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Carlos Ruiz Zafón: "escribo para el lector"

Periscopio: allende nuestras fronteras | 26 de Abril 2008

• Tras el éxito mundial de La sombra del viento, el escritor español acaba de lanzar El juego del ángel, una novela que recrea el mito del pacto fáustico en la Barcelona de principios del siglo XX y que acaba de llegar a la Argentina. En esta entrevista exclusiva, el autor habla de su obra, da la lucha entre el bien y el mal, y de su afición por la música. Además, hace una fuerte reivindicación de la literatura de género y el placer de la lectura

Por Héctor M. Guyot

Barcelona - La chica insiste, pero el librero no quiere soltar un ejemplar. Por prescripción de editorial Planeta, la venta del libro debe empezar a las 10 de la mañana del jueves 17 de abril. Apenas son las 9 y Miriam García, de poco más de veinte años, no está dispuesta a irse a la oficina sin su novela bajo el brazo. El libro en cuestión es El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, que con una tirada de un millón de ejemplares solo para España marcó un récord en la historia editorial de este país. La cifra duplica el número de copias que tuvo aquí Un mundo sin fin, la última obra de Ken Follett, y pone en evidencia la confianza de los editores. No es para menos: la novela anterior de este autor barcelonés, La sombra del viento, traducida a 40 lenguas, ha vendido diez millones de ejemplares en todo el mundo.

La sombra del viento me gustó porque la empecé y no pude soltarla. Además, habla de Barcelona, y no solo porque mencione calles y edificios. Esa cosa misteriosa y oscura de la novela está aquí. Ve tú a ciertos lugares de noche y después me cuentas”, dice Miriam antes de salir taconeando por la Ronda de la Universitat hacia la Plaza de Catalunya y después de haber vencido la tibia resistencia del librero.

La sombra había sido finalista del Premio Fernando Lara de 2000 por insistencia de Terenci Moix, uno de los jurados. Pero fueron lectores como Miriam quienes hicieron, de boca en boca, que el libro se vendiera en silencio y a ritmo sostenido hasta llegar a best seller y cosechar elogios en The New York Times: en la novela, dijo un crítico, coinciden nada menos que García Márquez, Umberto Eco y Jorge Luis Borges. Más medido, Stephen King la describió como “una auténtica novela gótica llena de esplendor y trampas secretas”.

Muy distinto fue el lanzamiento, siete años después, de El juego del ángel. Un día antes de que Miriam obtuviera su ejemplar, cerca de 400 invitados y unos 150 periodistas se congregaron aquí en el Gran Teatre del Liceu. Delante de una escenografía que representaba el Cementerio de los Libros Olvidados (un lugar esencial en la anunciada tetralogía que ya integran estas dos obras), el autor, que antes de aparecer se refugió en un camerino para relajarse tocando el piano, habló ante la prensa de su nuevo libro, ambientado en la Barcelona de los años 20. Como La sombra, El juego… ofrece misterio, amores trágicos y atmósfera de thriller gótico. Pero lo fantástico entra a jugar fuerte en la historia de David Martín, un joven narrador que acepta la oferta millonaria de un fantasmal editor para escribir un libro inquietante y luego se ve envuelto en una cadena de enigmas y de muertes.

Detrás de esta trama, detrás de aquel éxito, hay un hombre nacido en 1964 que un día después de la presentación nos recibe en el hotel Casa Fuster, un bellísimo edificio de la elegante avenida Paseo de Gracia. La charla irá de sus libros a su vida y aflorará en ella la tensión entre la respuesta del público y el recelo de cierta crítica, además de una encendida defensa de la literatura de género y el placer de la lectura.

