Tal vez por mi remoto pasado científico padezco la compulsión de hacer hipótesis, y tengo ahora una sobre el paradigma del mercado y su promesa de desarrollo y riqueza para todos: proviene del miedo de los países ricos a la invasión de la pobretería del Tercer Mundo. El “razonamiento” es que si todos nos hacemos ricos, ya no vamos a querer invadirles su territorio, sea por el método benigno de la espalda mojada, contra el cual hacen barreras inútiles o nos tratan con grosería migratoria como nuestros hermanos españoles ahora que se enriquecieron, o por el violento de la horda invasora, como le pasó a Roma y a China a pesar de sus murallas. Es ese paradigma entonces sincero; aunque sea deshonesto; digamos que intelectualmente deshonesto. Como dice el apóstol, instrumento del culto que fundó un sinvergüenza creyente, en una novelita de Doc Savage que estoy releyendo a los años por nostalgia, cuando le objetan que describiera al fundador como sincero, siendo un criminal : “he dicho que es sincero, no que es honrado”.
Los neoliberales de los países ricos son igualmente sinceros cuando creen en los resultados enriquecedores que va a tener su paradigma para poder conservar lo que tienen sin compartirlo. Tal vez son sinceros hasta los liberales nuestros —cuando se creen el cuento de la metrópoli sin advertir tampoco que proviene de que esta se siente amenazada— porque aparentemente los beneficia, aunque perjudique a la mayoría .
Yo antes también objetaba la noción socialista de repartir la riqueza existente, porque creía en la posibilidad de producirla para todos. Digamos que era yo un admirador de las habilidades MacGiverianas del capitán Smith de la Isla Misteriosa. Pero tengo tres atenuantes: En primer lugar no había entonces una conciencia ambiental que ahora debería ponerle límites a nuestra ambición; aunque yo siempre la tuve sobre la densidad de población. En segundo lugar, no teníamos entonces la desmedida sed de consumo que tenemos ahora; éramos más razonables, mas moderados. Y en tercer lugar, creía yo en la capacidad humana para compartir, en que no creo ahora.
Primero, el límite ambiental (incluyendo la densidad de población) determina que no podamos crear la riqueza nueva necesaria para que los otros 5000 millones de personas del Tercer Mundo alcancen el estándar de vida que alcanzaron los 1000 millones del Primer Mundo. Segundo, como la demanda se crea y no tiene límites (digamos la angurria), no es posible detener esta obsesión consumista inexorable del paradigma del mercado. Y tercero, los humanos no vamos a compartir nunca nada voluntariamente; la distribución tiene que ser arbitrada. Aquí está resumida la naturaleza no viable del paradigma del mercado. Y quizá está también aquí implícita mi hipótesis sobre su origen como manera de evitar la distribución forzosa.
La adquisividad y la codicia son seguro la característica más notable de lo que llaman el mercado. Como decía un notable historiador americano en l970: “el liberalismo le quitó el poder al trono y al altar y se lo dio a la escuela y al mercado, que ahora son la misma cosa”. Y “la tecnología es total porque ve todo lo demás como reaccionario, irracional y primitivo”. Las diferencias de signo son irrelevantes porque la sociedad está conducida por el afán de riqueza, y eso es lo que hizo posible que Teng, el pupilo de Mao, se pusiera un sombrero tejano y declarara que “es hermoso ser rico” cuando todavía no se había enfriado el cuerpo de su maestro. Pero así como los discípulos de Adam Smith dieron al traste con la mano invisible que decían obedecer, y la cambiaron por el monopolio en simbiosis con el estado, el triunfo de la empresarialidad “libre” se desbocó cuando se acabó el contrapeso de la guerra fría y sacaron esas enormes uñas que no los dejan caminar. China se convirtió en un fenómeno inédito, que le cambia otra vez el carácter al capitalismo, eliminando con franqueza las pretensiones de no interferencia estatal, que los empresarios occidentales no solo piden ahora abiertamente en la crisis, sino que ya aprovechaban notoriamente en los tiempos de bonanza.
