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La república de las letras

Alfonso Chase | 21 de Abril 2008

El más reciente conato de diálogo crítico sobre algunos asuntos que determinan lo que, primero, Juan Marinello llamó la república de las letras y más recientemente lo hizo, desde otra perspectiva, Nélida Piñón, sobre la idea de un espacio concreto de acción de los creadores, en los últimos cincuenta años, en Nuestra América, se disolvió en el enfado por no aparecer en antologías o diccionarios y no en el sentido de la función orgánica de los intelectuales creadores, en su trabajo literario, su proyección en la sociedad y en la creación de opinión a partir de sus propias ideas, que pueden ser profundamente originales, sincréticas, críticas o complacientes con el sistema social en que viven, o profundamente discrepantes con el mismo, no en tanto se les invisibilise o se les convierte en voceros de la expresión política que domina todos los sectores de los Aparatos Ideológicos del Estado, que crean y definen los gustos culturales. Este año va siendo pródigo en la posibilidad de discutir, dialogar o intercambiar ideas, al menos en el exterior, sobre la importancia de las grandes corrientes del pensamiento que dieron origen a los grandes movimientos sociales, la participación de los intelectuales y la reflexión de su propia obra en el medio en que vivimos.

Los espacios de opinión, concretos, parecieran no existir al menos en publicaciones recientes, por el sentido real de que vivimos en la sociedad del espectáculo, que tan bien definiera en los años cincuenta el Movimiento Situacionista, o la Internacional Letrista, que proyectó mundialmente una serie de ideas que, en prospectiva, se cumplen de manera muy clara en los inicios del siglo. Algunas de las otras propuestas parecen ingenuas porque provienen de la antigua lucha política entre la izquierda y la derecha, o a la opción intelectual de combinar la escritura con el pensamiento político, en aquella idea de Gramcsi sobre el intelectual orgánico y su importancia en la creación real de alta cultura, en todos los dominios de la misma.

Podría ser que cualquier discusión, sobre el tema, se convierta en un diálogo de sordos, en donde se discutan los mismos asuntos de hace cincuenta años o que, el revisionismo presentista, ignore el desarrollo histórico de la literatura, el papel del canon establecido y la idea de cómo se define este, como proyección de los gustos personales, ideológicos o, simplemente, de política partidista.

En nuestro país el diálogo no se dio, ni puede darse, en la medida en que todo queda circunscrito al manejo del igualitarismo hacia abajo, presente en todas las épocas, y que hizo que muchos autores que fueron novedosos, y hasta importantes en su momento, no existan hoy como propuesta de lectura o que el presentismo histórico nos permite revalorar a autores escondidos, ignorados o borrados del canon oficial, para ser descubiertos ahora por medio de su obra, y no solo por los despojos de su leyenda, su vida erigida como centro, y no los múltiples desvelos por concretar una obra de responsabilidad literaria, a contrapunto de lo establecido o leído en su momento.

Diccionarios o antologías tienen un fondo específico de recuperación, legitimacion o encubrimiento, de acuerdo a lo que se hace por darle forma a un espacio que agrupe a los autores de diferentes edades, tendencias literarias o real importancia en el desarrollo de la cultural. Los mecanismos de todo eso es lo que nos interesa. En un reciente coloquio un autor contaba que al presentar una antología a un Consejo Editorial, la primera vez, pudo descubrir a dos autores entre sus miembros, cuya ficha bibliográfica, y materiales representativos, eran demasiado cortos y no soltó la obra de sus manos, previendo una reacción de los miniantologados. En una visita para enmendar el yerro, si así puede llamarse, se encontró que los dos autores ampliados ya no estaban en el consejo, pero sí habían dos nuevos creadores que ni siquiera aparecían antologados y cuyas fichas eran inexistentes. Tuvo que repetir lo ya experimentado en las páginas de la antología, para incluirlos luego, aunque los dos fueran poetastros, cuya única perspectiva podría ser su furor por practicar arribismo literario y no el valor real de su obra. Al fin presentó el trabajo con las variantes incluidas, para tener un espacio y posibilidad de publicar el mamotreto. Asuntos como estos suceden en todos los países y en todos los medios culturales del mundo. Pero también nos presentan la susceptibilidad de los artistas, o la mendacidad del medio, que impide cualquier rigurosa selección en este tipo de trabajos, lo que repercute en las heridas “intelectuales”, que nos provocamos mutuamente los creadores, en este juego de la representatividad.

Recientemente, en un seminario convocado por el Colegio de México, sobre la cultura en China, de 1918 a 2008, pudimos comprobar que todos los asuntos que se pueden estudiar en la investigación sobre los períodos de agitación literaria, en ese país, existen en relación con los otros grupos culturales del mundo, a partir de la célebre manifestación del 4 de mayo de 1919, en la plaza conocida como Tieman men (Puerta de la Paz Celestial), que se repitió luego, y con nefastas consecuencias, y en donde los estudiantes, intelectuales y artistas desfilaban en contra de la venta del país a las potencias extranjeras, principalmente Japón, la libertad de opinión y de prensa, la libre circulación de ideas y todas esas cosas que siguen vivas en todas las convocatorias del mundo.

En Costa Rica, y en todos los otros países del universo, los creadores tienen ideas, concretas o en espiral de disolución, y siempre ha existido la presencia de los intelectuales en las luchas cívicas o políticas de su tiempo. Desde el Centro Germinal a la fecha, por no citar a los liberales del Olimpo, se ha discutido en la prensa, en la calle y en los centros educativos, los asuntos nacionales o internacionales, presentes en la obra de los artistas o al margen de su misma creación, pero como parte de su función mental orgánica. Los caudillos culturales de nuestra historia han sido figuras que combinan las ideas políticas de avanzada con la creación propia, sin por eso pensar que escriban libelos o pastiches de propaganda ideológica.

Brenes Mesén es un creador integral de la modernidad, aunque muchas idas de expreso parezcan reaccionarias. García Monge o don José María Zeledón, expresaron siempre sus ideas y muchas veces actuaron en función de descubrir la obra de arte con profundas vinculaciones sociales. Todo esto tiene que ver cuando se estudian, analizan e incluyen autores en antologías o diccionarios en donde debe prevalecer la calidad literaria por encima de las ideologías, los compromisos políticos o las veleidades inoportunas de muchos artistas. De Carlos Luis Sáenz sobrevive “Mulita Mayor” y no sus espantosos poemas estalinistas, escritos por mandato partidario. De Eunice Odio, convertida en anticomunista casi histérica, toda su obra.

De allí que en antologías y diccionarios siempre debe resaltarse la calidad literaria de los incluidos y de aquellos que no aparecen, pues todo el mundo, menos ellos, tienen un distanciamiento acertado con lo que producen. Esto seria lo ideal, pero en la República de las Letras, al igual que en todo, estas cosas resultan ya parte del relativismo actual.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 21 de Abril 2008

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