La cita en un hotel no es caprichosa: Ruiz Zafón dejó Barcelona en 1993, luego de abandonar un trabajo en publicidad con el que ganaba bien pero que detestaba. Recaló en Los Ángeles, donde un guión suyo resultó finalista de una beca prestigiosa y empezó a trabajar de guionista en Hollywood, “en proyectos ajenos y reescrituras” (precisamente por conocer el mundo del cine, dice, ha rechazado ofertas para llevar La sombra a la pantalla). Durante la década del 90, escribió además cuatro novelas para público juvenil (El príncipe de la niebla, El palacio de la medianoche, Las luces de septiembre y Marina). Los libros anduvieron bien, pero él había llegado al género por casualidad y se sentía, así lo cuenta, un farsante. Esto, sumado a la sensación de que escribía lo que otros querían que escribiese, precipitó su decisión de lanzarse a aquello que realmente quería hacer. Y ese es el principio de la historia.

-El origen de La sombra del viento es una imagen: la del Cementerio de los Libros Olvidados, que es el corazón de estas novelas. Allí encontré una metáfora visual para muchas cosas que entonces me preocupaban. Estaba viviendo en Los Ángeles, viajaba a menudo por Estados Unidos y tenía la sensación de que la memoria estaba siendo sistemáticamente destruida de un modo industrial, mucho más que en Europa, donde el pasado lo embruja todo. Quería utilizar mis raíces, mi ciudad, y ubiqué ese cementerio de libros en Barcelona. Cuando empecé a escribir, aparecieron muchas ideas y aquello amenazaba con convertirse en un libro monstruoso. Descubrí que allí había cuatro novelas, independientes pero a la vez conectadas, como un laberinto de ficciones en el que hay cuatro puertas que conducen al Cementerio de los Libros Olvidados, con historias cerradas en sí mismas pero con personajes que pueden aparecer en más de un libro y en distintos momentos de sus vidas.

-¿Esperaba semejante respuesta de público?

-Siempre he tenido mi propio sistema de autoengaño para seguir escribiendo, un enanito dentro de la cabeza que me dice: “Esto le va a gustar a todo el mundo”. Cuando tenía ocho años estaba convencido de que antes de los veinte iba a ser un escritor famosísimo. La vida me enseñó después cómo funcionan las cosas, pero en la tierna infancia yo me complacía en esta idea. A veces perdemos la fe en nosotros mismos y nos rendimos a las cartas que la vida nos entrega; decimos “Vale, no peguen más, haré lo que me digan” [risas]. Yo he recibido mis bofetadas como todos, pero me quedó aquel sueño de infancia en el que lo importante era el mundo de la ficción, de los libros. Para mí el éxito ha sido una reivindicación de aquellas ilusiones de niño.

-¿Lo ató de manos el éxito de La sombra del viento a la hora de escribir El juego del ángel?

-No tanto. Lo peligroso de los éxitos es cuando llegan demasiado pronto. La sombra… es mi quinta novela y ya he estado suficiente tiempo dando vueltas como para poner cierta distancia. Además, el éxito del libro lo hicieron los lectores en forma muy gradual, con lo cual es mas fácil de digerir y poner en perspectiva. Las que me ataron de manos fueron las consecuencias de todo eso, los compromisos de viaje para promocionar la novela, a los que al principio yo accedía porque pensaba que no iban a durar mucho.

-Ambas son novelas de misterio con muchos elementos góticos, pero en la segunda hay una presencia explícita de elementos fantásticos y sobrenaturales. ¿Cuál es la razón de ese cambio?

-Siempre me ha interesado el género fantástico y en mis libros para jóvenes he jugado con él. En La sombra esos elementos estaban tratados con cierta timidez, pero en esta novela cruzo la línea y en ese sentido en este libro soy más fiel a mí mismo. Hoy parece tabú meterse con estas cosas, pero son elementos clásicos de la literatura universal. En todo caso, el tabú es nuevo y forma parte de la industria del esnobismo nacida en el siglo XX, porque lo sobrenatural aparece hasta en los dramas de Shakespeare, es un elemento atávico de la fabulación y la tragedia.

-El tema del pacto fáustico recorre la trama de El juego… ¿La vida es lucha entre bien y mal?

