La edición y circulación de la antología La herida en el sol: Poesía Contemporánea Centroamericana (1957-2007), editada por la UNAM en una bella edición, al cuidado de Marco Antonio Campos y estando la selección, prólogo y notas a cargo del poeta y estudioso Edwin Yllescas Salinas, ha provocado un conato de polémica que se ha esfumado como lo que es: un roce natural entre quienes no aparecen allí y el debido silencio de quienes fueron escogidos, de acuerdo a los criterios del compilador, que fue el responsable de hacerla, con la ayuda de diversas personas, que han suministrado materiales, libros, selecciones previas o simplemente algunos detalles sobre las notas biográficas de los autores.
Desde la primera antología que me permití hacer, y editada por la SEP en México, en 1967, sobre poesía costarricense, y con un volumen editorial de 10 mil ejemplares, en su primera edición, 5 mil en la segunda, para circulación popular y pública en puestos de venta de libros y bibliotecas, en su programa de lectura popular en la Secretaría de Educación de México, conocí de los problemas de trabajar en este sentido: tres de los poetas escogidos, residentes en México, Alfredo Cardona Peña, Ninfa Santos y Eunice Odio, fueron excluidos a petición de ellos mismos, pues se estaba preparando una antología, monumental la llamaban, a editarse por la Editorial Oasis, en donde estos poetas aparecían incluidos como “poetas mexicanos”, y cuyos materiales, elegidos por mí y por Marco Antonio Millán, luego iban a ser utilizados por el poeta José María Valverde, en otra monumental antología, que sí salió editada, pero sin ellos, lo mismo que la edición como “poetas mexicanos”, pues habían residido la mayor parte de su vida allí, así como don Vicente Sáenz y Sol Arguedas nunca aparecieron en la del ensayo mexicano, simplemente porque se esperaba que los incluyeran en el ensayo latinoamericano o costarricense, tan de boga en esos años.
Hacer antologías es un arte. Asertivo o infortunado según se mire, por la selección que se hace de los autores.
Esto lo planteó muy claro Octavio Paz, cuando dijo que se requería de otros autores o estudiosos, hasta tres, para darle forma a una antología completa, por el vector de lecturas e influencia de los poetas seleccionados, más la calidad literaria, en sus diferencias y convergencias.
No es fácil hacerlas, al menos si se confeccionan de temas generales, o no solo centradas en temáticas específicas, lo que constituye una peste por la variedad de los seleccionados, o por la injusta manera de escogerlos, o ignorarlos, dado que no se tienen muchas veces criterios certeros, como no sean los gustos o las oportunidades de tener a mano las obras de los autores, o de haber aprobado por lo menos un curso sobre literatura, impartido por un buen docente de nivel superior, por decir algo concreto.
La República de las Letras es igual a todos los otros nichos culturales en los problemas humanos que conllevan los odios tribales, las simpatías grupales, las envidias específicas o la ignorancia sobre lo que se hace.
También, se dice y comenta mucho sobre las argollas, roscas o mafias culturales, pero casi siempre provienen las críticas de quienes no están en ellas. Sobre esto se han escrito farragosos textos, furiosos artículos o simplemente nostálgicos mensajes o, aún, estúpidos fraseos de quienes, habiendo sido incluidos en antologías, no creen, honestamente se supone, el que deban ocupar un lugar entre las páginas y menos en el índice.
Algunos autores aparecemos en casi todas las antologías, al menos de poesía, porque se supone que hemos aportado algo al desarrollo de ésta en nuestro trabajo creador.
Eso es irrelevante porque generalmente también se incluyen poetastros por compromiso editorial, el quedar bien con todos, o con algunos, el esperar ganarse un premio, por su sustento económico y por el minuto de fama que se adquiere y las declaraciones que eso permite.
El arte es el único campo en donde ejercer la democracia es casi imposible. Hay escritores excelentes, buenos, regulares y malos, según sea el criterio literario con el cual se les tase, y todos ellos tienen espacio para ser antologados, en casi todas las antologías temáticas, incluida esa que nadie ha hecho, sobre los poetas más malos de la lengua castellana, aunque pueda que sean personas adorables, ciudadanos amantes del arte o éticamente intachables.
Hay recitales de poesía que por lo hórridos resultan divertidos, porque nos permiten darnos cuenta de lo que escriben nuestros amigos y ya hay poetas de taberna, chicharronera o tarima, en esos espacios, falsamente democráticos, que nos ofrece la sociedad del espectáculo en las maratónicas, así las llaman, donde se pone a disposición del público la lectura de poemas sin ningún criterio de calidad literaria, sino el “derecho” que tenemos todos, según ellos, de leer nuestros poemas como si fuéramos un cantante de hip hop barato o sean los gustos de esta época rapera.
Una tendencia en boga, igual de espuria, consiste en la publicación de antología de poesía, o cuento, regionales, provinciales, cantonales o aún distritales, donde cabe todo el que tenga domicilio conocido, aunque sus obras, si existen, sean meramente evanescentes o tan malas que ni la propia familia quiera oírlas o leerlas.
Cualquier enfado por no estar, o ser incluido en una antología, es pasajero y obedece a las reglas del comportamiento humano en su ejecutoria de gustos, caprichos, probidad o interés por el desarrollo literario.
El responsable de esta antología, según se especifica allí es Edwin Yllescas, en la selección, prólogo y notas, y se agradece a Carlos Cortés y a Norberto Salinas por sus valiosos aportes al “capítulo” de Costa Rica.
La muestra es completa en todos los cinco países con ciertas exclusiones relevantes: Mayra Jiménez, Leonor Garnier, José María Zonta y Guillermo Fernández, en la sección costarricense, Isabel de los Angeles Ruano en Guatemala y del que consideramos, muchos, el joven príncipe de la poesía centroamericana: Otoniel Guevara. Pero el esfuerzo del poeta y ensayista mexicano Marco Antonio Campos, por incluirla en el programa editorial de la UNAM, merece nuestro reconocimiento, seglar reverencia, o agradecimiento fraternal.
El resto es ¡de antología!
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 14 de Abril 2008


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