El eminente ciudadano y hombre de letras, don Eugenio Rodríguez Vega, falleció esta mañana. Sus restos estarán en capilla ardiente a partir de las siete de esta noche en la funeraria Montesacro, San Pedro de Montes de Oca. Oportunamente se darán a conocer los detalles del sepelio.
En la actualidad, don Eugenio fungía como Miembro de Número de la Academia Costarricense de la Lengua y miembro del Consejo Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
Nació en San Ramón en 1925, hijo de don Virgilio Rodríguez y de doña Amalia Vega. Estudió en el Liceo de Costa Rica y se graduó como abogado en la Universidad de Costa Rica, en 1943. Su señora viuda es doña Norma de Rodríguez, profesora jubilada de matemáticas, y con quien procreó cuatro hijos.
En su carrera destacó como miembro del Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales. Fue cofundador del partido Social Demócrata y director de la Revista Surco, así como de otras publicaciones culturales y políticas.
De 1952 a 1961 fue abogado del Banco de Costa Rica. Fue profesor de Sociología en la Facultad de Ciencias y Letras de la Universidad de Costa Rica y subdirector del Departamento de Estudios Generales. Fue Contralor General de la República (1964-1970). Elegido rector de la UCR, de 1970 a 1974. Presidente Ejecutivo del IMAS y Ministro de Educación Pública en la Administración Monge (1982-1986). Premio Magón de Cultura 2005.
Autor de numerosas obras, entre ellas: Apuntes para una sociología costarricense (1953); Los días de don Ricardo (1971); Ricardo Jiménez Oreamuno, “su pensamiento”, prólogo, selección y bibliografía por Eugenio Rodríguez (1980); Biografía de Costa Rica (1980); De Calderón a Figueres (1981); Siete ensayos políticos: fuentes de la democracia social en Costa Rica (1982); Ensayos olvidados sobre don Ricardo Jiménez, prólogo y recopilación por Eugenio Rodríguez Vega (1994); Voces del 43 (1995); Cinco educadores en la historia (2001); Costa Rica en el siglo XX, editor (2004); Cien momentos (2006).
El siguiente es el texto de su discurso pronunciado en el Teatro Nacional, el 24 de mayo de 2006, al recibir el Premio Magón:
Cuando subía las gradas para llegar a este escenario, oyendo los aplausos generosos que aunque no quiera deberé siempre recordar, sentía una impresión curiosa que en otras oportunidades he sentido: la de que todo esto se refiere a otro, y que de algún modo soy un extraño en un ambiente intelectualmente tan elevado. Y no es teatro ni artificio retórico. En mi adolescencia y juventud fui pobre, aldeano, idealista, marcado por la timidez y con leves tentaciones a la melancolía. Claro que todo eso quedó atrás, pero sin duda debe haberse incorporado de alguna manera a mi personalidad, en la que no faltan ciertos titubeos e incertidumbres. Por eso en estos días en que muchas voces queridas me han asegurado que “es un premio muy merecido”, yo -que verdaderamente no lo creo en absoluto- aunque tengo mis dudas pienso que voy a terminar creyéndolo…
Me fui de una institución bancaria a la Secretaría General de la Universidad de Costa Rica, sin ser académico; de aquí pasé a la Contraloría General de la República sin ser un administrador público ni un técnico en control fiscal, precisamente cuando algunos me consideraban un académico; volví después a la más alta función de la Universidad de Costa Rica, y muchos me percibían entonces como un funcionario administrativo metido en cosas que no le correspondían; después llegué al Ministerio de Educación Pública sin ser verdaderamente un maestro. Más adelante en la política se me consideraba a veces como una especie de intelectual ingenuo que nunca había pasado por la Municipalidad ni por la Asamblea Legislativa; sin embargo, cuando llegué a otras partes algunos me percibían como un político con intenciones sospechosas. Por eso yo me preguntaba válidamente: ¿Qué soy en realidad? Al fin y al cabo, uno nunca se conoce aunque esté convencido de lo contrario. Con el tiempo llegué a una conclusión muy simple: soy un funcionario público que siempre lee y a veces escribe.