-La fascinación que ejerce el pacto fáustico en la literatura responde a que en el fondo es un reflejo del dilema de la naturaleza humana. Tendemos a exteriorizar en símbolos, en ángeles caídos, en demonios, todos aquellos aspectos de nuestra naturaleza que no queremos o somos incapaces de reconocer. Entonces proyectamos afuera una fuerza a la que le damos rasgos animales y agresivos, y la contraponemos a otra fuerza etérea, sexualmente no amenazante, de rasgos aceptables. Así exteriorizamos todo aquello que está en nuestra naturaleza y nos libramos de culpa. Pero la lucha entre bien y mal se libra dentro de cada uno.

-¿Esa confrontación entre luz y tinieblas presente en sus novelas es herencia de la educación que recibió con los jesuitas?

-Puede ser. Siempre me he sentido afortunado de haber ido a la escuela de los jesuitas de Sarriá. No por la educación en sí, que no era mala; los jesuitas dentro de lo que cabe son moderados, es el ala liberal de la Iglesia, y no tengo queja. Pero lo que agradecía de veras era el escenario, porque aquel gran castillo donde funcionaba el colegio tenía dentro capillas y catedrales, túneles secretos, secciones de clausura, un museo con una cabra de dos cabezas exhibida tras una vitrina de cristal Era una maravilla.

-En los dos primeros libros de la tetralogía hay personajes que son escritores de folletines. ¿Se trata de una defensa de la literatura de género?

-Para empezar, los escritores de folletines son dramáticamente más interesantes como personajes que aquellos autores que aparecen en tertulias o coloquios tratando de tontos a quienes no los leen. Un personaje que se tiene que ganar la vida escribiendo y que duda de sí mismo es más novelesco como figura humana. Además, para mí la imagen del escritor heroico es la del novelista del siglo XIX. Los autores de los grandes clásicos de la novela, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, escribían novelas por entregas que se publicaban en los periódicos semana a semana y tenían que pelear por su audiencia. Vivían del oficio, del arte, del ingenio, no había pretensión, no había tontería ni premios ni subvenciones oficiales. Estaban al pie del cañón, y para mí eso se contrapone al establishment fastuoso, reaccionario y esnob que pretende pontificar: “Esto está bien y esto está mal, la literatura de género es mala, el cómic es para niños descerebrados y la literatura pretenciosa y aburrida es maravillosa porque la escribió mi primo”.

-Parece que le molesta que la escritura de género pueda verse desvinculada de la noción de calidad artística.

-Lo que en verdad me molesta, lo que para mí es un gran cáncer de la cultura del siglo XX, es el esnobismo, la papanatería, la estupidez dogmática que pretende limitar las cosas, la dictadura de la mediocridad, que siempre se siente llamada a decirles a los demás lo que deben pensar y lo que deben hacer, que censura, prohíbe y pontifica. A mí eso desde pequeño se me atraviesa en el estómago. Yo quisiera que me diera lo mismo, pero cada vez que veo un cretino de esos tengo ganas de decirle: “Haga el favor de callarse”.

-Mencionó a Dickens y a Balzac, que en su época eran considerados escritores populares. ¿Se considera usted un escritor popular?

-Aspiro a serlo, porque escribo para los demás y no para mí mismo. Lo único que uno escribe para sí mismo es la lista del supermercado. Por eso yo creo que popular no es una palabra sucia. Yo escribo para la gente a la que le gusta leer e incluso para algunos que no saben todavía que les gusta leer. Y la sensación que tengo a lo largo de los años es que entre la gente que lee mis novelas hay todo tipo de lectores. Porque yo escribo para cualquiera que quiere disfrutar leyendo, no importa cuáles sean sus intereses.

-En tiempos de Dickens no había cine ni televisión. ¿Cómo cree que juegan ahora estos lenguajes, junto con la literatura, en el campo de la construcción de historias y de sentido?

