Los bosquimanos saben cuánto más durará la persecución de la presa flechada por el olor de sus excrementos, que va cambiando conforme actúa el veneno de la flecha. Así también se puede calcular cuándo van a caer las sociedades; o por lo menos sus paradigmas. Hace tiempo que yo veo señales de derrumbe en todo el paradigma del mercado, y estas se hacen más evidentes conforme la bestia toma más velocidad, pues es imposible creer que la pueden mantener por mucho tiempo. Acabo de pasar 10 días en el imperio después de 15 años de ausencia, y se nota el cambio acelerado, ya sea por la invasora urbanización rampante; por la rudeza creciente de las maneras; por la terrible histeria sobre seguridad que le da tanto poder al presidente; por el fracaso catastrófico de la información automatizada cuando hay alguna emergencia, como la de los vuelos de American Airlines; por la imposibilidad de que la gente pague las hipotecas usureras, y el deterioro de la clase media (80 % de la cual ve su situación como precaria y teme el desempleo de la offshorización); por el auxilio multimillonario a los bancos responsables del fracaso, pero no a los hogares; por el predecible informe de Petreaus y el embajador en Irak sobre su situación y la incapacidad de enfrentar el fracaso (todo sigue igual y no se vislumbra cuándo pueden hacer que “se establezca la democracia”); por las recriminaciones a Greenspan y a Barnanke por el estado de la economía; por la mención siempre indirecta del déficit fiscal y el gasto militar; por la imposibilidad de un cambio real y eficaz y la promesa de sólo “uno en que se puede creer” (realmente ninguno); por la actitud arrogante y desafiante de un presidente que nombró la Corte Suprema, se hizo dictador con la Ley Patriota, y practica el terrorismo que combate; y por algo muy grave: el precio exorbitante de los alimentos, de los que nosotros íbamos a depender por lo que La Nación llamaba “oportunidad social”. Las heces de la bestia huelen muy mal.
Antes de mi viaje al imperio leí Impunidad de la exjueza francesa Eva Joly, quien está convencida de que “hay algo en la corrupción que va unido a la globalización”, luego Doña Marlyn Bendaña y don Carlos Roberto Loría tuvieron la amabilidad de traerme El ataque a la razón de Al Gore, donde critica el estilo de poder de Bush. Y después de mi viaje me llamó don Carlos Revilla, que no es un social demócrata “moderno” sino uno de verdad, para reivindicarme las profecías sobre seguridad alimentaria y TLC que hice en La Lista del PLN. Aunque le comenté que ese reconocimiento no lo haría jamás don Denis Meléndez ni don Emilio Bruce, o don Marco Vinicio, para hablar también de la mantequilla.
Compré la Time que habla del mito de la energía limpia, después de viajar toda la noche en un bus que mostraba bien las diferencias de clase, y comerme en el único lugar abierto a esa hora del aeropuerto de Miami una Burger King infame que todavía tengo atravesada (tuve que esperar allí las 20 horas que faltaban para mi avión), y después de dormir dos horas en el suelo que por suerte alfombra el lujo imperial para beneficio indirecto de los que no podemos pagar 200 dólares por un cuarto de hotel (¡Si hubiera ido al cuarto adjunto hasta les podría haber “punteado” mi viaje de homecoming a la Universidad de Florida, que también resultó una desilusión; ni siquiera encontré el colegio de agricultura; aunque tal vez lo restituya el etanol). La revista atribuye al mito de la energía limpia del bio combustible el aumento del precio de los alimentos, y la deforestación del Amazonas para sembrarle soya, y ni siquiera mencionan la importación de excedentes subsidiados americanos que forma parte del los TLC, o el hecho de que los aumentos en los alimentos ocurrieran desde muy antes de que se declarara la histeria del combustible, o de que “sólo el 2% de las gasolineras americanas vendan etanol”.
Dicen en cambio que es la producción de etanol lo que más amenaza al Amazonas; que los Estados Unidos se convertirán pronto en un importador de maíz; que la locura del etanol ha desencadenado fuerzas políticas, económicas, y sociales imparables; que hasta McCain que estaba en contra del etanol lo declara ahora “una alternativa vital” después que salió rascando. Y por si acaso, dicen también que se necesitará menos tierra conforme las fincas aumenten su productividad como ha ocurrido a través de la historia; y que usarán entonces menos energía, menos fertilizantes y menos plaguicidas. (Como si no lo fueran a producir los mismos eficientísimos agricultores que ahora producen los alimentos, pues lo que es el Tercer Mundo que ya no puede importar, apenas si tiene suelos para estos!) O como si los agroquímicos no fueran también recursos no renovables. También reconocen que NO ONE HAS CHECKED. ¡Indeed!
