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El cambio

José Calvo | 17 de Marzo 2008

Cualquier paradigma es una forma de religión. Supone algo, promete algo, y no acepta examen o revisión. Aun quienes criticamos el paradigma de moda caemos con frecuencia bajo su influencia, aceptando su punto de vista, que a veces incorporamos inadvertidamente en la discusión. Así, en el libro, digamos ambientalista, de Diamond que comenté, este muestra la influencia poderosa de su nacionalidad aceptando como verdadera lo que llaman “la tragedia del común”, según la cual no puede haber propiedad común porque se mal administra; digamos que todas las familias que echan la vaca allí pretenden meter más animales que los demás haciendo un hato, lo que agota el recurso. De aquí sólo hay un paso para recomendar la privatización de todos los recursos. Don Thelmo Vargas propuso un día por La Nación que privatizáramos las ballenas como una manera de evitar su extinción, pues así se reproducirían “exitosamente” como las vacas. De hecho, esto es parte de otro fenómeno estratégico de la “empresarialidad” que yo llamo “retorcer las definiciones”: digamos que les estorba el concepto de que los hallazgos no se pueden patentar como inventos, o el de que las plantas y los animales no sean patentables porque son obra de la naturaleza. Pues se cambia la definición para que sean patentables: “Es patentable todo lo que esté bajo el sol hecho debido al talento del hombre”, como ha dicho la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos. A veces se procede por grados para desgastar el concepto anterior: Los organismos no son patentables, pero los microorganismos sí, como dice nuestra ley de patentes industriales, y el Tratado de Budapest, donde la misma definición de microorganismo permite casi cualquier cosa. Este procedimiento imperialista va acompañado del abuso del procedimiento parlamentario que consiste en mandar a la Asamblea la pretensión una y otra vez, hasta que pasa “democráticamente”, esquivando los escollos con interpretaciones leguleyas como los bises.

Mostrando otro rasgo de nacionalidad, como Gore, Diamond cree que la sostenibilidad es posible; yo no creo que su cultura de negocios lo puede evitar, aunque no sean consultores de las empresas. Y está en el libro de Diamond que comenté el caso flagrante de su análisis de Australia: Es un país de suelos malos, y poca lluvia; con una fauna y flora frágiles, que no pueden competir con los organismos importados; los que tampoco se dan allí con la misma “productividad” que en su país de origen. Pero la necesidad de competir en el mercado los ha llevado a “minar” sus recursos: a explotarlos exhaustivamente como se hace con los minerales que no son renovables. De ajuste venden los que podrían ser renovables como materia prima: mandan a Japón las virutas de madera de sus pocos árboles a 7 dólares la tonelada, y la compran como papel a 1000 dólares la tonelada. Pero como su agricultura y su ganadería son “improductivas”, necesitan subsidios estatales, y como sólo contribuyen el 3 % del PIB, Diamond recomienda que la abandonen, y dependan mejor de la importación de alimentos de agriculturas más eficientes, (Estados Unidos y Europa), que quedan a miles de millas de distancia, y las subsidian más. Uno puede disculpar eso porque Diamond lo escribió tres años antes de que se dispararan los precios de los alimentos en el “mercado internacional”, pero lo que no se puede disculpar es el concepto fundamentalmente ideológico en que se basa: el de la ventaja comparativa, que juzga al mundo como una unidad, y que no tendría nada de malo si no se considerara permanente como un dogma central.

Por cierto que nunca se ha visto la terquedad dogmática del paradigma del mercado como ahora que se dispararon los precios de los alimentos; cumpliéndose lo que les hemos profetizado tantísimas veces: que era falsa la “ventaja comparativa” que utilizaban para justificar su “mercado internacional”; lo que supuestamente beneficiaba a los gringos porque así podían salir de sus excedentes alimentarios subsidiados, y a nosotros porque nos permitía importarlos baratos. Era evidentísimo que si todo el Tercer Mundo se ponía a importar aquellos excedentes, su cantidad no iba a alcanzar para todos, y que como ese procedimiento “de mercado” arruinaría la agricultura del Tercer Mundo, habría de venir una crisis alimentaria. Eso es precisamente lo que ha pasado. Pero el dogmatismo neoliberal no les permite aceptarlo, y salen ahora con unas explicaciones tan absurdas del fenómeno, como absurda fue la política con que lo causaron: dicen que la escasez de alimentos se debe a la conversión de los granos en alcohol combustible; cuando lo que se convierte es una cantidad insignificante. O que se debe al cambio climático; cuando ese cambio, que si tiene un potencial terrible, como ha ocurrido cinco veces en el último millón de años, apenas si se empieza a manifestar. El Financiero nos advierte contra la tentación de producción local de alimentos, porque la ventaja comparativa aconseja mejor producir alcohol. Y don Oscar Arias acusa a los europeos de hipócritas porque mantienen sus subsidios agrícolas, y quiere que nos defienda de eso el chapulín colorado de Ocampo que ya nos aniquiló en el CAFTA: como si los europeos no nos estuvieran pidiendo lo mismo que ya les dimos a los gringos. Dice además que la agricultura tiene muy poca importancia en el Primer Mundo, (aunque de eso comen), que tienen muy pocos agricultores, y… que sus subsidios se deben a la influencia política de esos pocos agricultores; pero ni siquiera cavila sobre cuál puede ser entonces la razón verdadera del subsidio; que no es otra que su SEGURIDAD ALIMENTARIA. Hipócrita que sea el empresario campeón de esa libertad de comercio, bajándose del carro de guerra de la ilegalidad, para ir a la conferencia de Chopra que busca un cambio global. Sincero que sea Soros en esa mafia financiera, porque confiesa públicamente la contradicción del capitalismo que le permite hacerse millonario, “¿ah, ah?”

