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Cuarenta años después, aún se sienten los cambios sociales que dejó 1968

Periscopio: allende nuestras fronteras | 4 de Mayo 2008

Por Daniel Samper Pizano

Hay quienes piensan que 1968 -ese año emblemático en que cambiaron tantas cosas- solo empezó tres meses después del primero de enero, cuando fue asesinado en Memphis, el 4 de abril, Martin Luther King, el religioso que encabezó las multitudinarias manifestaciones pacíficas a favor de los derechos de los negros.

Otros dicen que empezó el 5 de enero, cuando Alexander Dubcek fue elegido secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia e inició así el proceso que habría de llevar a una efímera etapa de liberalización y finalmente a la invasión de tropas y soldados del Pacto de Varsovia.

Algunos más afirman que el asesinato de King fue un episodio terrible, pero que no puede citarse de manera aislada, pues forma parte de la semana crítica que empezó el 31 de marzo, “una de las peores en la historia de Estados Unidos”, según el analista de Newsweek Evan Thomas.

Esa semana, que abarca la muerte de King, se inició con la sorprendente negativa del presidente Lyndon B. Johnson a buscar la reelección y la fatal decisión de Robert F. Kennedy de postularse para la Presidencia.

No falta, finalmente, quienes sostienen que el verdadero 1968 fue el que se desarrolló en las calles de París durante el mes de mayo, entre grafitos, pedreas, cargas policiales y barricadas.

Poco importa cuándo empezó realmente 1968. Lo cierto es que en ese año, del que se cumplen 40 ahora, el mundo occidental experimentó tal cantidad de sacudones que puede señalarse como un punto de inflexión de la historia contemporánea. Después de 1968 ni Estados Unidos siguió siendo la potencia estable e invencible que emergió de la II Guerra Mundial, ni Francia volvió a ser la de la posguerra, ni la Iglesia Católica conservó la solidez de sus cimientos, ni el férreo bloque de la Cortina de Hierro permaneció inquebrantable, ni fueron iguales los estudiantes, la música, las costumbres…

Efímera primavera

Acontecieron tantas cosas trascendentales en 1968, que no parecería un año de 12, sino de muchos meses más. Y sí, empezó, como todos los años, en enero. Habían transcurrido tan solo cinco días cuando los comunistas de Checoslovaquia quisieron abrir una ventana para respirar mejor. La elección de Dubcek condujo semanas después a la renuncia del presidente Antonin Novotny, protegido de Moscú; con la aquiescencia del nuevo presidente, Ludwig Svoboda, Dubcek y la nueva generación reformista lanzaron un programa de acción que amplió la libertad de prensa y otorgó derechos a las minorías. El mariscal Tito, desde Yugoslavia, apoyó la apertura.

Era demasiado para el Kremlin. Los llamados de Leonid Brezhnev, aquel líder supremo de la URSS que tenía bigotes en las cejas, fueron desoídos por Dubcek; la rebelión de los checos amenazaba con extenderse a otros países del bloque soviético y alargarse indefinidamente. En agosto, Moscú decidió responder a la llamada “Primavera de Praga” con un verano montado por las tropas del Pacto de Varsovia. Se produjo entonces la invasión de Checoslovaquia con 200 mil soldados y 5.000 tanques; Dubcek fue conducido a Moscú, donde firmó un documento impuesto por Brezhnev en que echaba atrás las medidas progresistas. En abril de 1969 lo obligaron a dimitir como secretario del PC, se marchó como embajador en Turquía durante algunos meses. En 1970, finalmente, lo expulsaron del Partido. Su imagen fue borrada de las fotos oficiales, como recuerda el escritor Milan Kundera, y la Primavera de Praga quedó definitivamente enterrada.

Dubcek vivió para ver a Chescoslovaquia liberada del que se conoce como “socialismo real”, versión dura y soviética del socialismo. En 1989 fue elegido para la Asamblea Federal, tras la “Revolución de Terciopelo” que implantó la democracia en esa nación que hoy son dos países: Eslovaquia y la República Checa. En noviembre de 1992, casi un cuarto de siglo después de aquella apertura de 1968, murió Dubcek en un accidente de automóvil.

Cosecha de curas rebeldes

Fueron tiempos de cambio para la Iglesia Católica. Entre 1962 y 1965 se celebró el Concilio Vaticano II, que fue un viento fresco convocado por el papa Juan XXIII. Después de muchos lustros de cerrazón vaticana, la Iglesia bajaba al pueblo y consultaba sus dolores y necesidades. Al morir Juan XXIII, en 1963, su sucesor, Pablo VI, mantuvo por un tiempo la inercia social posconciliar. Su encíclica Populorum Progressio sintetizó en 1967 la doctrina de la Iglesia que se comprometía con el cambio: “El desarrollo -dijo- es el nuevo nombre de la paz”.

