• El narcotráfico, la política y la guerrilla
En política existen amores y odios de temporada. Es un decir. Otro: en política se hacen amigos de mentira y enemigos de verdad. Añadamos: a veces se duerme con el adversario, para no expresar que con el enemigo. Esto lo sabemos casi todos, mas nadie lo quiere aceptar. De ilusiones, tentaciones y contradicciones está empedrado el camino de la vida pública.
Lo que acaba de suceder con Fernando Berrocal contiene algunos de esos elementos señalados, para que el lector escoja cuál de ellos es el que cuadra mejor con el fenómeno del cual hemos sido testigos los costarricenses.
Breve recuento. Berrocal estuvo casi dos años en el cargo de Ministro de Seguridad Pública, y el mismo día en que se le destituye y se le dice mentiroso por parte de un alto jerarca, el otro jerarca más alto le da una despedida de primera clase, abrumándolo de elogios por la gran tarea cumplida. Esto fue difícil de entender.
Los elogios presidenciales fueron justos, no solo por la tarea cumplida por Berrocal, sino porque éste y toda su familia se han jugado su vida al darle combate al narcotráfico, quizá sin medir las consecuencias de enfrentar a las mafias. Yo ya viví esa dura experiencia cuando en el primer lustro de los años setenta colocaron en mi residencia una bomba de altísimo poder explosivo para tratar de matar a mis tres pequeños hijos. Lo hizo la mafia relacionada con Robert Vesco y sus amigos locales. Me quisieron acallar en mi lucha contra el fugitivo internacional. Primero perdí el “Diario de Costa Rica”, que de por sí ya rengueaba financieramente. Y después, me asfixiaron negándome financiación bancaria para la importación de papel. Lecciones negras del priismo mexicano, bien aprendidas y ejecutadas aquí.
Se produjo un instructivo del Poder Ejecutivo fijándole línea al Sistema Bancario Nacionalizado, en el sentido de que “de ahora en adelante” no se dará esa facilidad a ninguno de los diarios del país. Pero el mío era el único que necesitaba ese recurso y los gobernantes lo sabían. Un alto funcionario bancario me puso en autos de lo que se buscaba. Y lo lograron.
Igual de dura fue mi experiencia cuando renuncié al cargo de Embajador de Costa Rica en Venezuela (1990-1992), porque me negué a avalar el asilo político concedido a Blanca Ibáñez, esposa del expresidente Jaime Lusinchi, quien tenía (ella) procesos penales en curso. Mas cuando asumí esa conducta, dos altos jerarcas de entonces dijeron que yo había actuado no como embajador de Costa Rica, sino de Venezuela, constituyendo la mayor ofensa para quien había salido, precisamente, en defensa del honor y de las instituciones costarricenses, como luego se demostró. Curiosamente, Berrocal, entonces, fue el abogado de Lusinchi y de su compañera. Mas nunca se lo reclamé, porque mi aprecio por él ha estado por encima de esa circunstancia.
A mi me dejaron solo y abandonado, pero estuve feliz porque sabía que defendía una causa justa y ética.
Algunos fueron perdiendo la inocencia. Yo también en aquellos primeros cinco años de la década del 70. Y aunque el pueblo me apoyó generosamente, la Sociedad Interamericana de Prensa y otros organismos de los dueños de medios de comunicación guardaron silencio cómplice y sepulcral.
Berrocal puede tener o no tener razón en lo que afirma, aunque me parece que él sabe bien de lo que habla, en razón de que ha tenido acceso a información privilegiada local e internacional como para no querer pasar por inocente.
Pero pasó por inocente cuando a raíz de los acontecimientos que lo llevaron a renunciar sin renunciar y a dejar vacante el cargo, sin dejarlo, demostró cuán alejado estuvo del conocimiento real de los peligros de las mafias denunciadas por él. Y lo digo porque nadie con tres dedos de frente, después de estar en el ojo del huracán, comete la ingenuidad de anunciar a la prensa que inmediatamente luego de dejar el puesto visitará Guatemala y Nueva York .Y facilitó que se publicaran destacadas fotografías suyas en la prensa con dos de sus nietos.
Así se expuso a convertirse en eventual blanco directo de quienes obviamente querrán tomar revancha, no política, sino criminal. Para mí ello evidencia que hasta el hombre mejor informado sobre los quehaceres criminales de la mafia internacional (¿con ligámenes locales?) demostró ser un “naive” ( cándido, sencillo, ingenuo), pero no menos patriota.
Tengo aprecio personal por Berrocal, y también por el presidente Oscar Arias, pero eso no me impide ser crítico imparcial de ambos, porque por encima de todo debe estar el presente y el futuro del país. Berrocal hizo denuncias muy graves y hasta el día en que escribo este artículo, en la madrugada del viernes 4 de abril del 2008, esas denuncias no han sido reveladas en detalle, sin censura ni edición.
Si alguien tiene dudas sobre la clase de gente mafiosa con la que se está tratando, recomiendo que lean el libro de la colombiana Virginia Vallejo, titulado “Amando a Pablo, odiando a Escobar”. Escobar fue el pandillero colombiano más poderoso de la historia latinoamericana y tal vez mundial, que logró amasar una fortuna de US$3.OOO millones de dólares (tres mil millones) logrados con el criminal tráfico de la cocaína, los secuestros y la alianza con grupos guerrilleros de segunda generación. Algunos recurren en nuestro país al edulcurante: los buenos hasta el año 2000 y los malos de allí en adelante. ¿Será así de cierto?
La señora Vallejo, amante de Escobar, dama destacada en el periodismo televisivo de Colombia y conectada, por razones profesionales y familiares con la alta sociedad de su país, autora de este libro, denuncia con nombres y apellidos los nombres de las altísimas figuras de la política de su país ( y de otros, incluyendo a Centro América) que ocuparon puestos altísimos, hasta la presidencia de la república, quienes recurrieron a Escobar para pedir financiación electoral. Y al leer esos nombres, de patricios, uno se alarma si ignora el contexto histórico y político que le ha tocado vivir a ese hermano país por más de medio siglo, desde el asesinato de Gaitán y el consecuente Bogotazo de 1948.
El libro tiene muchas ediciones, ha circulado por millares en Colombia y en el extranjero y, que sepamos, la autora no ha sido demandada judicialmente por quienes son aludidos en la obra.
Al leer este libro, concluimos que Berrocal puede no estar hablando a humo de pajas. Y también, concluimos que los costarricenses debemos perder la inocencia y saber que nos hallamos en el centro de este huracán, del cual pueden surgir consecuencias horribles.
Julio Suñol | 9 de Abril 2008


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