Pero debo decir aquí que aunque a mi llegada a un nuevo destino se me consideró algo así como un intruso, actué siempre con una seguridad que todavía me asombra. Ahora comprendo bien lo que entonces tal vez no comprendía: llegué a las oficinas administrativas con muy firmes preocupaciones culturales, y entré a los recintos académicos con la comprensión muy clara de los concretos problemas de la Administración Pública y del gobierno. Lo que suponía mi debilidad era realmente mi fortaleza: esto de llegar, por ejemplo, a la Contraloría General de la República con algunos libros de narrativa y de poesía, o ingresar a la Universidad de Costa Rica con una buena experiencia en licitaciones y control presupuestario. Con un humor y con algo de malicia miré siempre a los nuevos compañeros de trabajo, seguro de que muy pronto me perdonarían esas cosas extrañas que me acompañaban. Al fin y al cabo -y esto debo subrayarlo al recibir el Premio Nacional de Cultura- desde la infancia vivo entre los libros, que me han enseñado a entenderme con los seres humanos en circunstancias muy diversas, aunque siempre teniendo presentes las palabras de mi maestro Miguel de Montaigne, que desde la adolescencia me enseñó perdurablemente que en el primer lugar de nuestro afecto deben estar los seres humanos, y sólo después los libros: a éstos debemos amarlos, pero no adorarlos. Repasando tantas cosas ocurridas en mi vida, debo confesar en esta noche que me considero un afortunado del destino, pues queriéndolo o no alguna mano oculta siempre me ha acompañado; por eso ahora tengo que decir que tal vez no crea mucho en ciertas cosas, pero sí creo fervientemente en el Ángel de la Guarda…
Costa Rica es el tema de mis ya numerosos libros. Ahora, después de escritos y con la perspectiva que sólo dan los años, descubro que hay un hilo que los unifica, desde el primero publicado en 1953 hasta los dos últimos que aparecerán próximamente: la pasión de lo costarricense. Esta es una patria que debe llenarnos de orgullo por lo que sus hombres y mujeres han logrado hacer a lo largo del tiempo. En los últimos años se ha generalizado, sobre todo por la influencia de algunos círculos académicos, una cierta actitud de menosprecio hacia lo costarricense, pues algunos se empeñan en negar o desconocer ciertas características positivas de nuestra vida; resulta que para ellos nada nos define o distingue, ni en los grandes acontecimientos de la historia ni en las acciones de algunos hombres y mujeres prominentes. Se denuncia como un pecado costarricense la idealización de los acontecimientos históricos, como si las otras naciones no hubieran hecho lo mismo.
Siempre he sentido que éste es un país muy especial, como también son especiales -para sus hijos- los otros países hermanos, cada uno marcado inevitablemente por su propia historia, su cultura, su vida social. Por eso debemos tener el justo orgullo de lo nuestro, aunque también la decisión de luchar contra los signos negativos que nos amenazan y que están dañando nuestra vida: la pobreza, la corrupción, el deterioro alarmante de la salud y de la educación pública. Claro que este orgullo costarricense nada tiene que ver con el patrioterismo, esa actitud bárbara y ridícula en un mundo “globalizado” -como ahora se dice- en el que debemos sentir profundamente los valores positivos de otros pueblos hermanos y solidarizarnos abiertamente con ellos.
Me alegra profundamente que a estas alturas siga fiel a mis ideales de juventud, y pueda ahora reiterarlos sin cambiar ni una palabra: todavía sueño -como entonces- en una Costa Rica que viva en la libertad política, practique la justicia social y sea capaz de mantener el desarrollo económico. Porque sin justicia social la libertad es un mito, sin libertad la justicia termina en dictadura, y sin desarrollo económico son imposibles la libertad política y la justicia social.
El tango dice que veinte años no es nada, pero yo debo agregar con resignación que ochenta años es algo. Desde esta altura, con los inevitables achaques de los años que un clásico llamaba hermosamente “las injurias del tiempo”, saludo a todos agradecido y emocionado por una distinción que va más allá de mi modesta contribución a la cultura costarricense. Y les garantizo que en estos momentos, gracias a ustedes, ya no me siento como un extraño en medio de tantos amigos generosos.
El Editor | 10 de Marzo 2008


2 Comentarios
Honda sorpresa me ha causado el fallecimiento del eminente intelectual don Eugenio Rodríguez Vega, premio Magón, este servidor tuvo el placer de conocerlo en la Universidad de Costa Rica hace como cuarenta años y su excelente labor en la Costa Rica posterior a la guerra del 48, que precisamente en estos días se cumplen 60 años de la gesta dirigida por don José Figueres Ferrer, en pro de la defensa del sufragio y del progreso social de nuestro país. Hace dos años tuve el placer de visitarlo en su casa en San Rafael de Santa Ana, donde mi autografío algunos de sus libros y comentamos algo sobre la historia patria. También siendo rector de la Universidad de Costa Rica firmó mi título de Bachiller en Historia y Geografía en enero de 1971. Guardo muy gratos recuerdos de él, mis condolencias a sus familiares.-
No tuve el honor de conocerlo personalmente, si bien lo conocí por medio de sus libros, los cuales estudiábamos en los cursos de la Universidad de Costa Rica a finales de los setenta, en ese entonces llamados Seminarios de Realidad Nacional. Cuestionado su pensamiento y sus interpretaciones en esos tiempos dentro de las discusiones que teníamos como estudiantes de Sociología, dichosamente hasta su último momento mantuvo un pensamiento lúcido y aleccionador.