El autor de esta frase marcó un hito histórico cuando, en agosto de 1968, aterrizó en el aeropuerto de Bogotá. Era la primera vez que un Papa viajaba a América, y nadie olvidará cuando detuvo con un gesto de la mano a las autoridades que acudían a saludarlo al pie del avión y se arrodilló a besar tierra (o, mejor, pavimento) colombiana. La visita de Paulo VI precedió una reunión que fue cuna de no pocos “curas rebeldes”: la II Conferencia Episcopal Latinoamericana, que tuvo lugar en el mes de noviembre en Medellín.

Un párrafo clave del documento que aprobó la asamblea de los obispos: “Si ‘el desarrollo es el nuevo nombre de la paz’, el subdesarrollo latinoamericano es una injusta situación promotora de tensiones que conspiran contra la paz”.

De esta conferencia salieron las bases de un cambio radical en la actitud de la Iglesia frente a los pobres y la Teología de la Liberación. Los frutos de la reunión provocaron la escandalizada reacción de la Iglesia tradicional y una revisión posterior de las posiciones de avanzada. Se pasó así del populorum progressio al eclesiam retrocesso. Con perdón del latín.

Mayo en París

En el momento en que Bob Kennedy apuraba sus ultimas semanas de campaña y de vida, París era una fiesta. Pero una fiesta de protestas y manifestaciones estudiantiles. Las calles del barrio latino fueron escenario de la lucha entre la masa universitaria que pedía más libertad y un vuelco en la enseñanza, y el gobierno del general Charles de Gaulle, que estaba dispuesto a mostrar su cara más autoritaria. A los discursos del héroe de dos guerras los estudiantes respondieron: “Empleó tres semanas para anunciar en cinco minutos que iba a emprender en un mes lo que no pudo hacer en diez años”.

Las confrontaciones ocurrieron durante todo mayo. Entre el 14 y el 18 los trabajadores, solidarios con los estudiantes, se sumaron a una huelga nacional que paralizó el país. Fueron famosas en el mayo del 68 los garrotes de la Policía y los garrotazos, aún más fuertes, de los letreros que pintaban los estudiantes en las paredes de las universidades:

“La barricada cierra la calle pero abre el camino”

“Es necesario explorar sistemáticamente el azar”

“Cuando la Asamblea Nacional se convierte en un teatro burgués, todos los teatros burgueses deben convertirse en asambleas nacionales”

“Pensar juntos, no; empujar juntos, sí”

“Decreto el estado de felicidad permanente”

“En los exámenes, responda con preguntas”

“Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar”

“Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”

“Exagerar, esa es el arma”

“Cuanto más hago el amor, más ganas tengo de hacer la revolución. Cuanto más hago la revolución, más ganas tengo de hacer el amor”

“No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compensa por la garantía de morir de aburrimiento”

“No se encarnicen tanto con los edificios, nuestro objetivo son las instituciones”

Y aquel otro, ya clásico:

“Sean realistas: pidan lo imposible”.

Tlatelolco

Menos divertido, un documento exigía la renuncia del Gobierno. En plena revolución callejera se celebraron elecciones parlamentarias, y ocurrió lo que pocos podían imaginar: el partido de De Gaulle obtuvo un respaldo sin precedentes: 358 de 487 curules. Pero la guerra no había terminado.

Los ecos de mayo del 68 se prolongaron durante largo tiempo. En abril del año siguiente, el Presidente convocó un referendo para que los ciudadanos aprobaran un menú de reformas institucionales. Francia dijo no. Y el 28 de abril renunció De Gaulle. Diecinueve meses después, en noviembre de 1970, moría en una aldea de 500 habitantes llamada Colombey-les-Deux-Églises.

No solo en Francia: también se arrevolveraron los estudiantes de otras latitudes. Los de México aprovecharon los preámbulos de los Juegos Olímpicos, a los que estaban citados más de 6.000 atletas de 112 países entre el 12 y el 17 de octubre, para protestar contra el autoritarismo del Gobierno. Y este respondió a la altura de su fama, con una represión violenta. A las 6 y 20 de la tarde del 2 de octubre, soldados con uniforme y sin él llegaron a la Plaza de las Tres Culturas, en la capital mexicana, y llevaron a cabo una jornada punitiva que terminó con 34 muertos.

