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La república del silencio

Alfonso Chase | 28 de Abril 2008

Cualquier indicio de propuestas, diálogos o polémica sobre cultura, arte, literatura o los reales problemas de la creación, están en nuestro país condenados a no emerger, por el hecho de que existimos en la república del silencio, esa que no nos permite tener una buena revista de literatura, un espacio dentro del cual se pueda hablar sobre el valor y la misión de los intelectuales, en una época gris, de folletón ha sido llamada, en donde los programas de opinión, si les puede llamar así, están copados por un público participante que casi siempre es el mismo, con sus largas peroratas, la mayoría de las veces plenas de descargas verbales que les permiten ejercer, no la opinión sensata, sino el berrinche o la politiquería, centrada en ataques personales y no en la realidad nacional, la explícita y aquella que aún permanece oculta.

Ya hemos dicho la manera cómo se ha ignorado deliberadamente la celebración de los hechos de la Campaña Nacional de 1856, los centenarios de ilustres costarricenses, la fundación de la II República o la historia de la corrupción en el país, como un proceso natural de autodestrucción en casi todos los niveles.

¿Cómo se refleja todo eso en la literatura o en el arte? Pareciera más bien que existe el sentido de la parodia, el pastiche o el simple hecho de ignorar todo lo trascendente, y que sigamos mirando nuestro ombligo como centro del universo y al desarrollo de la cultura como una carrera de galgos, los hay todavía, mientras los mecanismos se activan para ofrecer al público, la cultura del espectáculo, mostrada y ejecutada como norma para divertir, enajenar o aplaudir a cualquier cómico de feria que se presente como eximio artista, o mirar a las nuevas, o nuevos, seres araña escalando paredes como si fuera arte o los tarros sonando a la perfección para entusiasmar a los aplaudientes, que ya no son público expectante sino participantes de algo que se puede percibir como asistentes a un gran turno, verbena, mascarada, representación algo graciosa.

¿Qué leen lo que no leen? Lo insustancial trascendente, en donde los sucesos reales toman la figura de la literatura de ficción y en donde lo filmado supera todo el sentido de las palabras, en una especie de ordalía de imágenes, hábilmente compuestas para sustituir todo aquello que los produce, como un acto gratuito de la naturaleza humana, en donde no existe explicación a la violencia, la rapiña, la corrupción o el crimen convertido en el arte de matar.

A nuestra promoción de los años sesenta le tocó rescatar, definir, imponer o discutir nuevas ideas, por haber aceptado no ser una generación de relevo, sino una continuidad de un proyecto cultural que tuvo sus orígenes en el principio de siglo, y así como aceptamos el canon, casi impuesto, de las figuras de Manuel González Zeledón o Aquileo J. Echeverría, descubrir a “otros autores” como García Monge, Lisímaco Chavarría, Brenes Mesén, Carmen Lyra, Rafael Cardona, Rafael Estrada, Vicente Sáenz o Moisés Vincenzi, que estuvieron prácticamente cubiertos, esperando a que se aclararan los nublados del día, para acercar sus obras a públicos más amplios, dentro de las labores de la editorial del Estado, que a partir de 1965 fue tomando nuevo impulso hacia los viejos y nuevos autores, estableciendo un canon basado en la calidad literaria y el derecho de los autores a editar sus libros. Cualquiera que revise, para estudio, los diarios, revistas y publicaciones periódicas de los años sesenta, podrá darse cuenta de las diferentes polémicas, abiertas o soterradas, por salirnos del canon del costumbrismo seudo realista y aportar nuevas ideas, representadas en las formas y contenidos de las obras que se escribían, luchando también para que la generación llamada, eufemísticamente, perdida, de entre los años 1950-1960, pudiera establecer vínculos con nosotros y proseguir sus labores, ancladas en una zona nebulosa en donde escribir y publicar era tan difícil como hacer la crítica de los libros y más todavía la crítica de la crítica.

Los que perdieron la Revolución de 1948, los caldero-comunistas, como se les llamaba, tenían que editar sus libros casi a escondidas, o guardarlos en gavetas, más otros que los dejaron perdidos en los decomisos, así como muchos de aquellos perdieron sus trabajos, o tuvieron que asumir labores modestas e incómodas para sobrevivir, solo por el hecho de tener otras ideas, u otras maneras de percibir e interpretar el mundo. Por ejemplo: Eunice Odio nunca pudo editar una segunda edición de El tránsito de fuego o no se pudo editar La ruta de su evasión, pues extraños intereses se resistían a entenderlas como grandes creadoras y que con ciertas reservas, se empezó a editar a Max Jiménez, por los extraños contenidos, eso decían, de sus obras. Mi promoción nunca tuvo problemas de reconocer en ellos, lo que siempre fueron y romper los eslabones de la república del silencio para reconocer, por ejemplo, como obra maestra Vida y dolores de Juan Varela, de Adolfo Herrera García, prácticamente olvidada en la literatura nacional, imagen y acción de cómo se podía superar el realismo decorativo, o disfrutar del genio de José Marín Cañas, reaccionario hasta la médula, pero un gran escritor marginado, lo es aún, dentro de la llamada generación de los años cuarenta y más antes aún.

Un equipo de jóvenes estudiantes de literatura, de una universidad norteamericana, como su programa de vacaciones, está tratando de darle forma a todo este sentido de romper el silencio republicano de las letras, para dar una idea de cómo se da el desarrollo de las ideas, incluidos todos los géneros literarios, entre 1948 y 2008, periódicamente no estudiando exhaustivamente en la literatura, incluidos los científicos sociales y los ensayistas, como creadores de opinión pública y escritores por sí mismos.

No es extraño que jóvenes extranjeros puedan ver con más claridad un fenómeno en donde las estructuras literarias dan forma a la consciencia nacional, en su totalidad, y su proyección hacia el futuro. Oyéndolos uno puede entender, como ellos lo hacen, lo clasifican o los estudian y sacan conclusiones que dejan bien parado el quehacer literario en Costa Rica, en todos los géneros, y mediante comparaciones con el proyecto general para la América Central, incluidas Panamá y Belice, y que verá la luz editorial en 2012 en los Estados Unidos. El acopio de materiales es asombroso, sobre todo lo que se puede encontrar en la Biblioteca Julio Cortázar, de Guadalajara, la José Vasconcelos, en México D.F., la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, de la Universidad de Kansas y la del recinto de la Universidad de Texas, en Austin, superando en libros, algunos agotados o inexistentes ahora en el país, para darle forma a un proyecto regional de gran envergadura.

Quizá para entonces se pueda hacer un diálogo abierto sobre algunos de los temas más marginales de la literatura nacional. Y abrir, al fin, las puertas de la república del silencio, para que pueda ventearse la palabra de los creadores costarricenses.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 28 de Abril 2008

1 Comentarios

* #5209 el 29 de Abril 2008 a las 05:24 PM CRL dijo:

Tranquilicese, vaya y dese una vuelta por una “sauna” de esas que le gustan a ud.

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