Posiblemente sea uno de los pocos, quizás el único costarricense de verdad, que escriba sobre ese mes, emblemático en la historia del siglo pasado, al cual recordamos en su aniversario cuarenta.
En realidad el 68, como fue llamado, venía incubándose en el tiempo desde unos cinco años atrás, en la dispersión de ideas, en el cumplimiento demográfico de la generación de los baby boomers, en todo el mundo y por una especie de tensión política que inducía a la ruptura con todo, gracias al descubrimiento de la llamada Escuela de Frankfurt y de pensadores tan importantes como Adorno, Horkheimer, Marcusse, Walter Benjamín y otros que fueron las “lecturas de infancia”, traídas a Costa Rica por profesores y estudiantes extranjeros, pues los nuestros todavía estaban leyendo a Ortega y Gasset, creían que eran dos autores, especie de mellizos hispánicos u otros pensadores que ya habían clavado pico desde hacía muchos años, cuya influencia estaba ya superada por lecturas extrañas: desde Theilhard de Chardin a Malcom X, de los enigmáticos escritos económicos de Ernesto Guevara de la Serna a los de Octavio Paz, sobre todo su poesía y la revaloración de los surrealistas, al sentido de la tríada maravillosa: Rilke, T.S. Eliot, Ezra Pound o los viejos volúmenes de Santiago Rueda, traducción de Pedro Salinas, con las obras de Marcel Proust, más las indicaciones de Paz: Huidobre, Neruda, Díaz Casanueva y casi todo Octavio, en ese mundo suyo donde la vanidad dejaba de ser altanería, antes de implantar la paz octaviana en la literatura mexicana, previa lectura de José Revueltas, con su barbita a lo Ho Chi Min.
Podría pensarse que toda esta época era como una olla de carne, tal el número de lecturas con ejes esenciales. Herman Hesse, Thomas Mann, Virginia Woolf, que penetraban hasta lo más profundo en esa manera de existir, tal como uno quería ser. Era, y es para la historia, una etapa de formación, al menos para los que picamos tiquete a partir de 1967 y deambulamos como los sonámbulos de Herman Broch, por muchas ciudades amadas todavía, en donde todo ocurría y casi nada estaba pasando a lo exterior, mientras sí en lo interno, hemisferios cerebrales incluidos, con ciertos toques por el ámbito de los psicodélicos, para romper la modorra provinciana, que nos proponía un futuro que podía establecerse entre ser diputado, ministro, embajador, ladrón y hasta politiquero o indigente, es decir: hippie.
Todos esos años parecieran haber sido los más hermosos y activos de nuestras vidas, para muchos de los que este año nos reuniremos en México, para recordar lo que sigue siendo una afirmación real: el recordar es vivir, la vida nuestra, la de los otros y la de muchas personas de generaciones anteriores, que marcaron nuestras vidas y que nos enseñaron que cuando uno ya no aguantaba el trayecto entre Cuesta de Moras y el fin del Paseo Colón, ya sin Obelisco, lo mejor era presentarse a la Agencia de Viajes Chase, la más cercana para pedir crédito y esfumarse un tiempo.
El 68 empezó en el 67, según los especialistas de ahora, con tenues y previos movimientos juveniles en los Estados Unidos, Praga, Buenos Aires, Bogotá, México, Belgrado o San Francisco, y a instantáneas manifestaciones en los alrededores del monumento a Puskin, en el Moscú de aquellos días. Se atribuye, ya en el 68, al comienzo del verano que empieza cuando se acaba la primavera, una extraña tensión en París, alimentada por los escritos de Guy Debord, nuestro maestro luego, cuando empezaron a circular octavillas y mensajes, todos tirados a polígrafo, para criticar al capitalismo preglobalista, en sus afanes por controlar la sociedad y en contra, también, de lo que se llamaba el radicalismo autoritario de los bolcheviques, de los cuales deben haber quedado, para aquel tiempo, solo un grupo adormilado en un sillón, por haber sido ya todos asesinados por Stalin, para darle forma a su Nueva Clase.
Con semejante olla de grillos en la cabeza, bendita época de tener la información en las propias manos, todo se aunaba a la música, la poesía Beatnik, las danzas nuevas del oriente, los falsos y reales gurós, los escritos y pinturas de Andy Warhol, la Factoría incluida, la liberación sexual y mental, el descubrimiento del cuerpo como “acción política” o las exposiciones y escritos de Joseph Beuys, la pintura de Francis Bacon o los maravillosos dibujos de José Luis Cuevas y los libros y mistificaciones, según se dice ahora, del inicial Carlos Castañeda, más los honguitos de María Sabina. O Marc Dumas, ¿quién lo diría? bailando desnudo en Teatrihuacán o ante la laguna de Guatavita en la balsa muisca, mientras nosotros leíamos Las ceremonias del verano de Marta Traba, para descubrirle las claves que sostenían la narración.
