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¿Qué estará pasando?

José Calvo | 28 de Abril 2008

Tengo la esperanza de que la humanidad pueda superar la hipocresía de la democracia y la representatividad, como superó la calamidad de un césar omnipotente, un señor feudal que mancillaba continuamente la dignidad de la gleba, o un monarca puesto por Dios para hiciera con nosotros lo que la daba la regalada gana. Pero vivimos todavía bajo la voluntad de un grupito de poderosos que detentan el poder disfrazando el procedimiento de elección; y son ellos, o son ellos. Aquí en Costa Rica, después de todo lo que nos ha pasado con la corrupción impune de los gobernantes, la imposición de un caudillo ricachón, y la del diktat del TLC, no se habla para nada de la posibilidad de una cara nueva y mas representativa de la voluntad popular; se habla de los mismos de siempre; y por ellos iremos a votar. O no iremos, pero con el mismo resultado: otra vez ellos.

La única señal esperanzadora de que podamos superar la manía dogmática actual, es la debacle del paradigma del mercado que la metrópoli imperial nos impone con el colaboracionismo de nuestra casta gobernante. Están confundidos y perplejos ante lo que está pasando con el clima, con el petróleo, con los alimentos, y con la economía. Como dice Jim Hawkins en La Isla del Tesoro cuando le cortó las amarras a la Hispaniola para encallarla: “el barco iba cantando alto y claro, como decimos los marinos”. Pero los piratas que lo estaban cuidando no se daban cuenta, borrachos de ron como estaban, a pesar de que ya rozaba las rocas del fondo. La empresarialidad apenas si empieza ahora a recobrar la sobriedad, borrachos de triunfo como estaban.

Me imagino la cara de sorpresa del capitán del Titanic cuando le dijeron que el barco inhundible se iba a hundir. O la de Napoleón cuando se dio cuenta de lo que significaba el incendio de Moscú. Parecida a la que estarán poniendo ahora los capitanes de la industria cuando se dan cuenta de que el paradigma del mercado está haciendo agua por las varias junturas mal calafateadas que ya les habíamos señalado: el monopolio de su actividad comercial mas bien que la competencia; la falta de goteo de su creación de riqueza; el impacto ambiental y el agotamiento de los recursos no renovables; el cambio climático; el belicismo aventurero de la metrópoli; la ruina de la producción alimentaria del Tercer Mundo; y el manejo irresponsable de la economía que solo agrava la inevitabilidad los picos del ciclo económico.

Ampliando sobre esta flagrante contradicción del paradigma del mercado y su supuesta independencia del estado, leí con interés un artículo sobre la inflación de don Luis E. Loría que apareció en Tribuna Democrática. Lo que trata es sumamente importante, porque el dinero representa no solo nuestra hacienda, sino también nuestro tiempo, nuestra confianza en las transacciones, nuestra toma de decisiones, nuestro sentido de orientación para no pagar cien por lo que vale mil o mil por lo que vale cien. Y resulta que nos lo están falsificando los encargados de cuidarlo , y con nuestra expresa tolerancia. Mi padre vivía en su juventud con 9 colones por mes. Cuando yo era un muchacho la consulta del médico valía 2 colones y ahora vale 20,000. El salario mínimo valía entonces 2 colones y ahora vale 3000. Si usted quiere saber cuál es la falsificación real, guarde los cintillos del supermercado y no se confíe en el IPC del gobierno. ¿Cómo hemos permitido ese grado extremo de falsificación de nuestro dinero? ¿Cómo hemos elegido solo falsificadores de dinero por gobernantes? ¿Cómo hemos renunciado tan abyectamente a nuestra libertad? ¿Por qué no nos preocupa?

El problema no se resuelve con la libertad de escoger la moneda en que transamos, porque todos los gobiernos la falsifican: ese es un problema de la humanidad. Y de repente tampoco volviendo al oro, porque en alguien habrá que confiar para que lo guarde, y ese nos dará unos papeles. Especificar las deudas en moneda extranjera solo beneficia a los ricos. Los empresarios siempre pueden calcular el grado de falsificación para protegerse. Es el pueblo asalariado el que no se puede defender. Quienes estamos inermes ante el crimen somos los electores de los falsificadores. Pero aunque nosotros somos los culpables por confiar en ladrones. ¿A quién le toca buscar la solución? ¿O es que “no soy yo el guardián de mi hermano”?

Y nada sacamos con discutir si el camino es monetarista o supply sider, o si debe haber un banco central, o si el asunto es su independencia del ejecutivo, o si el responsable es el tamaño mismo del Estado, o si se trata de que esta sea la única manera de hacer obra pública porque no se pueden poner mas impuestos, o si se trata en realidad de gasto improductivo, o si las leyes del mercado pueden manejar satisfactoriamente el abasto de todos los bienes y los servicios. Se trata de frenar el abuso. De reconocer que hubo épocas en que el dinero se administraba con mayor honradez, a pesar de que no tenían, como dice Di Mare, “doctores, pontífices, sabios ni bachilleres”. Se trata de encontrar la manera to keep ‘em honest. Se trata de no mantener la deshonestidad institucionalizada. Y se trata especialmente de reconocer que aquí está la mayor contradicción del paradigma de la libertad de mercado, que se está rompiendo por todas las costuras precisamente por sus muchas contradicciones.

Pero la catástrofe ambiental con y sin responsabilidad humana y la crisis alimentaria global, son los peligros mas graves que se han ignorado. Y las otras características contradictorias del paradigma, como el agravamiento de los picos pegajosos del ciclo económico, o el monopolio creciente, o la incapacidad de distribuir la riqueza producida, se quedan atrás. La crisis alimentaria despertó al fin a todo el mundo, y hemos visto ahora muchos artículos lamentando la torpeza de la política de importar los excedentes alimentarios subsidiados de los países ricos, abandonando nuestra propia producción por “ventaja comparativa”. Lástima grande que en los 25 años anteriores hubiéramos estado solos advirtiendo el peligro, porque tal vez la existencia de un gallo nos hubiera ayudado algo a prevenirlo. Tal vez no hubiera desaparecido toda nuestra producción de maíz, sorgo, soya y algodón; y no hubiéramos acabado con mas de la mitad de la producción de arroz y frijoles. Ahora hasta don Oscar Arias reconoció al fin el efecto que sobre esa crisis tienen las enormes importaciones alimentarias de la China, y lo lamenta, según el periódico: como si eso no estuviera bien enmarcado en su terco concepto del libre mercado. Solo falta que lo reconozca también el campeón nacional de esa torpe política, el economista laureado de Costa Rica; su socio y mentor, ¿ah ah?

José Calvo | 28 de Abril 2008

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