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¡Llévelo, llévelo!

José Calvo | 26 de Mayo 2008

Este es el pregón de un vendedor (hustle!). El grita esto todo el santo día y todos los días. El vive para eso, allá él. Pero el problema grave es que esa sea la vida de todos. Que todos vivamos para eso. Que esa sea la actividad de moda. La más importante de la vida. Como nos ha ocurrido, pues no hay ahora ningún valor más importante que el mercado: comprar y vender. Ahí es donde está la plata, y hay que tener plata. La cosa no es “de qué le vale a un hombre ganarlo todo y perder el alma”, sino de qué le vale tener alma sin ganar todo lo que pueda. Hacer plata y “llevarlo, llevarlo” es la empresa universal. El hermano mayor se lo repite continuamente a la población, y esta se hará de plata a como sea, aunque no tenga trabajo. ¿Cuánto vale una persona sin sus Nikes, su camisa Hilfiger, su I-pod, su lap-top, y su Mercedes? Nada o casi nada, aunque lo tenga todo.

Hablamos entonces de “el mercado” como si habláramos de Dios. El mercado es el valor supremo. El mercado es la máxima sabiduría. El asigna los recursos de la mejor manera posible, mediante el juego de sus dos leyes sagradas: “la oferta y la demanda”; con las que es un pecado interferir. Solo que como lo que realmente importa es “el consumo”, la oferta tiene menos importancia que la demanda. Los libertarios dicen que la demanda lo es todo, “porque de nada les valdría a los productores producir si los consumidores no consumen”. Y los consumidores consumen, ¡vaya si consumen!

Estaba yo en los EEUU invitado por unos amigos cuando se hizo evidente la recesión, y veía a los consumidores en los almacenes en aquellos momentos de poca actividad comercial : no llevaban un carrito de supermercado, sino un flat de dos metros de largo, y cogían objetos de los estantes con desesperación: lo llevaban, lo llevaban. Uno que por su pobreza no pudiera participar de aquella obsesión consumista, podría todavía despojarlos de aquellos bienes preciosos en un bajonazo.

Como es necesario, este modo de vivir tiene un rationale. El reino es de este mundo, y “A quién no le va a gustar / tener una cosa buena?”, pero este reino mundano se ha rodeado también de un misticismo, con valores como “el mercado”, “las leyes del mercado”, “la ventaja comparativa”, y “el costo de oportunidad”, que han pasado a reclamar la condición de mandatos de buen sentido y objetividad. Analicemos entonces estos mandatos, porque a veces ocurre que creemos en algo que no existe, que no puede existir; empezando por el mercado con sus leyes.

Mercado es la conjunción libre de la oferta y la demanda de un producto o un bien en un precio dado. Esta conjunción es la que determina el precio. Pero ocurre que los productores se ponen de acuerdo siempre que pueden para limitar la cantidad de su producto, pues así obtienen un precio mayor. Y digo “siempre que pueden” porque a veces no pueden. Usted nunca ha visto un año en que los automóviles o los televisores estén a mitad de precio. Pero si ha visto muchos años en que lo está el café, o los frijoles. Igual que ha visto cuando están al doble. Esto se debe a que los productores de autos y televisores son pocos, y se pueden poner de acuerdo para no inundar el mercado con sus productos, y eso no lo pueden hacer los cafetaleros o los frijoleros porque son muchos. Esta es la diferencia de acceso a la información que señala el señor Loría, sin la cual no habría ventaja en que SAMA ponga al presidente del Banco Central. ¿Necesita Ud. más demostración de que la sagrada oferta se puede manosear? La del dinero la manosean SAMA, el Banco Central, y “cuatro grandes agentes” que le ayudan a devaluar el colón. La de café y frijoles la concentran (la manosean) los intermediarios, sin beneficio para los productores o lo consumidores. Para los servicios está el colegio profesional, que les pone la tarifa; y eso no entra en el TLC, que lo negociaron unos profesionales; y cuya “complementación” está llena de malinches, también profesionales.