El nefasto episodio pasó a la historia mexicana como “La noche de Tlatelolco”, que es el nombre con el que también se conoce a la plaza donde el presidente Gustavo Díaz Ordaz mostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar con tal de que la Olimpiada se llevara a cabo sin problemas.

La peor semana

Mientras en Checoslovaquia nacía, crecía y moría la fugaz primavera liberal, en Estados Unidos la guerra de Vietnam aumentaba la presión sobre el presidente Lyndon B. Johnson, un texano enorme que subió al cargo, literalmente, a bordo de un avión. En él se posesionó en noviembre de 1963, cuando, siendo vicepresidente, asesinaron en Dallas a John F. Kennedy. Tras cumplir el periodo que faltaba a JFK, Johnson resultó elegido como presidente titular y ahora, al acercarse el final de su mandato, existía la certidumbre de que aspiraría a la reelección.

Fue enorme la sorpresa cuando en la noche del 31 de marzo reveló en una alocución televisada que “no buscaré ni aceptaré la designación de mi partido para un nuevo periodo presidencial”. Robert Kennedy, hermano del presidente muerto, había anunciado quince días antes que aspiraba también a la candidatura demócrata, y LBJ consideró que el enfrentamiento entre los dos habría abierto la puerta a Richard Nixon, el candidato republicano. Al excluirse a sí mismo Johnson, el camino quedaba abierto a Bob. Pero aún tenía que recorrerlo, que luchar en las elecciones y primarias y ganarlas.

No acababa aún de aquietarse el mundo de la política con el inesperado relevo de candidatos en el Partido Demócrata, cuando esa misma semana el reverendo Martin Luther King, líder de las reivindicaciones negras, llegó a Memphis dispuesto a participar en una marcha de apoyo a los basureros de la ciudad. King tenía a la sazón 39 años y ya había ganado el Premio Nóbel de la Paz por su lucha inerme contra la discriminación racial. Él y sus principales asesores se alojaban en un modesto motel. Poco antes de las seis de la tarde del 4 de abril se asomó al balcón a conversar con un músico local, a quien pidió que esa noche, durante el mitin que tendría lugar más tarde, interpretara en el saxofón “Señor, toma mi mano”.

Fueron sus últimas palabras. Un disparo de fusil accionado desde una ventana próxima acertó en la cara de King, que cayó herido de muerte.

Apenas Robert Kennedy se enteró del asesinato exclamó: ¡Dios Santo, ¿cuándo se detendrá esta violencia?!

No iba a detenerse ese año. Sesenta y un días después de la muerte de Martin Luther King, RJK celebraba su triunfo en las elecciones primarias de California cuando un joven de origen palestino, Sirhan Sirhan, disparó sobre él varios tiros de revólver. Kennedy murió dos días después, el 5 de junio. Tenía 39 años. El asesino, 24. Sirhan Sirhan fue condenado a muerte, pero en 1972 se le conmutó la pena por cadena perpetua. Desde entonces ha pedido trece veces que se le conceda la libertad bajo palabra y trece veces se la han negado.

Muchas cosas más ocurrieron durante el 68

• Fue elegido primer ministro canadiense Pierre Elliot Trudeau, aquel señor elegante y moderno con señora bonita.

• Estados Unidos explotó bajo tierra una bomba de hidrógeno experimental a 150 kilómetros de las ruletas de Las Vegas.

• Los Beatles viajaron a la India y se sometieron a las enseñanzas del gurú Mahesh Yogi, mitad santón y mitad charlatán. El maharashi (“gran santo”) murió de 91 años el pasado mes de febrero: la mitad de los Beatles (John Lennon y George Harrison) lo precedieron en el “viaje definitivo”.

• Falleció en Italia Giovanni Guareschi, autor de “Don Camilo”.

• Jacqueline Kennedy contrajo matrimonio con Aristóteles Onassis.

• Un terremoto causó la muerte de 12.000 iraníes.

• Corea del Norte capturó al buque de guerra estadounidense ‘Pueblo’; solo liberó a sus tripulantes cuando reconoció Washington que había invadido aguas territoriales coreanas.

• Julio Cortázar publicó dos libros: 62, modelo para armar y Último round.

• Stanley Kubrick estrenó 2001: odisea del espacio.

• Richard M. Nixon fue elegido presidente de Estados Unidos.

• El ratón Mickey celebró sus primeros 40 años…

Uno, nueve, seis, ocho: 1968. Ocurrió hace 40 años. Fue inolvidable vivirlo. Es indispensable recordarlo.

(El Tiempo - Bogotá)

Periscopio: allende nuestras fronteras | 4 de Mayo 2008

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