Pero reconozcamos que la influencia del paradigma del libre comercio, el mercado global, y el crecimiento sostenido está presente con toda su fuerza lejos de la metrópoli, como lo tenemos aquí; es una actitud “global”, y para contrarrestarla se necesita otra religión: esa es la tragedia de la humanidad.

Encontré muy pertinentes las apreciaciones de Kurt Vonnegut que puse en mi artículo de Tribuna, “Cómplices”, porque señala la imposibilidad de hacer oposición si uno comparte los mismos intereses: McGovern con el mismo discurso de Nixon, o Kerry con el mismo de Bush. ¿Tiene don Ottón un discurso realmente diferente que Arias, aunque si tenga una ética diferente. Pero no preguntemos eso solo a don Ottón, ¿lo tiene alguien? Y admitamos dos cosas: 1. que sin un discurso diferente no se puede contrarrestar la ideología predominante, aunque uno diferente se puede imponer por necesidad, y 2. que un discurso realmente diferente requiere mucho valor, y es difícil. Como decía Bertrand Russell: “la gente pide seguridades, y es más fácil que las den los charlatanes que ofrecen llevarlos a la tierra prometida: matad a los servios, y que reinen los croatas. O matad a los croatas y que reinen los servios”. O como aquí: “aprobad el TLC y los que venís al trabajo en bicicleta vendréis en moto, y los que venís en Hunday vendréis en Merceds Benz”. Reforzado por el terror: “Si no lo aprobáis vais os come el coco”. Maquia-bello y el “cerrojo mediático” son especialistas en eso, que no se puede contrarrestar con la moderación ni con la razón, y necesita otra respuesta emocional. De hecho, los intereses económicos del grupo poderoso se complementan con su religión: la encomienda salva el alma de los indios y la hacienda del encomendero.

Me reclaman que no señalo el camino, aunque he señalado algunos insistentemente, en seguridad alimentaria y propiedad intelectual. Pero no un road map, porque yo no sé cuál es. Se cuál no es. Cuando era asesor legislativo de don Guido Vargas (a mitad de precio por no estar colegiado, como aprovecho siempre para decir) alguien pensó que debíamos poner nuestra razón de ser en la revista parlamentaria, y don Guido me pidió que lo hiciera. Pero el editor la rechazó porque “no daba las referencias, y no proponía una solución a los males que señalaba”: de hecho, se llamaba “El camino hacia acá va por allá,” como decía el mapa dogmático con que Conejo trataba de sacar al grupo perdido de Winnie Poo. Apareció en Acta Académica de noviembre 1999, cuando todavía estaba allí el númen tolerante de don Alberto Di Mare.

Pero si uno no puede honradamente decir al pueblo que confiere el poder cómo llegar al milenio, sí puede hacerle ver que los otros lo están engañando; que lo tienen pegado de la tele. Que su promesa de bigger than life es insostenible. Que por ese camino perdemos toda posibilidad de rectificación. Que el ansia insaciable de más y más aniquila la democracia y sus instituciones y fomenta la delincuencia y la corrupción. Que eso lleva al colapso. Y viendo además cómo la gente se vuelca a la magia de El Señor de los Anillos y Harry Potter, las drogas, el yoga, o algún sustituto de la religión organizada que se les globalizó y metió a los cambiadores de moneda dentro del templo, se les puede ayudar en su búsqueda espiritual fomentando la moderación y la templanza, al mismo tiempo que se les señalan las evidencias claras de insostenibilidad del paradigma neoliberal: la ruina de la agricultura del Tercer Mundo, el cambio del clima; el agotamiento del petróleo sin otra fuente de energía; el descontrol del ciclo económico; las guerras permanentes; el aumento de la delincuencia y la corrupción; la burla de la democracia; y un electorado indiferente, domesticado, víctima fácil de cerrojo mediático. Pero hay que atreverse, y es verdad que aún no vemos ningún líder que lo haga; además de que la izquierda todavía esta mirando nostálgica a lo que le falló en el pasado, que era en realidad el mismo más y más de la derecha.

José Calvo | 17 de Marzo 2008

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