Pero la chispa que encendió la pradera se dio en 1967, en octubre. El asesinato de Ernesto Guevara, Ché, Fuster, o en sus múltiples alias, transfigurado para siempre en figura emblemática. Nunca he visto un suceso tan funesto que produjera un dolor tan hondo entre todos los jóvenes del mundo, cuando atravesando el desierto de Arizona, rumbo a México, oímos el discurso de Fidel anunciando su fallecimiento, en una noche gélida, con lamento de coyotes sobre la planicie.
Lo que comenzó a principio de los años sesenta como un jolgorio lúdico y chispeante terminó en un festín de caníbales, cuya memoria sigue viva en múltiples personas en el mundo y como una especie de parteaguas en la historia del siglo XX. Pareciera que todo cambió para siempre, aunque las cosas así se diluyen para tomar perfil histórico o solo sean propicias a un determinado momento, como cuando en Tlateloco, al salir esa noche espantosa hacia el centro de México, todo lo que estaba ocurriendo parecía no existir, o en la oscuridad de la invasión de los tanques soviéticos a Praga, algunos creyeron que era solo un desfile fantasmal.
Recientemente leí, en una publicación francesa, que uno de los asuntos que provocaron mayor repudio entre la población, jóvenes de 2008 incluidos, fue la opinión devastadora de Nicolás Sarkozy, ese señor francés, húngaro, griego, la imagen misma del mestizaje elegante, sobre los sucesos del 68 y su misión de dar por cerrado un ciclo de sesenta años. A las semanas su popularidad andaba por el suelo, y no se ha recuperado todavía, mientras los nietos de aquel tiempo están celebrando el aniversario.
Quedan vivos los lugares emblemáticos, el monumento a Puskin, Washington Square, la Calle Castro, Times Square, el convento de San Francisco, en Tlatelolco, la casita museo de Francis Bacon, el pueblillo de La Higuera, en Bolivia, el Barrio Latino, por decir algo.
Y siempre: la calle de Alcalá, punto emblemático para que lo que iba a suceder, en el Madrid de aquel tiempo, simplemente ocurriera, o la voz y la imagen de Jim Morrison, en ese corto lapso en que fue insoportablemente perfecto.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 12 de Mayo 2008


2 Comentarios
Hola. Para hacerla cortita. Como nunca en la década del 60 hubo oportunidades excepcionales para los movimientos revolucionarios. Lamentablemente los partidos comunista domesticados, envilecidos y vasallos, se sometieron a los dictados de Moscú, vacilante y traidor, para frenar toda la enorme y única marea de lucha a nivel mundial. Si el PC de Francia hubiera ayudado a los jovenes, lo más probable es que el gobierno de ese país hubiera caido y se hubiera formado otro poder. Con las retiradas y las concesiones, nos llevaron adonde estamos: vencidos y esclavizados a la unica “verdad revelada”LO QUE ESTÁMOS VIVIENDO AHORA Y SIN ESPERANZA DE SALIDA- Gracias, Nelson.-
Caminito que el tiempo ha borrado
Felix de Azúa
Primero se llamó “la revolución de mayo”, luego lo de “revolución” se cayó y los diarios hablaban de “mayo del 68”. Más tarde no es raro ver que se cite sencillamente “el 68” como si fuera un alarde atlético anterior al “69” del kamasutra. En la actualidad es más frecuente leer acerca de los “sesentayochistas” que sobre los famosos sucesos. La actual conmemoración, no obstante, ha llenado las librerías de objetos religiosos.
Un “sesentayochista” artístico suele ser un individuo dotado con la Tarjeta Dorada de Renfe que utiliza sin embargo un atuendo pleistoceno (tejanos sin marca, zapatillas deportivas, jerséis llenos de bolas), tiene una subvención estatal considerable y muy buena opinión de Fidel Castro. Muchos cantan, o lo intentan. Cuando bebe, lo que sucede con cierta frecuencia, llama “facha” incluso a Rosa Luxemburg. Hay que entenderle: en él es una intensa expresión de cariño previa a la quimioterapia. De todos modos, también hay “noventayochistas” de sillón de cuero.
En su primer momento, como es lógico, aquello fue verdaderamente una fiesta, es decir, un caos en el que nadie sabía quién era el dueño de la casa, ni si se podía abrir la nevera o usar los dormitorios impunemente. Lo único que tenía urgencia era llegar hasta las bebidas y a los que vendían canutos. Esos fueron los primeros días. Es de suponer que lo mismo sucedió en 1789 y en 1917, con la diferencia de que en Rusia en octubre hace un frío del carajo. En julio, por el contrario, París se desmelena y las madres de la revolución de 1789 mostraban unos pechos similares a los obuses prusianos (como bien reflejó Delacroix en la siguiente, la de 1848), pero en mayo ni fu ni fa. Por esas fechas se dan días buenos y días malos. Nada que ver con el mayo de Praga. Allí todos fueron malos.
