíamos dado cuenta; como cuando la cosa era con una súcuba o con un íncubo, y uno permanecía dormido a pesar del traqueteo. Independientemente de lo que diga la química, se puede sublimar cualquier cosa, por mala que parezca. Lo que me hace pensar que quizá debería yo alejarme de las cuestiones del bien y del mal, pues como bien dicen, no hay mal que por bien no venga, y porque de repente estas interpretaciones no sean sino opacidades del velo de Maya: hay que admitirlo.
Pero volvamos al espacio, y admitamos además que es falta de ambición limitar el problema solo a la cabeza del alfiler, cuando está también la punta, y el corpus, que hay que considerar, aunque solo sea por la división del trabajo, lo que nos lleva al problema de la discriminación que esa división siempre implica, como vender “en el portón de la finca”, pues como a alguien le toca la parte más sucia del trabajo, y la menos remunerada, las más feas también van a bailar aunque no sea en la cabeza. ¿Ah?
¿No se le parecen a usted todos estos argumentos metafisicoteologocosmolonigológicos a los ejercicios racionalizadores de los judíos, los cristianos, los musulmanes, los comunistas y los neoliberales? ¡Qué caray! ¿No se le parecen a los de la misma ciencia ortodoxa limitada al “postulado de objetividad” que apenas rasca la superficie del mundo, cuando esta se retuerce tanto para asignárselo todo al azar? Yo nunca entendí cómo uno podía creer en la “dictadura del proletariado”, aunque le reconozco al dictador sanguinario la construcción capitalista de Rusia que cambió tan radicalmente el curso de la historia durante la última guerra mundial; sin ninguna síntesis. Creer que existía una dictadura “del proletariado” era sin embargo menos ingenuo que creer que de allí iba a salir una mutación que creara al “hombre nuevo”; para no hablar nada de una dialéctica histórica que habría de culminar en el milenio. Y sin embargo conozco a muchas personas inteligentes y normales (en términos estadísticos) que creían en eso.
Ya casi nadie lo cree, pero en cambio abundan ahora las personas que creen en el mercado como el mejor de todos los mundos posibles, lo que me parece peor; pues es evidente que el mercado no existe si requiere que la oferta y la demanda determinen libremente el precio de los bienes y servicios. Porque la oferta se controla siempre que se pueda (se arrincona al mercado). Y la demanda se crea con la publicidad, de modo que terminás comprando un montón de chunches innecesarios, y pagándolos caros (motos, Hyundais, Mercedes). Los otros extremos son todavía más increíbles. (¡Acabo de leer una explicación de la carestía de los alimentos que se la atribuye al acaparamiento especulativo de los financistas que perdieron el negocio de las hipotecas subprime!) Y, ¿una interdicción para que el Estado intervenga en la economía al mismo tiempo que se le dan los contratos multimillonarios a Mr. Cheney, y se le sacan las castañas del fuego a los grandes bancos que perdieron por sus préstamos de usura, o por fomentar la irresponsabilidad bonificando a los especuladores que terminaron perdiendo hasta la camisa con el capital del banco? ¿Una ruletona en Wall Street determinando el valor de las empresas? ¿Un crecimiento sostenible? ¿Una sinergia que mejora el ambiente conforme crece la economía? ¿Un aumento creciente de la productividad? ¿El estándar de vida insostenible de 300 millones de americanos extendido a 5 700 millones, y cuando el sistema ni siquiera gotea? ¿La competencia como valor máximo en medio del monopolio creciente de la fusión de las empresas? ¿O en medio del imperio de la propiedad intelectual con patentes ad eternum (“pruebas de equivalencia”)? ¿El mercado como medicina para la crisis alimentaria que causó? ¿Necesita usted más ejemplos? ¡Por Dios que hay que tener mucha fe!, o ser muy tonto, o esperar que lo sean los demás.
¿Y no es todo esto parecido al estudiante de física proponiendo que el infierno se había congelado porque la muchacha se acostó con él después de haberle asegurado que lo haría solo “cuando el infierno se congelara”? ¿O como creer que sus gritos de “¡Oh Dios mío!” durante la maniobra, eran una prueba de la existencia de Dios?
¿Bailamos?
José Calvo | 6 de Junio 2008


0 Comentarios