-Claro, en el siglo XX irrumpen otros lenguajes narrativos que han sido mucho más inteligentes y eficientes que la literatura y han usurpado su papel. En el siglo XIX la novela lo era todo, pero a partir del siglo XX el periodismo le usurpa la parte de crónica y análisis de la realidad. El cine toma la gramática de la novela del siglo XIX y la hace suya: ahora nosotros contaremos historias, dice, y lo haremos mejor que usted. A menudo las grandes ambiciones se mudan a esos otros campos y la literatura se va hundiendo en un mar de mediocridad. Intenta compensar eso con el esnobismo y acusa al cine de ser un lenguaje para las masas no educadas, por eso la literatura de género se desprende y dice: “Quédense ustedes con esta tontería”. Entonces vemos que en los últimos veinte años el oficio, la técnica literaria y el talento a menudo florecen en la literatura policial, por ejemplo. Pero ahora todos los lenguajes narrativos vuelven a converger. Así como antes la novela absorbió el drama y la poesía para conformar un supergénero, hoy la narrativa popular se cruza con el cine y con ciertos formatos de la televisión. Se está volviendo a unir aquello que se había separado y creo que el futuro pasa por allí.

-Los dos primeros libros de su tetralogía transcurren en la primera mitad del siglo XX y anunció que los siguientes también lo harán. ¿Por qué lo atrae esa época?

-Aquellos tiempos me fascinan. Son una época trágica. Tras la Revolución Industrial, la ciencia, la tecnología, la alfabetización, los avances de la medicina y el acceso de la gente a una vida mejor parecen anunciar una época de esperanza. Pero en ese momento se empiezan a desarrollar el dogmatismo, el odio, la codicia, y aflora lo peor de la naturaleza humana para generar la peor destrucción de la historia en la Segunda Guerra Mundial. Ese mundo desaparecido en que las ideas y los objetos tenían valor construía las cosas creyendo que iban a durar. Tras la Segunda Guerra Mundial, empieza la era de la producción en masa, de la televisión, del cálculo de todo, y hasta las ideas son productos de mercado que se manipulan. De todos modos, pese a los errores que hay en el mundo, prefiero vivir en esta época. A mí me gusta mucho la música y creo que toda la tecnología que existe hoy en día para disfrutarla ya vale la pena.

-¿Qué música le gusta?

-Casi toda. La música me gusta más que la literatura y que cualquier cosa. Me gusta tanto que me enseñé música a mí mismo. Conseguí que en la escuela me dieran acceso a una sala donde había un piano al que le faltaban varias teclas. Me encerraba ahí, veía las teclas y me decía: “Esto es matemática, lo tengo que descifrar”. A los doce años me compré el tratado de armonía de Schönberg. Era para mí como física cuántica y lo leía una y otra vez para descifrarlo. A los catorce empecé a escribir música, pero ahora, aunque entiendo la notación musical, compongo usando ordenadores, secuenciadores y un piano.

-¿Qué tiene la música que no tiene la literatura?

-Es abstracción pura. A mí me atraen las estructuras, me gustan la arquitectura, las matemáticas, los mecanismos, los diseños. Así construyo las novelas. Y por eso me interesa el cine, que manipula imágenes, sonidos, ritmos. La música es eso llevado al extremo. Es un lenguaje narrativo y emocional, pero tan abstracto que es muy difícil de definir. Es la confluencia de la matemática y la emoción, y para mí eso es el mayor invento de la humanidad.

-¿Qué géneros o músicos le gustan?

-Me gustan mucho el jazz y la música clásica, sobre todo la barroca, la música sinfónica de principios del siglo XX y la buena música que se hace para el cine. Hoy la industria del cine es para los compositores lo que antes era la Iglesia. Se hacen músicas para películas que normalmente no merecen esas partituras. Hace poco descubrí a Gerard Finzi, un compositor inglés que murió joven, en los años 40. Tiene un concierto para clarinete y orquesta que es una maravilla.

