Viajar es escribir aunque no se exprese ni una sola palabra.
El afuera de las cosas, el paisaje y las gentes, son apenas un conjunto de miradas que se convierten en palabras. Mudas, escondidas en el yo interno que, adentro de la mente, van construyendo el diario de abordo, que no es otra cosa que lo que escribimos siempre.
La banalidad de ser en la escritura se transforma en la trascendencia de ser en los pensamientos, aunque uno, de hotel en hotel, pareciera no haber salido nunca de su habitación, cuarto, estudio: cerrazón absoluta a toda presencia o palabra ajena.
En el viaje, o periplo, uno busca solo fragmentos de lo que está siendo, en relación con lo que vio antes, cuando viajar era un inicio de formación hacia ese algo que nunca concluimos y en el cual la escritura, por sí misma, no tiene la menor importancia como no sea de libro abierto en donde anotamos lo que creímos haber visto.
Por eso dejamos todo ordenado como si no hubiéramos salido nunca y, al regresar, todo estuviera como si no alterado ni un florero. Aunque es gozoso viajar, la solidez del umbral propio nos remite a lo que nos espera mientras buscamos la llave.
Antes, me dijo una persona mayor que yo, uno pensaba que nunca habría de regresar al inicio de los pasos, y que podría ser que se quedara perdido, mudo, en algún sitio del universo.
Nadie reclamaría nuestro cuerpo y nos enterrarían con un número, en el cementerio de los no reclamados.
Tema para un cuento. Ese de quedarse perdido en una ciudad ignota, en donde nadie nos conoce y solo hablan un lenguaje extraño.
Eso, la pérdida, sin reencuentro, en este caso la cultura, pareciera ser el tema para los escritores más jóvenes de Vietnam.
Algunos escriben en su idioma propio, otros en francés y aquellos trazan garabatos en la red, en revistas que leen unos pocos, para poder expresar lo que realmente sienten. Son marginales en su propio ámbito, mientras la gran literatura vietnamita pareciera estarse escribiendo en París, Pekín o Nueva York, a donde han emigrado algunos, por no poder expresar lo que viven, sienten y desean comunicar a los suyos, o al fin: a ellos mismos. La literatura del exilio, voluntario o forzado, es siempre la misma en relación con la tierra madre, o con los fragmentos de territorio en los otros países de Occidente, principalmente. Pero en el caso de Vietnam, la escritora más apreciada por los más jóvenes, es Marguerite Duras, en esa relación entre la Cochinchina, así se llamó alguna vez este país, fragmentación y luego la unificación, con dos ciudades disímiles: Hanoi y Ciudad Ho Chi Min. Un dato interesante: los escritores de otras generaciones, o se han autosilenciado o han muerto, junto con la literatura “heróica”, el viejo realismo socialista, en donde la conciencia política estuvo muchas veces por encima de su valor literario.
De Marguerite Duras, caso extraño, el libro que más influye es el último: C’est tout, verdadero ejercicio del lenguaje, en donde la autora llega al paroxismo del acto de escribir, en un texto apretado, con sus más relevantes ideas.
Un libro para andar en la valija de mano, ignorar el paisaje exterior, y leerlo a pedazos como fue la vida de esta mujer extraordinaria. Conocer el lenguaje, las palabras, el sentido último del vocablo, podría ser el rescate más relevante de la muerte.
O por el contrario: el más banal, porque se lleva sobre la frente como un estigma: ser escritor.
Es espantoso comprobar que los más de dos millones de ciudadanos vietnamitas muertos por la guerra, más los cincuenta mil jóvenes norteamericanos que invadieron el país y fueron muertos en combate, por defender su suelo los primeros, por razones ideológicas los otros, ambos por patriotismo, eso dice la historia oficial, puede que hayan sacrificado su vida por nada ante el auge de la vida social, el despilfarro, las ciudades en manos del capitalismo extranjero y esa nueva clase de ricachos, nuevos ricos y jóvenes yuppies, no han avanzado mas, que se reparten la historia de hoy en día, con las secuelas futuras de un país bellísimo convertido en un escaparate, en donde la prostitución, las drogas, el turismo sexual infantil o las migraciones de jóvenes para prostituirse en los países vecinos, o lejanos.
¿Y de que escriben los jóvenes escritores de este país? Por lo que es perceptible, y poco leíble, sobre las relaciones entre las familias, historias conflictivas de jóvenes, la corrupción, la nueva clase dirigente, la emigración, hasta la serie negra sobre las aventuras de mafias y policías para desentrañar un crimen, o varios asesinatos, con cadáveres hallados al borde del Gran Río, o en un lujoso loft reconstruido.
Son escritores, pero también los hay que dibujan y pintan, hacen audioviales, cine de exportación light, con la mirada puesta en la India, donde los actores, hombres y mujeres, parecen ser los más bellos del planeta.
La globalización existe y ha llegado para abrir nuevas perspectivas, aunque son muy críticos de la intangible apertura, pues el país se ha convertido lentamente en una maquila, pero les permite ciertas cosas que nunca habían tenido, pero creyeron tener, cuando Francia dominaba el escenario cultural. Los nuevos artistas son refinados, cultos, elegantes o medianamente desajustados, al igual que en otros escenarios del mundo.
Dos opciones les quedan: autocensurarse, sufrir los embates de los funcionarios, o escribir y hacer lo que les venga en gana. También el comunicarse con sus colegas en el exterior, en esas ciudades donde sus coterráneos hacen vida propia, y posiblemente nunca volverán, establemente, a su país de origen.
Escribir es viajar. Eso lo expresó Göethe mientas vagabundeaba en la meridional Europa, en búsqueda de temas y personas, leyendas o historias para dar forma a su obra más personal.
La importancia de mirar en el adentro de las cosas es parte del viaje.
Y mantener la idea del tiempo y el espacio como algo compartido, sabiendo que estamos en un mundo global, donde el futuro no solo es posible sino necesario.
Para los ciegos: una pupila abierta. Para los mudos un murmullo convertido en sílaba.
Para los muertos, la simple expresión de un aliento dirigido al aire. Esto es todo, como nos lo señalara Marguerite Duras.
Tan sólida como un diamante.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 24 de Marzo 2008


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