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Darío y Machado

Raúl Marín | 21 de Marzo 2008

En la Europa finisecular decimonónica o en los albores del pasado siglo dos gigantes del arte poético de la lengua española, el nicaragüense Rubén Darío -“el indio divino” al decir de Ortega y Gasset- y Antonio Machado, uno de los poetas españoles más dilectos y leídos, fueron entrañables amigos, departiendo alegrías y penurias tanto en Madrid como en París.

Escribo este apunte con base en la obra de Ian Gibson Ligero de Equipaje. La vida de Antonio Machado (Santillana Ediciones Generales, Madrid, 2006, p. 621) pues esa biografía, si bien se ocupa de esa relación, lo hace en prolongados términos cronológicos por lo que nos pareció aconsejable atar los valiosos elementos que a lo largo de ella se dan en relación con esa fraternal relación, poco conocida en nuestro medio.

No está clara la fecha en que se conocieron Darío y Antonio Machado; todo parece indicar que fue en Madrid en 1899 -según recuerdos de Rubén Darío muchos años después-, aunque Machado lo fecha en el París de 1902 (p.115). Lo cierto es que esa amistad tenía un común denominador: la mutua admiración poética a lo largo, muchas veces, de bohemias noches.

La fascinación de Darío hacia Machado se refleja, al principio, en el artículo que envía a La Nación, de Buenos Aires en 1909 -año del matrimonio de Machado con Leonor Izquierdo Cuevas, ella de 15 años, él de 34-, en la que analiza y reproduce trozos del texto y seis poemas de Soledades. Galerías. Otros poemas, indicando sobre este poeta español: “Sabe que nuestras pasajeras horas traen mucho de grave y que las almas superiores tienen íntimas responsabilidades. Así vive su vivir de solitario el catedrático de la vieja Soria. No le martirizan ambiciones. No le muerden rencores. Escribe sus versos en calma. Cree en Dios. De cuando en cuando viene a la corte, da un vistazo a estas bulliciosas vanidades. Conversa sin gestos, vagamente monacal. Sabe la inutilidad de la violencia y aun la inanidad de la ironía. Fuma. Y ve desvanecerse el humo en el aire” (p. 211-212).

Estando ambos vates en París, la joven esposa de Antonio enferma gravemente y este le escribe a Rubén el 17 de julio de 1912:

“Querido y admirado maestro: Una enfermedad de mi mujer que me ha tenido muy preocupado y convertido en enfermero ha sido la causa de que no haya ido a visitarle como le prometí. Afortunadamente, hoy más tranquilo, puedo anunciarle mi visita para dentro de unos cuantos días -a fin de semana-. Le quiere y admira. A. Machado” (p. 233)

El 6 de septiembre de ese año, frente a la recomendación médica de regresar a Soria para que Leonor, con tuberculosis, pueda “respirar aire puro”, Machado, sin dinero, le escribe a Darío:

“Querido y admirado maestro: Le supongo al tanto de nuestras desventuras por Paca y Mariquita (la compañera de Darío y su cuñada María, respectivamente) que tuvieron la bondad de visitarnos en este sanatorio. Leonor se encuentra algo mejorada y los médicos me ordenan que me la lleve a España…He aquí mi conflicto ¿podría V. adelantarme 250 o 330 frs. que yo le pagaría a Vd. A mi llegada a Soria? …” (p. 234, los paréntesis no son del original). Enseguida Darío envió el dinero. Leonor murió en su tierra natal para profundo pesar el poeta.

En 1905 Darío había dedicado a Machado un poema, denominado “Oración por Antonio Machado”, que este, orgulloso, colocó, a partir de 1917, al frente de sus Poesías completas, cuyo inicio reza así:

Misterioso y silencioso iba una y otra vez. Su mirada era tan profunda que apenas se podía ver. Cuando hablaba tenía un dejo de timidez y de altivez. Y la luz de sus pensamientos casi siempre se veía arder. …

En 1916 muere, a los 49 años, Rubén Darío en su tierra natal. Machado, al igual que Amado Nervo, gran amigo de Rubén durante los días heroicos de París, escribe el poema titulado “A Rubén Darío”, que dice en sus primeras estrofas:

Si era todo en tu verso la armonía del mundo, ¿dónde fuiste, Darío la armonía a buscar? Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares, corazón asombrado de la música astral, ¿te ha llevado Dionysios de su mano al infierno y con las nuevas rosas triunfante volverás? … (p. 320)

En octubre de 1938, Machado, en los meses anteriores a su propia muerte, escribe que está releyendo a Darío “el mayor encanto de los libros bellos” y que ahora su amigo difunto le parece “mucho más grande que todo cuanto se ha dicho de él.” (p. 595)

Raúl Marín | 21 de Marzo 2008

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