Ayer, cuando yo era un colegial, leíamos con pasión las novelillas policiales “pulpa” de La Sombra, Doc Savage, y Bill Barnes que salían mensualmente, sin que se supiera quién las compraba, puesto que nunca teníamos plata: eran del común. Y quizá por eso nadie las coleccionó, lo cual fue una lástima, porque tenían un gran encanto, como pude comprobar muchos años después, cuando volvió a caer en mis manos una por casualidad. Yo recordaba con nostalgia a La Sombra, un personaje invisible cuya carcajada sarcástica congelaba la sangre a los delincuentes, y a Doc Savage, el hombre de bronce, que tenía la musculatura atlética que añorábamos todos los alfeñiques; especialmente después de nuestros fracasos de hacernos como Charles Atlas siguiendo su curso que habíamos comprado haciendo una vaca, tomando mucha leche los que podían, y haciendo tensión dinámica todos. No recordaba yo tanto a Bill Barnes, quien dirimía todos los conflictos en combates aéreos, lo que hacía necesario que los delincuentes tuvieran un avión de combate. Seguro estaba inspirado en los dog fights de la primera guerra de héroes como el Barón Rojo que incorporó Pogo como personaje, y el capitán Eddie Rickenbacker, que incorporó Al Capp en Mamá Cachimba (Little Abner) con el nombre de Rickety back.
La Sombra y Doc Savage eran superpolicías que combatían el crimen violento típicamente americano de los tiempos de la ley seca: esa terrible estupidez de los gay twenties que los americanos llaman la Volstead Act, donde todo era a balazo limpio. No se trataba entonces de un tipo como Maigret, que también es encantador, investigando con obstinación un íngrimo asesinato en medio de una guerra en que los hombres mueren por millones. He releído varias veces La Premier Enquête, Le Chien Jaune, La Guinguette a Deux Sous, y La Nuit du Carrefour, y sin creer en la crítica literaria, pienso que Maigret tiene las virtudes que le faltaban a Simenon; aunque abunda en ambientes sórdidos, y cuando se compenetra con la gente encuentra siempre “un cadáver en cada armario”. Las policiales americanas tratan más bien del héroe de Dashiell Hammett emprendiéndola contra el crimen organizado y limpiando solito la ciudad.
Estos héroes trataban de combatir organizaciones criminales bien montadas (emprersariales); a menudo disfrazadas con alguna superstición que las hacía atractivas para mucha gente de bien, y que los detectives se encargaban siempre de desenmascarar con eficiencia científica: no obstante que ellos eran seres sobrenaturales, de gran inteligencia, con una fuerza física extraordinaria, capacidad para esquivar las balas y trepar rápidamente por las paredes, “opticas” fulgurantes, visión nocturna, ventriloquía, fluidez en todos los idiomas del mundo, conocimientos científicos extraordinarios, puntería certera, valor a toda prueba, capacidad mimética como Sherlock Homes, e inmortalidad. En otras palabras nada de ciencia y todo de la magia y superstición, que solo se le negaba al crimen. El Magii es el rey criminal de un estado asiático ocupado por los ingleses, cuya magia Doc Savage desenmascara y a quien derrota en su intento malvadísimo: echar a los ingleses. Y La Sombra encuentra al “celestial” Loo Look, especialmente malvado porque mató al arquitecto que le construyó su mortal laberinto… y era un americano. Los anglos son clean cut, y la piel morena da una apariencia de villanía. Más mal se trata a los bulls de la policía y a los dicks de la Agencia Federal que estorban con su torpeza la lucha de estos héroes contra los gorilas de la camorra.