-¿Qué libro elegiría para conservar en el Cementerio de los Libros Olvidados?

-Alguno de los míos, porque este mundo es una jungla y de tener que salvar un par de libros, elegiría los propios. Los demás, que se espabilen. Cada cual que lleve los suyos, yo no intentaría ser altruista. Seguro que alguien salvará los grandes clásicos.

-Reformulo, entonces: ¿cuáles se llevaría a una isla desierta?

-Sería una decisión difícil. Me llevaría una parte de los autores del siglo XIX, como Dickens, Dostoievski, Balzac, Victor Hugo. También a Joyce Carol Oates, para mí la mejor escritora viva, un prodigio. Y algo de Chandler. Pero leo de todo. La literatura tiene que tener arte, inteligencia y sinceridad. Si tiene dos de esas tres cosas, para mí ya es maravilloso. Y si tiene las tres, cosa que casi nunca sucede, ya es una obra maestra.

-¿Le preocupa preservar su futura escritura de las mieles del éxito?

-La verdad que no. Yo no tengo la conciencia, y esto es una percepción subjetiva, de que el éxito me haya cambiado. Tampoco al modo en que trabajo. Han aparecido cosas que ocupan parte de mi tiempo, como las promociones, pero son ajenas al proceso de escritura que, por otra parte, no sé hacer de otra manera. Ojalá me fuera más fácil escribir porque he tenido éxito. A mí me cuesta igual. Y soy consciente de que así como uno tiene éxito ahora, puede dejar de tenerlo después.

-¿Entonces no hay una inquietud autobiográfica en el primer párrafo de El juego del ángel, aquel que habla de “el dulce veneno de la vanidad” que inoculan en el escritor los primeros elogios, a partir de los cuales “ya está perdido y su alma tiene precio”?

-Supongo que todos vamos perdiendo el alma día a día. La vamos vendiendo a trozos. El protagonista de la novela, David Martín, tiene muchas cosas mías, pero no soy yo. Y en La sombra hay un personaje, Julian Carax, que también tiene muchas cosas mías, pero tampoco soy yo. Uno da cosas de sí a los personajes para que crezcan. En el caso El juego, ese primer párrafo sitúa al lector ante el protagonista y define elementos que serán muy importantes luego. Pero claro, cuando tú entras a una novela en la que el protagonista, un escritor, dice esto, enseguida piensas: este es el autor. Bueno, no es exactamente así, aunque haya algo de cierto; aunque yo, como todos los escritores, tenga que sacrificar mi alma, más o menos. O, más que venderla, hacer un leasing, para que luego me la devuelvan [risas]. Pero no sé, quizá la he perdido ya totalmente.

RUIZ ZAFÓN

Decimonónico y moderno. Admirador de Dickens y Balzac, escribe historias al modo de los autores de fines del siglo XIX. Nació en Barcelona en 1964, pasó por la publicidad, el cine y la literatura juvenil para vender, con La sombra del viento, diez millones de ejemplares en todo el mundo. Su nueva novela, El juego del ángel, acaba de llegar a la Argentina tras lanzar un millón de ejemplares en España.

LA NUEVA NOVELA, UNA HISTORIA TRÁGICA Y OSCURA

Un primer equívoco a despejar: El juego del ángel, la nueva novela de Carlos Ruiz Zafón, no es la precuela de La sombra del viento, el exitoso thriller-melodrama gótico que ha vendido diez millones de ejemplares y ha hecho de su autor una celebridad de bajo perfil, si cabe la paradoja.

Ambientada en la Barcelona de las primeras décadas del siglo XX, el libro es la segunda novela de la anunciada tetralogía del Cementerio de los Libros Olvidados, que abarcará un período comprendido entre la Revolución Industrial y la segunda mitad del siglo XX y gira alrededor de ese lugar imaginario que preserva la memoria de todo lo escrito.