Veamos ahora la “ventaja comparativa”, que ha dictado aquí toda la política estatal desde que don Eduardo Lizano la elevó al rango de dogma. Esta dice que toda la actividad productiva debe estar sujeta a lo que resulte más remunerativo. No importa que Costa Rica tenga una vocación especial para producir maíz. Si los americanos lo pueden vender (no producir) más barato, entonces la “ventaja comparativa” indica que nos dediquemos a producir algo que podamos venderles a buen precio, y que les compremos el maíz. La falacia está en que puede llegar el momento en que suba de precio el maíz americano, y como nosotros ya no lo producimos, nos quedemos sin maíz. O que nos quedemos sin arroz, y sin frijoles, y sin leche, y sin huevos. Que nos quedamos sin nada que comer. Eso es precisamente lo que está pasando ahora. Con el agravante de que como eso le está pasando a todo el mundo que se globalizó con el dogma de la “ventaja comparativa”, ya no hay de dónde traerlo. La crisis alimentaria GLOBAL (¡qué útil es ahora esta palabra!) nos está demostrando claramente el peligro del principio de “ventaja comparativa” adoptado como dogma, y nos está dando una magnífica oportunidad para descartarlo por fin. Pero definamos esa crisis para que los responsables no sigan haciéndonos daño al ignorarla: a los cinco mil millones de personas pobres del mundo apenas si les alcanza lo que ganan par comer, y el precio de los alimentos se ha cuadruplicado porque NO HAY. Y no hay alimentos porque la “ventaja comparativa” arruinó la producción local.

De hecho deberíamos descartar el paradigma entero del mercado, cuyos fanáticos siguen tercos ante la explosión de sus otras contradicciones junto con la de su política agraria: el agotamiento del petróleo, el cambio del clima, el aventurerismo bélico, la recesión. Y, lo mas grave, su tendencia al monopolio, con la continua fusión de las grandes empresas, y la propiedad intelectual, cuyo PLUS empujan aquí con inercia y servilismo don Marco Vinicio, el señor Dueñas, y la señora Chinchilla; todos los cuales demandan penas de cárcel contra los costarricenses por la infracción de los derechos de patente de los americanos para quedar bien con los Estados Unidos, donde no hay cárcel para esas infracciones. La candidata oficial llega a lo que aquí se considera anatema: critica a la Sala Cuarta que objeta las penas de prisión por excesivas, declarándola ¡parcial! Ella es abogada, y es casi seguro que los contribuyentes ticos le pagamos la carrera.

El “costo de oportunidad” como criterio para colocar el crédito que necesitan todas las actividades productivas, es un caso particular de la “ventaja comparativa”. Si puedo colocar mi dinero en actividades muy remunerativas que pagan altos intereses, no debo financiar actividades productivas mal remuneradas que no los pueden pagar. Así podemos terminar con todo el capital disponible financiando el tráfico de drogas, o la trata de blancas, y nada financiando los frijoles. Ni pensemos ya quién va a financiar la atención médica de la población, que es casi toda pobre. O la educación

Cuando se endiosa un concepto como se ha hecho con “ventaja comparativa”, desaparecen gradualmente todas las limitaciones morales que lo frenaban. Como decía Bernard Shaw, “la prostitución es superior a la costura porque paga mas”. Una pareja con una mujer bonita podría considerar que la ventaja comparativa dictaba que ella se dedicara mejor a la prostitución. O con un hombre bonito, pues ya sabemos que esta actividad es unisex. Una familia con un hijo muy inteligente podría considerar que era mejor concentrar todos los recursos disponibles en la educación de ese muchacho, abandonando a los demás. Y si es posible robar mucho con poco riesgo, como ocurre en la función pública, todos queremos ser ministros, diputados, o jueces. Y si nada de eso es posible porque nuestra clase social no nos da el condominio ni el Mercedes, siempre está disponible el bajonazo. Lo importante es el éxito económico. Y solo el dinero lo atestigua; hasta para los vicarios del reino que no es de este mundo. ¡Jodee!

Esa es nuestra época, y el verdadero dios es Mamón, pero el paradigma se está despedazando, y sufriremos menos entre mas pronto se destroce, porque está mal balanceado, y no soporta las tensiones del viaje. Por supuesto que cuando no podamos pagar las deudas en que se basa el 90% de nuestro tren de vida y se reviente la burbuja sufriremos todos, pero todos somos más o menos responsables, aunque se hayan beneficiado mas los tagarotes de que habla don Luís Paulino, quien ve aquí en Sardinal el comienzo del fin: el del Imperio Romano comenzó en un pesebre de Belén, y en el cambio de paradigma todavía le puede tocar alguna gloria a Costa Rica, cuando logre apartar esa absurda camarilla gobernante. ¿La oligarquía cafetalera todavía? Pos si.

José Calvo | 26 de Mayo 2008

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