• Entre los varios obstáculos que todavía debe sortear el precandidato demócrata a la presidencia de los EE.UU. está su relación con el mundo musulmán
Por Edward Luttwak, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS)
Washington - Barack Obama ha surgido como un clásico ejemplo de liderazgo carismático, una figura sobre la que otros proyectan sus propias esperanzas y deseos. Téngase en cuenta, no obstante, que la historia reciente es aleccionadora sobre los peligros de un liderazgo carismático no exento de inquina y susceptible de sobrepasar las apreciaciones sensatas. Por suerte, el senador Obama es una figura conciliatoria que no promete venganza, sino armonía social y progreso económico. Sus esperanzas y aspiraciones son bienintencionadas y no rencorosas.
Los blancos que desean sinceramente superar el racismo antinegro piensan en una presidencia de Obama como en el más poderoso instrumento capaz de alcanzar este objetivo. Y los negros aún bajo el peso del racismo abrigan esperanzas de que una presidencia de Obama podrá reducir la incidencia del problema.
Ciertamente estamos dentro del marco de lo plausible: el relieve de figuras competentes como por ejemplo Colin Powell y Condoleezza Rice, pese a sus políticas a veces polémicas, ha mermado el grado de los prejuicios, de modo que una presidencia eficaz de Obama debería ejercer un impacto beneficioso aún mayor.
Sin embargo, cabe anotar otra aspiración muy poco realista: que una presidencia de Obama vaya a suscitar reacciones favorables de parte del mundo musulmán, como algunos podían pensar a la vista del entusiasmo despertado en el país natal de su padre, Kenia, y hasta cierto punto en toda África.
Pero mezclar ambas realidades constituye un error de concepto. El senador Obama es a medias africano por nacimiento y los africanos pueden identificarse con él. En el islam, sin embargo, no existe “musulmán a medias”. Como hijo del padre musulmán que le dio los dos nombres musulmanes de Barack y de Husein, el senador Obama nació musulmán, bajo ley musulmana, según la cual la religión materna es irrelevante.
Por supuesto el senador Obama no es un musulmán, pues él decidió hacerse cristiano y, de hecho, ha expresado categóricamente y concluyentemente su proceso de elección, refiriéndose a la importancia que la fe cristiana reviste para él. Su conversión, sin embargo, es un crimen a ojos musulmanes: la ridda, traducida generalmente como apostasía pero con connotaciones de rechazo o recusación. En realidad, es el peor de los delitos o pecados que puede cometer un musulmán.
En un sentido más amplio, la conversión del senador Obama al cristianismo horrorizará sin duda a la mayoría de los musulmanes en cuanto les llegue noticia de ello, porque, desde luego, la tendrán. Entre el cúmulo de bienintencionados deseos y aspiraciones proyectados sobre la figura de Obama, la esperanza de que él pueda mejorar decisivamente las relaciones con los musulmanes del mundo es la menos realista.
(Clarín - Buenos Aires)
Periscopio: allende nuestras fronteras | 24 de Abril 2008


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