Estalló la guerra caliente en el Sur y el Norte de Suramérica. Podría ser la peor crisis en esta zona latinoamericana. Las consecuencias pueden ser imprevisibles y por ello es urgente una intermediación internacional con autoridad moral y con eficiencia y eficacia reales y ampliamente reconocidas.
El triangulo Venezuela—Colombia—Ecuador es hoy más amenazante que el triángulo de las Bermudas. Solo que en esta coyuntura podría utilizarse la crisis para ejecutar una internacionalización del conflicto que arrastre a males mayores con daño para la integridad territorial de estas repúblicas y con perjuicios enormes para la estabilidad y la paz regionales. No exageramos si sostenemos que la juridicidad y el respeto al Derecho Internacional están expuestos a zozobrar.
Si la Organización de Estados Americanos (OEA) no puede hacer nada, sería mejor que cierre sus puertas de una vez y para siempre, con la ventaja de economizar ingentes sumas de dinero a los países pobres que pagan elevadas cuotas anuales para su existencia.
El asunto es grave desde cualquier perspectiva que se le vea. Al margen del rechazo legítimo que haya a una guerrilla colombiana y del repudio que exista y deba existir a que cualquier nación se tome la libertad de atacar a ilegales violentando la soberanía de otra nación, es imperativo reconocer que si los guerrilleros colombianos se agazaparon en territorio de Ecuador para facilitar sus ataques a las tropas colombianas, solo correspondía al Gobierno ecuatoriano proceder a limpiar su territorio.
Por más papeles que se muestren desde Bogotá sobre unas alegadas comunicaciones de los guerrilleros colombianos con un ministro ecuatoriano, nadie con sentido jurídico y de legalidad internacional puede aceptar que aviones o helicópteros extranjeros sobrevuelen y bombardeen un territorio ajeno. Si bien es cierto que la pelea es peleando, en el argot populista, ello no se vale en el lenguaje diplomático ni en la práctica de la política foránea. Cada cosa es cada cosa.
Hoy América Latina está en presencia de una explosiva situación. Venezuela retira su Embajador y todo el personal ( menos uno) de su sede en Bogotá, Ecuador también retira a su más alto representante diplomático y ambas naciones movilizan tropas, aviones y tanques a la frontera con Colombia, poniéndose así en peligro la paz y la estabilidad continentales.
Esta crisis recuerda un poco lo sucedido en Costa Rica en 1977-1978, cuando el dictador Anastasio Somoza pretendió internacionalizar el conflicto que tenía con los guerrilleros sandinistas, para por esta vía salvar su ejercicio del poder en momentos en que la acción institucional foránea podía darle un respiro y así salvar a su gobierno de un derrocamiento que estaba cantado. Mutatis mutandi, el cuadro tiene aristas reconocibles. Somoza no consiguió su objetivo, pero estuvo a punto de concretarlo. Lo que se vio venir fue una posible intervención militar unilateral o disfrazada de multilateralidad, con el posible aplauso de los mismos de siempre.
Colombia es hoy el más poderosos proveedor de drogas al mercado norteamericano, aunque también lucha heroicamente combatiendo a las mafias traficantes de estupefacientes. Ecuador batalla contra los narcotraficantes y frente a las últimas inundaciones que dejan pobreza, muerte y dolor colectivos. Venezuela se debate en una lucha interna imperante en una nación dividida política e ideológicamente, y trata de superar los males de la pobreza y la miseria. ¿ Cómo puede aceptarse que en estas condiciones se produzcan operaciones militares ilegales, se ordenen movimientos masivos de ejércitos y se hable de posibles guerras que nos llevan a retroceder en la a veces maltrecha historia continental ?
La hora debería ser para reducir ejércitos y cortar gastos en armas, aumentar los niveles de escolaridad, mejorar los logros en salud, en empleo bien pagado y en nutrición de millones de niños, mujeres y ancianos que mueren de hambre y víctimas de las enfermedades evitables o doblegables.
Hoy es posible que algunos pretendan cargar las tintas contra cualquiera de los países sudamericanos que ocupan este peligrosísimo escenario, pero la verdad sea dicha, todos tendrían su cuota de responsabilidad—en diferentes grados— por lo que ha pasado y por lo que podría suceder.
El llamado ha de ser a no perder el juicio, a que el Sistema Interamericano demuestre que tiene razón de existir para obtener la solución pacífica de los diferendos, fundamentado en la justicia y la equidad, abandonando la cháchara improductiva y la palabrería vacía en la cual ya nadie cree.
Julio Suñol | 4 de Marzo 2008


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