El hecho es que esa literatura forma parte inseparable de mi juventud —pues aunque no teníamos entonces delincuencia en Costa Rica, ni nos habíamos globalizado, estamos irremediablemente sujetos a la influencia de la metrópoli—, y cuando hace como dos años encontré otra novelita de La Sombra en una librería de libros viejos, me agarró con fuerza la nostalgia. Mortifiqué a mucha gente joven que viaja para que me buscaran esos libros en los Estados Unidos, y no me dieron bola, por lo que solo los pude conseguir cuando fui yo mismo, en un viaje también nostálgico para visitar mi habitación de hace 50 años en el Murphree Hall de la Universidad de Florida; porque tenía yo este sueño recurrente en que iba caminando hacia mi dormitorio, y siempre me despertaba antes de llegar. En “la realidad” fui caminando después de un viaje apoteósico en un bus “lechero” y dos noches de insomnio, y…tampoco pude llegar. Ni encontré allí nada de mi tiempo.
Pero unos amigos me llevaron a una enorme librería en San Francisco y le conté a un dependiente en información que buscaba estas novelitas pulpa de 65 años atrás. “Ayer”, me dijo el hombre riéndose, y yo le contesté “efectivamente” pero a él le faltaban 50 años para saberlo. Nos costó mucho encontrarlas, porque yo tenía a Maxwell Grant por autor de La Sombra, y ese había sido un seudónimo, pero en la nueva edición de sus obras aparece como Walter Gibson. Y si las tenían; editadas de nuevo por la Editorial Nostalgia. También tenían las de Doc Savage, pero ninguna de Bill Barnes; con justicia. Y a pesar del precio exorbitante de 13 dólares —todo es allí ahora excesivamente caro— compré seis; con la ventaja de que hay dos historias por libro. De modo que he pasado varios días leyéndolas embebido. Me encantan. Tienen algo que solo se puede describir con la palabra inglesa quaint, que da la idea de raro o singular, y también la de nostálgico, que es quizá lo que me dio el gusto de volver a leerlas; y por lo que pediré otros. Es más, he vuelto a leer los dos que ya tenía, como releo de vez en cuando las de Maigret.
El escenario de mis héroes era la Manhattan ciclópea que no desilusiona a los nostálgicos porque tiene ahora un perfil inmutable; algo que no cambia ni cuando Osama deja de ser terrorista contra la Unión Soviética al servicio de los Estados Unidos y se vuelve contra sus antiguos patronos derrumbando el Centro Comercial. Harlem no aparece para nada. Pero en aquel tiempo la parte “blanca” estaba en reconstrucción, y abundaban las casas desiertas y los callejones para dar refugio a los gángsteres y facilitar las observaciones de La Sombra; además de antros como The Black Ship, o The Pink Rat, donde se hacían las transacciones criminales que hoy se hacen en hoteles de cinco estrellas o en casa presidencial.
Si hubo ese elemento de escapismo que solo dan las novelas policiales, cuando los leí por primera vez, además de la frecuente emoción de estar “en capítulo”, más lo hay ahora que los repito; y con más necesidad, pues encuentro esta realidad muy desagradable; y quizá pienso secretamente en las maravillas que podría hacer aquí La Sombra enderezando tantos entuertos: como los premios de Alcatel, las comisiones de Instrumentarium Medicum, el monopolio privado del alcohol, el uso del distrito de riego para producir caña, las llamadas al Contralor para el asuntito de la basura, o los chalecos antibalas chinos. Los dos héroes hubieran estado aquí tan en su charco, como Maigret con los cadenazos, los bajonazos, y el crack; que entiendo que se filtra también desde arriba, y no solo por las FARC, sino también por los PARA que los cómplices de nuestro Uribito no mencionan. Oh país. “Una sociedad carente de opinión y voluntad propias, que se entrega a lo que le impongan” como dice don Edilberto Escobar.
¡Que saludable sería que todos estos malandrines escucharan una buena carcajada de La Sombra! Y como una parte importante de mi nostalgia se debe a que en aquella época el green stuff no se había puesto morado, y la moneda nacional no era el rojillo, emblema de la sangre que los gobernantes nos chupan sin misericordia; y como La Sombra perseguía con especial empeño la falsificación de mazuma, mi venganza vicaria se lo imagina congelando con su siniestra carcajada sarcástica la sangre de gentes como Allan Greenspan, Joseph Barnanke, Eduardo Lizano y Chico Paula; y la de Bush y Uribito. ¡…N´se va güevar uno!
José Calvo | 19 de Mayo 2008


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