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Albert Camus

Paúl E. Benavides Vilchez | 13 de Abril 2008

La Guerra Fría, ese detestable juego de contrarios, ocultó para mal el arcoiris de la cultura, la fortuna de los matices y nos dio un gris panza de rata, un color sepia radioactivo. Nos zambuyó de pies a cabeza en el maniqueísmo más intenso; elevó a unos escritores a la categoría de santones y mandó a otros al rincón de los olvidados, quizás a los mejores, los que con más profundidad intuían el retorno a las cavernas, al lugar exacto en que Caín y Abel empezaron la historia del mundo.

Y un escritor imprescindible es Albert Camus (1913, Argel - 1960, París) autor de obras en torno a la complejidad humana y el absurdo como la ficción, “La Peste”; el drama, ” La caída”; los ensayos filosóficos, “El Extranjero”, “El Hombre Rebelde” y “El Mito de Sísifo”. Situado en las márgenes de la cultura establecida, vivió atrapado en el desgarro de no dejar de sentirse un pied noir, un argelino de origen francés, hijo de campesinos pobres que nació y creció en Argelia, entre árabes que lo consideraron un extraño en su propia patria.

Decían los críticos, que Camus fue un buen escritor pero nunca un buen narrador, que continuó ejerciendo de filósofo aun en el teatro y la literatura. Los cierto es que su obra es una penetrante reflexión y un duro alegato contra los ídolos que la barbarie empezaba a erigir. Llegaba a Francia ligero de equipaje y se iba con la mirada perpleja, como retorna el colono luego de un largo viaje por la metrópolis. Su conciencia escindida de no ser árabe ni francés, le dio la suficiente libertad para pensar lejos de los atavismos ideológicos y de las disciplinas partidarias a que se sometían los intelectuales parisinos de los cincuentas. En el fondo de su existencialismo late un anhelo de libertad más fuerte que su concepción trágica de la existencia. De cara al paraje mundano que le parecía irracional, no busca la muerte (el suicidio) o a Dios, como salida a este drama que lo ponía contra la pared; prefirió el vértigo de confrontar el mundo sin intermediarios, como el equilibrista que camina solo por la cuerda, sin agarrarse a nada ni a nadie, y que frente al vacío de sentido, está obligado a ejercer su libertad y su conciencia.

Junto a Samuel Beckett, Ionesco, Fernando Pessoa, Camus representa la perplejidad como estado de ánimo frente a las verdades heredadas de la cultura y la teología, que se hacían añicos frente a una realidad que contradecía al hombre civilizado. No había para Albert Camus explicación para el totalitarismo, los crímenes políticos, el sacrificio de la vida humana, la muerte en nombre de una doctrina ideológica; lo único posible era situarse frente al absurdo y. desde ahí, hacer un arte y una literatura absurda, pero por eso lúcida, que demostrara la estafa y decadencia de occidente.

Cuando los alemanes invaden Francia, su papel como periodista se puso de manifiesto en la fundación de la revista Combat, en 1942, principal órgano de la resistencia francesa frente a la toma de París por los nazis. Con el tiempo llegó a ser el miembro más famoso de la revista que imprimía y distribuía sus números de manera clandestina.

Los estudiosos de su obra y biografía se preguntan porqué razón uno de los padres filosóficos del absurdo, arriesgó su vida por una causa, por un sentido. Ese aparente misterio queda resuelto porque Camus fue un optimista sin esperanza, un obstinado luchador del presente que no creía en la trascendencia, porque la consideraba una manera de escabullirse de la obligación moral de quedar cara a cara con el absurdo, con el mundo.

La oposición de Camus al totalitarismo soviético y a la dictadura estalinista le granjeó el mote de reaccionario y de conservador por parte de la élite de la intelectualidad francesa, incluido Sartre, que veía en esta actitud una traición a la causa obrera. Se opone a la independencia de Argelia (1955) y el partido comunista lo considera traidor a la causa de la libertad y defensor del colonialismo de Francia. Ante eso contesta con una frase que apabulla a la mayoría de la izquierda francesa: “es fácil ser anticolonialista en los bistros de Marsella o París” en los bares y las tabernas en que la izquierda discutía acaloradamente sobre un tema que desconocían como lo conocía él, desde su identidad desgarrada.

Frente al concepto de revolución proletaria, Albert Camus opone el concepto de rebelión, como acto que nacía de su propia experiencia de vida, en una Argelia en que colonos franceses y árabes estaban unidos, según él, por la misma patria de miseria y pobreza. No entendía por qué Francia, luego de su presencia política prolongada, debía abandonar a los argelinos y a los descendientes franceses a su suerte; de nuevo el animal bicéfalo de su conciencia escindida, el sentirse francés por una parte y argelino, por la otra.

Es hoy un escritor que debe leerse en una realidad que sigue siendo absurda en el sentido camusiano: un mundo que camina a pasos agigantados hacia su destrucción; un capitalismo atroz que duplica la fuerza de sus motores para derretir, en tiempo récord, los casquetes polares. El consumo petrolero aumenta de manera compulsiva y todos aplauden a China como un modelo por seguir. Un planeta enfermo que consume sus propias fuerzas sin capacidad para reponerlas.

Con Camus puede pensarse que todo parece absurdo, árido y oscuro; pero, de acuerdo con él, es posible poner en ejercicio la resistencia y la no resignación frente a lo que toca vivir. Esa sería la libertad para el escritor: situarse frente al absurdo para una vez, luego de tomar conciencia, dar a la realidad un sentido que no tiene; con intensidad, agotando todas las posibilidades.

Paúl E. Benavides Vilchez | 13 de Abril 2008

1 Comentarios

* #4612 el 13 de Abril 2008 a las 08:42 PM Hubert Chaves dijo:

Paul.Que buen comnentario.Camus, para mi siempre Camus.El “pied noir”, el de Combat. El irreductible, ante el estanilismo y el imperio. El que nunca connivió. La izquierda ortodoxa siempre lo vilipendió. Nunca lo entendieron por ver unicamente al cegatón sartriano. Valga para él no haber ido nunca a Moscú a recibir un premio. Otro punto en nuestras afinidades. Esta se añade a la de pacumbral.

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