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El mono pigídico

José Calvo | 24 de Marzo 2008

Leí hace poco el artículo donde don Luis Paulino Vargas critica la opinión del pundit de La Nación y algún otro quidam, de que la naturaleza humana aborrecería el marxismo y estaría en su charco con el capitalismo. La idea apesta, como todo lo que sale de aquel rinconcillo mezquino y dogmático. Y don Luis Paulino tiene razón de que no existe una naturaleza humana: sabemos bien ya que es principalmente la cultura la que determina el ethos, y que este cambia no sólo de un país a otro, sino de un tiempo a otro. Ahora se nos está tratando de encasillar a todos en el American way of living de la globalidad, lo que no puede tener éxito.

Pero como a mi se me ataca frecuentemente por mi “biologismo” —esa tendencia a explicar la conducta humana en los términos de la biología, y que es entre nosotros una irreverencia prohibida por el tabú—, debo recordar de inmediato el significado de tener en nuestra historia 3000 millones de años como animales, y solo 3 millones como humanoides; 30 mil como galanes de Hollywood; aunque es verdad que también tengo mis dudas sobre esta evolución. No existía el capitalismo ni el marxismo durante la mayor parte de ese tiempo, aunque si la angurria de querer más y más, así como la noción de solidaridad. Se probaron y descartaron muchísimas cosas; como se está haciendo todavía; y se lidió continuamente con un bagaje ancestral incómodo, como se hace todavía. Porque lo que con seguridad sí existe es una naturaleza animal: el peso de esos 3000 millones de años, que no es nada despreciable, y que siempre estamos tratando de superar. Por eso es que algunos dicen todavía que todo es blanco. O que todo es negro.

Iba yo pensando en esas cosas cuando volví al llamado del mar el otro día después de más de un año de acumular nostalgia aquí en la tierra, y cavilaba durante el viaje hacia abajo sobre nuestra larga experiencia desde que el guarasapo ancestral trepó por la arena de la playa en busca del sol, muy antes de que el mono nos pusiera en el camino de la divinidad; cuando adquirimos el pigidio. Mi tren de pensamiento era lo que algunos de mis críticos llaman “biologismo”, sosteniendo con mucho menos fundamento que somos un producto total de la cultura; ni siquiera tenemos instintos. Pensaba yo entonces que un marciano que visitara la tierra llegaría de inmediato a la conclusión de que los hombres somos monos; una conclusión que nosotros tardamos miles de años en hacer, por no decir millones, y a la que solo llegamos cuando ya la evidencia era inevitable. Una conclusión que aún así hacemos todavía con muchas reservas infundadas de imagen y semejanza, y de cultura. El parentesco cercano es una conclusión desagradable, como cuando uno se entera de que hay en la familia un delincuente, o una prostituta. Es peor todavía: ¡hay un mono! Piense que un tico urbano con aspiraciones catorceñas se muere de vergüenza si le aparecen en la casa los primos pobres del campo.

Tengo una conocida que padece una androfobia patológica que alimenta continuamente; a pesar de que no le ha ido nada mal en el “mercado laboral”, que reconoce su talento. De hecho, se engranó exitosamente en la argolla del privilegio; lo que me recuerda corregir la noción del antropólogo Leonel Tiger, quien hace unos 40 años sostenía en Men in Groups, que era característica de la especie humana que unos machos dominantes se organizaran en grupos impenetrables de poder, en perjuicio de los demás; y de las hembras. Pues es evidente que esos grupos de poder están ahora sexualmente integrados: (People in Groups?). Especialmente en un país de argollas.

Como es lógico, en cuanto a la naturaleza y las causas de la discriminación femenina, mi conocida y yo no podríamos estar en mayor desacuerdo. Si los hombres reconocemos en las mujeres todos nuestros defectos, ¿por qué no habríamos de aceptar que tienen también todas nuestras virtudes? ¿Por qué no lo habrían de aceptar ellas? Pero esa señora toma su evidencia muy selectivamente de la literatura clásica, como el de esa muchacha que se suicidó en la antigua Roma porque la violó un amigo de su esposo; un ejemplo de virtud excepcional donde lo que predomina es el pragmatismo gringo de if you can’t help it, enjoy it. Yo prefiero tomar mis ejemplos de la biología, y soy por lo tanto para ella, un “biologista”, por lo que no podemos discutir. Pero fueron precisamente esos intentos de discusión los que me llevaron al “biologismo”, que es, por otra parte, una especulación mucho más divertida que el odio y el resentimiento.