El juego…, que transcurre en las décadas del 10 y del 20, es cronológicamente anterior a La sombra…, pero narra una historia autónoma de un modo diferente, de acuerdo a la premisa de su autor. “Una idea que hay detrás de este cuarteto de novelas es que cada una de ellas juega con una estructura narrativa distinta -señala Ruiz Zafón-. La sombra… es una novela donde la realidad objetiva de la historia se atomiza en subtramas. Daniel Sempere, con la ayuda de Fermín, viaja a través de un relato que está hecho de muchas historias pequeñas que le son referidas. Junta estas perspectivas, ata los cabos, completa las piezas faltantes y arma el rompecabezas al final. En esta nueva novela, en cambio, la estructura traza un arco de tres actos y todo está dramatizado ante nuestros ojos, nada está referido, y el que completa las piezas en este caso no es el narrador sino el lector, porque el narrador está atrapado dentro de ese mismo misterio que tiene mucho que ver con la percepción. Por eso, la novela admite diferentes interpretaciones que pueden encajar perfectamente. La propuesta es quizá más arriesgada, en la medida que no le ata todos los cabos al que lee.”

En La sombra… el lector acompaña la búsqueda de Daniel Sempere, que a partir del hallazgo de un libro se aboca a desentrañar esa historia dentro de la historia que es la vida del misterioso escritor Julián Carax. En El juego…, un libro más oscuro, se asiste al descenso del escritor David Martín a un submundo sembrado de muertes y misterios en el que la realidad se ve atravesada por elementos sobrenaturales luego de que Martín queda atado al pacto que firma con un editor que mucho le ofrece a cambio de la escritura de un libro tan ambicioso como inquietante. Si La sombra… es una historia de redención, El juego… es una tragedia, dice el autor.

La nueva novela, en la que aparecen algunos de los personajes de la anterior en otro momento de sus vidas, también tiene su cuota de humor, apoyada en un personaje femenino, Isabella, una aspirante a escritora que busca el consejo -y algo más- de Martín. “La función que en La sombra… cumplía Fermín, que era el árbitro moral de la historia y el personaje picaresco que rescataba a los demás de los horrores y los fantasmas, ahora la cumple Isabella, un ángel de la guarda que salva a David Martín de sí mismo y de su miseria y que ilumina un poco todo este mundo de tinieblas -dice Ruiz Zafón-. Y aunque no es un personaje picaresco como Fermín, introduce conflicto y humor y los temas más nobles de la historia, como la amistad, la devoción y la sinceridad.”

LOS FANTASMAS DE UNA CIUDAD SIN TIEMPO

Dragones, serpientes, murciélagos, grifos: un bestiario de monstruos alucinantes en promiscua convivencia con sirenas, ángeles y piadosas imágenes de santos, que asoma con solo levantar la cabeza mientras se camina por las callecitas del Barrio Gótico o de la Ciudad Vieja. La Edad Media ha decantado aquí a través de los siglos y hoy Barcelona está llovida de signos y símbolos cuyo significado último escapa al viajero ocasional pero que imprimen en la ciudad el reflejo de otros mundos, el temblor de una dimensión metafísica que acecha desde piedras antiguas como el tiempo.

En la tradicional Rambla, fatigada por un río interminable de turistas, se tributa a esa atmósfera gótica desde el posmoderno siglo XXI de un modo más literal pero no menos sorprendente: el paseo está salpicado de estatuas vivientes que representan brujos, centauros o íncubos de sonrisa mórbida con las alas negras desplegadas. Con una producción que ya quisiera el mejor cine de clase B, parecen figuras escapadas de las viejas tapas que hacía Roger Dean en tiempos de la música progresiva.

Convengamos en que Barcelona, bellísima e inagotable, ya ha encontrado distintas versiones de sí misma en las páginas de Carmen Laforet, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Juan Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán, por nombrar solo algunos escritores que ambientaron sus novelas en ella. Y convengamos, también, en que hay una evidente correspondencia entre una de las posibles caras de la ciudad y las historias de misterio y terror gótico que salen de la pluma de Carlos Ruiz Zafón.

