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Historia y ciudadanía

Pablo Barahona Krüger | 17 de Abril 2008

El historiador profesional Juan Rafael Quesada Camacho ha publicado recientemente con el sello de la Editorial UCR su último libro: Educación y ciudadanía en Costa Rica de 1810 a 1821.

Con este trabajo, el profesor de profesores se propuso desempolvar algunos ramales del nacimiento republicano independiente que se mantenían olvidados. Identifica con su obra los cambios fundamentales que marcaron la época. De colonia a nación, de la oscuridad del mayor abandono cultural a la luminosa era de la Ilustración y, lo más importante, de súbdito o vasallo a ciudadano.

Este libro que me permito comentar como mínimo agradecimiento a quien regala/publica su obra a los profesores e investigadores que nos dedicamos a las ciencias sociales, a los estudiantes que nos siguen atentos y a cuanto curioso se incline por descubrir las raíces nacionales, más me parece un serio atrevimiento que una simple licencia intelectual.

Y es que rescatar materia tan importante no sirve solo a la historia, sino a la ciencia política, a la filosofía, al derecho y a la educación. Su aporte, entonces, no es pequeño. Me place resaltar, en prueba de ello, que la Cátedra de Teoría el Estado de la Facultad de Derecho de la UCR ha decidido en pleno, incorporar a su lista de libros de texto, la obra que comento.

En sus páginas, que vienen a ser las justas en proporción a las aristas desprendidas del tema, se esclarece con buena pedagogía la relación directa entre la educación de un pueblo y el ejercicio efectivo o provechoso de su ciudadanía. En palabras resumidas, el problema con la independencia no se redujo entonces, ni tampoco ahora, a un mero cambio de nomenclatura, el problema era y sigue siendo más bien práctico. Pensarse o saberse ciudadano es el primer paso y, ahí, las nuevas ideas calaron profundo aunque no muy en extenso. No todos tenían acceso a los nuevos aires trasatlánticos y eso lo reseña también con fuerza el autor.

Hablar de educación es hablar de ciudadanía con responsabilidades y no solo con derechos. Pero es un juego de doble vía, porque, a la vez, hablar de ciudadanía es hablar de educación. La ciudadanía es más un estado de conciencia y una forma de desenvolverse en lo social y no solo una condición político-jurídica que reconoce derechos a ciertos habitantes de un determinado territorio.

Es así como este profesor de la Universidad de Costa Rica y miembro del Observatorio de la Libertad de Expresión aborda también otro tema bastante maltratado hasta ahora: la libertad de imprenta como predecesora de la libertad de expresión sin previa censura e incluso de la libertad de información como referente más amplio y paradigma que se defiende contemporáneamente con mejores razones que aquella, al fincarse su vigencia y validez en el ciudadano común y no solo en aquellos que ostentan cierto grado profesional o empresarial (vbgr. periodistas).

Solo mediante la defensa de la disonancia de voces se arriba a “una verdadera opinión pública” señala el autor en su recorrido histórico para terminar de abonar a la pregunta martiana fundamental: ¿Podrá existir verdadera Costa Rica mientras no exista verdadero pensamiento costarricense?

El malinchismo intelectual presente en medios tan pequeños y, por ende, endogámicos como el académico costarricense, así como el típico desdén por la episteme de una clase política ignorante como no se había visto nunca antes en la historia patria, reiteran que ha sido el nuestro, un país dependiente. Primero lo fue de la corona española, después lo fue de las ideas francesas de libertad, igualdad, solidaridad y por qué no decirlo, de soberanía, así como hoy del mandato liberalizador estadounidense consistente en facilitar el tránsito de mercancías, así como de personas con dinero (que viajen con su dinero y por tanto se llamen inversores) y restringir el tránsito de todo lo demás.

Nos quedan varias preguntas: ¿Cuándo tendrá lugar la segunda independencia costarricense, la de las ideas? ¿Podrá Costa Rica pensar por sí misma mientras sus intelectuales sean vistos con sospecha y temor desde el poder y las universidades importantes tachadas como simples antros de juveniles marchantes y rojillos trasnochados de poco o mal oficio? ¿Será posible vivir una nación sin repensarla sobre la marcha? ¿Habremos dado ese salto de colonia a nación, de dependencia y sometimiento a independencia y soberanía, si no contamos a casi doscientos años de la fecha clisé con instituciones republicanas realmente fuertes -léase: legitimadas- ni funcionarios públicos entregados al cumplimiento sin excepción de la legalidad? ¿Vivimos hoy en la modernidad política?

Pablo Barahona Krüger | 17 de Abril 2008

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