El “biologismo” nos permitiría, si no exonerar a los hombres de la culpa por la discriminación femenina, por lo menos si dejar de gritar “métanlos presos, cápenlos, mátenlos”. Seguro nos ayudaría a cambiar el fundamento vengativo de la justicia, que, como decía Bernard Shaw, nunca ha corregido a nadie, y sale tan cara. Nos permitiría reconocer que la buena conducta social es un mandato de la misma naturaleza para evitar la extinción de las especies. Nos permitiría dejar de estar presumiendo de características exclusivas humanas, como la parasicología, el altruismo y el lenguaje, y reconocer que son comunes entre los animales. Nos haría más tolerantes de una sociedad que da más importancia a los gritos o el poder del expositor que a sus argumentos. Piense en el rumbo positivo que tomaría el tratamiento de nuestras desavenencias sexuales, si reconociéramos que algo tienen que ver fenómenos como la desaparición del celo y la receptividad permanente, las relaciones sexuales de frente, la marcada neotenia en la mujer que la hace más amena a la adopción cultural, y la permanencia en el macho de características anteriores a esos cambios biológicos fundamentales. Si tenemos un pasado hay que tenerlo presente en vez de desconocerlo, o inventarnos un origen socialmente aceptable.

Tomé un libro al azar para leer durante el viaje al mar, que resultó ser War and Peace de Mc Luhan y Fiore, y cuando lo abrí también al azar, esto decía: “hasta en el uso de símbolos que se considera tan humano, y en el desarrollo del lenguaje, que no solo nos permite interpretar la realidad, sino crearla, tenemos que aceptar la existencia anterior de un gestalt”. De hecho, dice que la evolución humana se separó del resto por medio de la máquina, que es solo una extensión de la mano y el pie, y no la podemos manejar, porque provoca espásis; un mal que originalmente proviene del descontrol entre los nervios flexores y extensores de nuestras extremidades; todo lo cual se ve muy agravado por el advenimiento de la computadora, que es una extensión de nuestro sistema nervioso, pues no podíamos ya con la rueda y la palanca que nos llevan presos desde el advenimiento de “los tiempos modernos”. Mc Luhan dice que como los criptólogos trabajaban dentro del sistema mecánico, no se dieron cuenta de que estaban introduciendo una nueva etapa evolutiva. Yo pienso que quizá Turing si lo advirtió cuando los ingleses le pagaron el triunfo de la segunda guerra llevándolo a la muerte por ser homosexual: otra manifestación inevitable de conducta atávica, que nos asemeja a un bicho que muda pero no se le despega la exuvia.

Claro que yo no estoy presentando el azar de mi tolle lege como evidencia científica, pues está más bien en el campo incomprensible de las series sincrónicas, a las que en mi nueva humildad doy una importancia que no aceptaría jamás el “método científico”; además de que estoy especulando.

Los humanos si somos unos seres extraodinarios. Yo soy uno. El problema con nosotros es que entre más trepamos más se nos ve el rabo, posiblemente que porque no nos podemos desprender de nuestra naturaleza animal. Hace una catizumba de años otro científico se hizo famoso enfatizando nuestras propensiones sicalípticas en un libro donde nos llamaba “el mono desnudo”. Esas propensiones son sin duda la causa real de todas las desavencencias entre las dos mitades de esa especie autodestructora arrogante que reclama estar hecha a imagen y semejanza de Dios, y no encuentra la forma de acomodarse desde que se hizo bípeda. Pero nuestra arrogancia va mucho más allá (vea la sinergia empresarial), y yo encuentro que un calificativo más adecuado para nosotros es, el mono pigídico.

José Calvo | 24 de Marzo 2008

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