El ataque a la razón de que habla Gore no es un mal exclusivo de la camarilla de Bush; es global. En el caso de la agricultura, la tremenda ignorancia es indicadora de menosprecio por una actividad fundamental, como cuando Lula, que ataca a los biocombustibleros por sus “ideas preconcebidas” dice que “hasta un analfabeto puede sembrar un grano o una caña de azúcar para hacer etanol.” Pero para no reconocer el efecto de reducir la producción de alimentos en el Tercer Mundo para importar los excedentes americanos, Zoellick en el Banco Mundial responsable, lo atribuye al biocombustible. El crujir de dientes será la inevitable retribución.
Lo que Gore trata en su libro son las señales de mala salud de la bestia, envenenada por sus propios efluvios, y la más preocupante es esa indiferencia del pueblo americano a todas las chanchadas que hace su presidente, lo que afecta hasta al congreso; pues resulta que los diputados sólo tienen tiempo para andar consiguiendo la plata que necesitan a raudales para pagar la televisión que los reelige, y esa plata la dan las grandes empresas. La televisión tiene tan adormecido al pueblo americano como al nuestro, y está en las manos del gran capital, como las técnicas lavadoras de cerebro: Madison Avenue, las categorías sicográficas, la propagación de la fe, la creación de la demanda.
Hay una cita de Hamilton en el libro de Gore que lo resume todo: “Cuando la riqueza aumenta y se encuentra en pocas manos, cuando el lujo se incorpora a la sociedad, la virtud será considerada un simple apéndice de la riqueza, y la tendencia será alejarse de los valores republicanos”: la jeunesse doré que dio al traste con la Revolución Francesa. Eso es lo que ha pasado allí. Lo que hace que brille el consumo conspicuo lujoso mientras peligra “la salud de decenas de millones de familias que ahora no tienen la más mínima cobertura médica”; o que pierdan su casa porque no pueden pagar su hipoteca usurera mientras el gobierno de los ricos auxilia al banco que hace la usura. Lo que permite que Bush le de a la Halliburton de su compinche Cheney un contrato de 10 mil millones de dólares en Irak. O que no haya oposición a su temeraria política exterior porque las grandes empresas que lucran controlan el congreso.
Es por eso que Eva Joly llama al fenómeno impunidad en vez de corrupción. Es la falta de participación pública lo que le da poder al corruptor, quien sabe bien que no habrá reacción popular, lo mismo se trate de la guerra en Irak que la reelección y el referéndum en Costa Rica. Y esa conducta es claramente delincuente, por lo que no se deben separar la corrupción y la delincuencia. Se lo dijo a la jueza Joly el presidente de Cementos Franceses: “Solamente un juez sería capaz de ignorar que el capitalismo se ha constituido a golpe de delitos de apropiación de informaciones reservadas. Todas las grandes empresas tienen su caja negra”. Yo sólo diría que lo ignoran algunos jueces, y que los que lo ignoran corren mucho peligro y no duran mucho, porque la mayoría se pliega demasiado bien a los deseos del corruptor, como vemos por estos lares. “Los funcionarios que investigan se colocan en contradicción de las autoridades de las que dependen”. Y como dice la cita de Vaclav Havel: “el capitalismo mafioso extiende sus ramificaciones a todos los niveles del estado, y quizá ya no estamos a tiempo de pararlo”.
Si lo estamos. No todo el mundo es domesticable. No hay mal que dure 100 años, y se ven algunas señales esperanzadoras: la campaña de Obama no depende de las donaciones de las grandes empresas sino de pequeñas contribuciones de millones de ciudadanos, y hay ya una televisión interactiva que aunque no pase de ser un juego individual entre cada televidente y su aparato, por lo menos los obliga a pensar; además de la fe que Gore tiene en las posibilidades liberadoras de la red. Hay esperanza, porque la persona siempre estará por encima del dinero y la hipertrofia es pasajera porque da al traste con el que la padece. En el reino de Mamón un señor de raza negra me pagó los dos dólares del bus cuando el conductor me iba a dejar a la intemperie en la calle por no tener el cambio correcto, y la señora Mary Bruce, empleada de American Airlines, me atendió con eficiencia y una conmovedora humanidad el día que perdí mi conexión en Dallas. Estos sí son “puntos de luz”.
José Calvo | 14 de Abril 2008


0 Comentarios