Vale la pena internarse en el corazón del Raval, el viejo barrio obrero que alberga la calle de L’Arc del Teatre, donde Ruiz Zafón ubicó el para algunos borgeano Cementerio de los Libros Olvidados. Calles angostas, ropa tendida en los balcones, corrillos de chinos, indios y musulmanes en la puerta de las carnicerías islámicas y prostitutas a la pesca acodadas en zaguanes oscuros. La calle en cuestión, solitaria y perdida, ha de esconder unos cuantos secretos, eso es seguro.

Si uno se abandona y anda sin objeto por esa zona de la ciudad y los barrios contiguos, tarde o temprano llegará a otros escenarios de La sombra del viento o El juego del ángel, como la calle Portal del Angel y la plaza de San Felipe Neri, descrita con justicia como “un respiradero en el laberinto de calles del Barrio Gótico”.

Para aprovechar este aspecto iconográfico, la editorial Planeta entregó, durante la presentación a la prensa de la novela en el Teatre del Liceu, un cuidado dossier con fotos de época de los lugares, edificios y rincones de la ciudad que aparecen en El juego del ángel. Allí figuran la iglesia Santa María del Mar, construida en el siglo XIV y ubicada en el barrio del Born, la Plaza del Ángel en el Barrio Gótico, el cementerio de San Gervasio y el templo de la Sagrada Familia, la monumental obra que Gaudí dejó inconclusa.

De chico, Ruiz Zafón vivía a una cuadra de la iglesia, en el barrio Sagrada Familia. Pero pronto llegó a conocer las distintas zonas de la ciudad. “Yo me movía también por la Ciudad Vieja, por el Raval y por el Barrio Gótico -cuenta el escritor-. Pateaba la ciudad entera porque desde niño ayudaba a mi padre, que era y es agente de seguros, llevando papeles y pólizas a sus clientes. Entraba en todos los barrios, en todas las casas, y me gustaba ver cómo era la gente en cada sitio. Tengo la sensación de que conozco Barcelona por dentro y por fuera, por arriba y por abajo.”

Buscar en la ciudad real esos lugares que en definitiva son producto de la imaginación puede resultar una tarea vana, a menos que se la tome como un juego. Porque, qué duda cabe, la Barcelona de Ruiz Zafón es una construcción. “Yo nunca he pretendido decir que la mía es una Barcelona real -dice el autor-. Al contrario, es una Barcelona estrictamente literaria. Lo que ocurre es que utiliza de un modo riguroso el referente de la ciudad real y su contexto histórico. Es decir, no frivoliza ni con las circunstancias históricas ni con su geografia física. Pero a partir de ahí la Barcelona de mis libros es una estilización, una hiperrealidad que no tiene nada de realista y no pretende tenerlo.”

De cualquier modo, las correspondencias intangibles entre lo real y lo imaginado que señalábamos antes quizá tengan una explicación. “Yo he intentando respetar y mantener la integridad emocional de la ciudad -afirma el escritor-. Es decir, mis libros no traicionan la realidad pero la deforman, colocan cosas donde no las hay o crean determinados lugares en la ciudad que no existen pero podrían haber existido.”

Moderna y antigua, tradicional y vanguardista, erigida en referente cultural por su inquieta actividad artística y por sus maravillas arquitectónicas, Barcelona es un espejo que parece no tener fondo. Ya habrá quien narre lo que palpita hoy en sus calles, donde viajeros, turistas y buscadores de mejor fortuna convierten la ciudad en una Babel de lenguas y culturas. Una aldea global del siglo XXI con toda la historia en sus espaldas.

(adnCULTURA.com - La Nación - Buenos Aires)

Periscopio: allende nuestras fronteras | 26 de Abril 2008

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