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El asperge

José Calvo | 31 de Marzo 2008

No termina uno de oír de las nuevas enfermedades. La gente que tiene plata dispone para curarse, o para tratar de curarse, de todos los recursos de la medicina, y como “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, estos recursos van cambiando. Yo había escuchado muchas explicaciones sobre la conducta inadecuada de un niño que es muy inteligente pero no se puede relacionar, y cuando trata de hacerlo alentado por los padres, hace un domingo siete. Pero la última explicación de la ciencia es que el muchacho padece de “asperge”, un mal hereditario que proviene directamente del padre, y funciona ahora en esa familia como un común denominador para explicarlo todo. ¿Qué él se divorció de lo que se le echa toda la culpa? Asperge. ¿Qué su hijo, el papá del muchacho disléxico se divorció, de lo cual se le culpa porque era muy poco cariñoso? Asperge. ¿Qué otro hijo suyo cambia de novia cada tres meses y no puede formar ninguna relación estable? Asperge. ¿Qué la hija mayor no le habla, ni aceptó el trato de que él les dejara su casa a los tres hijos, con la condición de que no vendieran en vida de la madre, porque ella quería su parte de la “herencia”? Asperge. ¿Qué una hija de su segundo matrimonio se fue de la casa y eso lo hace por dañar a sus padres en alianza con enemigos? Asperge. Ni siquiera la crianza, la alimentación, el cariño, la medicina privada y la educación privada que les pagó, cancela en nada el daño que les hizo con el asperge. Pero aquí es donde viene lo mejor, porque ¿de dónde sale todo ese asperge? Pues el responsable es el tata. Quien además tiene la culpa de que fracasara su primer matrimonio, lo que (en su ignorancia de la ciencia) él cree que interviene poderosamente en estos diagnósticos, por aquello de la siembra de resentimientos en la mente de los jóvenes. El hombre no sirve, y en último caso su nueva esposa tampoco, pues de haber tenido más carácter pudo haber contrarrestado la funesta influencia aspergética del tata, en vez de solo dar “amor sobre las rodillas”. A juzgar por esta aspersión unilateral de genes determinantes de conducta inadecuada, la descendencia parece ser partenogenética. O que ocurrió una meiosis que segregó las virtudes de los defectos y abortó el gameto bueno. Y no se quiera explicar cómo puede haber ocurrido ese fenómeno extraordinario, porque seguro eso viene ya en el tren del adelanto científico; lo que el hombre aspergético no recuerda es haber tenido ningún parto. Y lo peor de este mal es que no sirve ni la eugenesia, pues habría que esterilizar un montón.

Como es natural, el inculpado miró hacia atrás a ver a quién podía culpar él, pues, como es natural, tiene entre sus antepasados una buena porción de gente probable, aunque ya no están vivos. Su abuela materna tenía un genio de todos los diablos y un valor a toda prueba, y así son varios de sus familiares extranjeros según le cuentan. La tía abuela, era un caso típico del asperge que le han descrito. De sus virtudes no le contaron nada, y seguro que las tenía. Pero pensándolo bien, el contaminador que hizo la aspersión también pudo haber sido su abuelo paterno, a quien sí conoció, y era otro caso, aunque él no sabe si de asperge: era lo que podríamos llamar un loco simpático. Pero este ejercicio genealógico no impresiona para nada a sus descendientes, satisfechos ya de haber encontrado su chivo expiatorio, cuyo diagnóstico hizo el facultativo de esta ocasión a control remoto, y por suerte de gratis para él, pues ahí el hombre iniciador del mal no puede seguir a sus hijos, aunque seguro no la haría aunque tuviera la plata.

Pero como no hay mal que por bien no venga, el hombre debe reconocer que este diagnóstico lo exime de toda culpa, o por lo menos lo deja en la condición de un simple depositario del material genético en la historia de la familia, con la única culpa de haberse reproducido, aunque no lo hizo solo. Lo que si se puede decir es ¡qué familita! Pero cuidado, si tienes el techo de vidrio, como casi todo el mundo. Sólo que revisando el árbol, mi amigo siente un gran respeto y admiración por su papá a pesar de su asperge evidente, y recuerda con mucho afecto a un tío que era otro caso patético, y a otro que no se aguantaba ni solo y tenía un talento extraordinario, y un gran corazón. Si hay vida en el más allá nada le gustaría a mi amigo más que verlos en el comité de recepción, y no les va a decir nada del asperge; no sería bondadoso. Aunque él no puede decir nada bueno de su tía María, que no era amable; o más bien, a quien era imposible querer. Fue a su funeral, y dice que costó mucho encontrar una cuarta persona que alzara el ataúd , lo que de seguro la tuvo sin cuidado, tal era su grado de asperge.

En su Historia de San Michele, Axel Munthe cuenta cómo iban y venían las modas en la medicina de sus días, y todavía es así. Un tiempo era la colitis, otro tiempo era el surmenage, otro era la vesícula biliar. Las mujeres ricas de su clientela de moda le regalaban la foto dedicada, y un día que hizo limpieza, seguro porque había cambiado la moda, las fotos cayeron en las manos de un buhonero quien después las estaba rematando en la esquina: “!Ecco la sposa del gobernatore, cinco lire, cinco lire, una vera ganga! Si todavía se acostumbra regalarle la foto al doctor, yo vería con gusto a un buhonero en la feria de las pulgas rematando las de los parientes aspergéticos de mi amigo: seguro compraría la colección, porque podría servir como evidencia de otro mal, aunque esa su actitud refuerce la sintomatología aspergética y remache su clasificación.

Viendo el lado bueno del asunto, creo yo en primer lugar que con asperge y todo los descendientes no existirían sin su culpa. Y en segundo lugar, que como él ya no está en edad de reproducción se acabó su culpa en el asperge y empieza la de los demás: ahi que vean.

José Calvo | 31 de Marzo 2008

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