En París hubo varios días buenos. A la manera veneciana, no circulaban coches, autobuses o camiones, pero en cambio no había ni un solo turista en calzoncillos o en chándal, una bendición. La gente estaba feliz al sol, paseando por los bulevares silenciosos o ligando en la universidad y sin tener que dar explicaciones por llegar tarde o no llegar en absoluto. Si llovía, que llovió, se refugiaba en los infinitos cafés bajo la mirada agresiva de los camareros, todos ellos de extrema derecha desde lo de Argelia. En muchos cafés se habían agotado las existencias o las habían escondido, pero eso no impedía sentarse a fumar unos galoises y observar con complacencia al servicio mordiéndose los puños con la habitual cobardía de los mayordomos ensalzada por Lenin.
Para cuando empezó a agotarse el pan y otros implementos del hogar, los sindicatos cambiaron como de la noche al día y comenzó a olvidarse lo de “revolución”. El pacto social se convirtió en la palabra clave y “los del 68” ya figuraron para siempre como unos burguesitos de mierda en los discursos del proletariado estalinista, o sea, el Partido, o sea, los sindicatos. Los sucesos reales pasaron muy rápidamente a llamarse “mayo del 68” un poco como aquí decimos el “11 M” y en Nueva York el “11 S” o lo que corresponda en esa tipografía analfabeta.
/upload/fotos/blogsentradas/testigodesupoca_med.jpgLa fiesta se terminó de golpe cuando De Gaulle salió volando y los mejor informados decían que estaba en Alemania preparando la invasión de Francia. El general, que había ocultado con enorme esfuerzo la colaboración de miles de entusiasmados franceses con los alemanes de Hitler, ese caballero, no era un bromista y ya bastante había tenido con arrastrarse a los pies de los aliados para que le dejaran actuar como un general de verdad. Ahora tenía la ocasión de demostrar su temple guerrero con un enemigo despreciable: los franceses.
Así que los más exaltados revolucionarios volvieron a casa para preparar sus coartadas. Negociaron con sus tías, muchas de las cuales pertenecían a la crême, para que juraran que aquella semana la habían pasado en el chateau de la familia jugando a la petanca. A cambio, renunciaron al Monet del salón. Así se forjaron varios prestigios que han durado hasta el día de hoy. Unos dirigen ONGs, otros son diputados en cualquier democracia europea y en cualquier partido democrático (no hay que hacerse el estreñido cuando el destino aprieta) y una mayoría se hicieron profesionales del 68. Casi todos son o han sido ministros o directores de revista especializada, sólo una escuálida minoría pasó al terrorismo sin apenas preparación. Murieron con las Adidas puestas.
De aquella agitación y verdecer de tanto galán no ha quedado nada. Al cabo de pocos años se observaba, si uno no se había dedicado a la carrera parlamentaria, universitaria o mediática, que la verdadera revolución había sido la píldora, la cual había disuelto la ancestral sujeción paternalista e iba a poner en el mercado a millones de mujeres que desde el neolítico deseaban desesperadamente escapar de los hombres, esos golfos.
Poco después llegaba en su ayuda la TV, cuya expansión colosal abrió los ojos a las pocas mujeres que aún no se habían percatado del proceso irreversible que las libraría de los curas párrocos incluso en la España rural, gracias a programas como “Un, dos, tres”. Y finalmente la masificación de la educación y de la cultura acabaría con las viejas exigencias elitistas que obligaban a saber leer y escribir para ocupar una plaza administrativa o un cargo de responsabilidad. Habíamos llegado al final y podíamos olvidarnos de aquel episodio chusco, más francés que el bidet, que alguna vez pareció haber tenido relevancia. En la actualidad goza de la consistencia histórica de eventos como la aparición de la Virgen de Fátima a las tres pastorcillas. O cuatro, que no me acuerdo. Da lo mismo, porque también se ha olvidado por completo si fueron cuatro o mil los del 68 dado que, como las cárceles franquistas, por allí ha tenido que pasar todo el que medra en la política y otros espectáculos. Los hay que juran haber estado, pero nacieron en los años ochenta según consta en su DNI. Si les objetas el orden natural de las cosas, nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte, te llaman facha.
Sobre la disolución de aquel producto hay textos famosos, como los “Tigres de papel” de Olivier Rolin y nuevos documentos, como las memorias de Virginia Linhart, hija del fundador de los maos parisinos. Hay que leerlos para entender que aquella inocencia no dejaba de ser criminal. Queda, eso sí, el recuerdo de las cargas de los guardias de la porra, tan emocionantes y hoy innecesarias, las calles vacías, el silencio, los jardines floridos, las muchachas en flor, los muchachos enamorados de las muchachas en flor, algunos vencejos chillando por el cielo y anunciando el verano. Ese verano que nunca llegó.
Artículo publicado en: El Periódico, 27 de abril de 2208.
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