Pero la contradicción más grande del sistema capitalista no está en su tendencia al monopolio, ni en su aprovechamiento del poder del estado que sin embargo no quieren para los pobres, ni en su desdén por el límite ambiental y lo remoto de las probabilidades de desarrollo para todos. Está en cambio en su pretensión de dotar a todos de riqueza mediante el mercado para no tener que compartir la suya con los demás ; o su territorio: Aceptan de mala gana focalizar al que no calce en el esquema. Y la contradicción es mas grave porque su política no solo no puede lograr ese objetivo de seguridad, sino que agrava la inseguridad para todos.
Ahora se le han juntado tres crisis: la del calentamiento global, la del agotamiento de recursos no renovables, y la de los alimentos. Veamos esa pretensión absurda de que la ventaja comparativa dictaría abastecerse de los alimentos en el mercado internacional. Esta pretensión era solo para los países subdesarrollados, y es doblemente contradictoria porque los países ricos no van a renunciar a los subsidios agrícolas. Esta pretensión no toma en cuenta que, a diferencia de los bienes industriales y los servicios, no hay ninguna posibilidad de control de oferta en los alimentos, y eso provoca la inestabilidad de sus precios. Esta pretensión no tomó nunca en cuenta que ese tipo de “mercado” impuesto por el Consenso de Washington, haría que mas y mas países pobres dependieran de las importaciones de excedentes subsidiados de los ricos, hasta que desapareciera su oferta; como empezó a desaparecer hace por lo menos 6 años, lo que se puede constatar viendo las facturas; muy antes de la actual histeria petrolera, y sin efecto medible del cambio de clima en la producción de estos alimentos: el efecto del precio del petróleo vino mucho después.
Pero aunque fuera falso mi argumento de que el mercado no le sirve a los productos agrícolas por la naturaleza de su oferta (y para constatar su veracidad basta con revisar los ciclos del precio del café, el azúcar, el banano, la carne de vaca, el mango, o la piña) todavía es una gran irresponsabilidad fomentar el abandono de la producción alimentaria de Tercer Mundo para depender de una supuesta ventaja comparativa, pues también era evidentísimo el peligro climático y el del agotamiento de los recursos no renovables: ese error no tiene perdón.
Pero vea usted el análisis atolondrado que los neoliberales hacen ahora del fenómeno de la escasez de granos, para no reconocer que estaban equivocados: Don Oscar Arias, después del patinazo neoliberal del referéndum, hace la declaración legítimamente populista compensatoria de que “los ricos prefieren echar el grano en el tanque de sus vehículos”, como si la cantidad exigua que echan pudiera explicar una escasez que cuadruplica el precio de los alimentos, y como si él no tuviera carro. Seguro que tiene una flotilla, y tragones. Su amigo Zoellick dice lo mismo para no reconocer que su peculiar concepto del mercado alimentario está equivocado. Y Lula, que defiende el biocombustible cuya producción es muy improbable, se acerca mucho mas al diagnóstico correcto cuando culpa a los países ricos de “provocar con su comercio agrícola distorsiones que crean dependencia”.
Aquí solo don Henry Mora de la Universidad Nacional, sin descartar los efectos menores del clima y el encarecimiento del petróleo, cuya predicción también requería únicamente sumas y restas, acierta a señalar el efecto que la importación de alimentos en China e India (la tercera parte de la humanidad) tiene que haber tenido en el agotamiento de los excedentes alimentarios de los países ricos, y el aumento de los precios que los coloca ya fuera del alcance de la mayoría de la población, amenazada ahora por el hambre: una forma extravagante de resolver el problema de la obesidad de nuestra población, causado por las pastas excedentarias baratas.
La mayoría de la gente todavía no se da cuenta de la gravedad de lo que ha pasado. Pero es un tortón contra el cual no nos valió ninguna advertencia, y del cual se deberían responsabilizar aquí el economista laureado con sus “ventajas comparativas”, y sus discípulos neoliberales (¿”ah ah”?). Se trata de una metida de patas de dimensión global. Un tortón insoluble porque no se puede rehacer a tiempo la capacidad productiva alimentaria arruinada del Tercer Mundo. Un tortón contra el cual de nada servirán los muros fronterizos; que no sirvieron ni cuando no estaban contrarrestados por políticas asnales. Se comparte lo que se ha hecho, no lo que se va a hacer.
José Calvo | 21 de Abril 2008


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