He leído Collapse (Penguin Books 2006), del Dr. Jared Diamond de la Universidad de California, autor del artículo del New York Times sobre el límite ambiental que me mandó recientemente don Armando Vargas y creí haber comentado aquí con el título de Cargo Cult. Collapse es el mismo tema, y el autor nos advierte sobre la ausencia de recursos para sustanciar el paradigma del crecimiento global sostenido; aunque como buen americano, muestra un cierto optimismo de que un desarrollo más sostenible nos salve de colapsar. Yo no he podido combatir aquí la creencia en el desarrollo sostenible, ni siquiera para que se diga más sostenible; como tampoco he podido hacer entender el concepto de la seguridad alimentaria, porque el tema está imbuido de la misma actitud dogmática consumista, a la derecha y a la izquierda. El discurso de China desde Teng es “crear una sociedad modestamente acomodada con características chinas para todas las etnias por medio de la economía del mercado y el concepto científico del desarrollo sostenible”. Que será como en Europa, entre las cinco estrellas y el Hi hostel o el andén de la gare.
Lo importante en Collapse es la opinión de un experto norteamericano con un conocimiento impresionante, de que el estándar de vida propuesto por el paradigma del mercado no se puede universalizar, y de que seguro no lo podrán mantener por mucho tiempo más, ni siquiera los países del Primer Mundo. Al final del atajo tecnológico que nos iba a permitir comernos el pastel y tenerlo nos espera el fantasma de Malthus con una sardónica pregunta: ¿Y?
El doctor Diamond documenta la historia de varias sociedades que colapsaron debido a que toparon con el límite ambiental, y aunque algunas no han colapsado todavía, el fenómeno es el mismo para todas: Montana se convirtió de uno de los estados más ricos en uno de los más pobres de los Estados Unidos cuando agotó sus minas y cortó sus bosques, pero está en la Unión Americana, y encontró un camino con una enorme discriminación social, con el auge turístico por su belleza natural, y uno urbanístico que todavía la puede hacer colapsar. Pero la isla de Pascua, las de Pitcairn, Henderson y Mangareva, la Groenlandia de los vikingos, y el suroeste americano de los anasazi colapsaron completamente quedando despobladas. Y la cultura maya se acabó, aunque los descendientes de los mayas estén todavía por allí. La historia es deprimente pero predecible. Las sociedades crecen y se hacen más complejas; encuentran aparentes salidas tecnológicas para seguir creciendo, y cuando viene un cambio del clima, como siempre viene, no alcanza la comida para todos, la sociedad se vuelve ingobernable, se establece la anarquía y la matanza, y la sociedad colapsa. Si la sociedad es autosuficiente alguna gente sobrevive, como en Pascua y Mesoamérica. Pero si depende del comercio con otras sociedades, el colapso es total y la gente desaparece como en Pitcairn, Henderson y Mangareva. Diamond no deja de externar entonces su preocupación por un mundo abocado al paradigma del comercio global: aunque él crea que el colapso es evitable a un nivel más alto de consumo de lo que es razonable, si se advierten sus señales y se hacen las correcciones. Solo que esto apareja necesariamente una merma de la población, y una del consumo. Como cree Al Gore, porque hay en esto una inevitable influencia étnica, que se puede ilustrar con el concepto anglosajón de “la tragedia del común” que ahora amenaza el bien público con la propiedad intelectual, bajo la peregrina aseveración de que este es apropiable porque “lo que es de todos no es de nadie”. Creen que los usuarios del común competirían entre sí para meter allí el mayor número de vacas, o para cortar el mayor número de árboles, lo que presume que están imbuidos de la mentalidad competitiva occidental del crecimiento económico; a pesar de que en la página 301, Diamond cuenta cómo en la solución Tokugawa a la deforestación de Japón el jerarca del pueblo vigilaba que los habitantes usaran los recursos del bosque a que tenían derecho. En el común de mi pueblo, donde todos echábamos la vaca, nunca hubo nadie que quisiera hacer un hato, porque nadie allí tenía la “mentalidad empresarial”.
Pero el problema real del colapso es siempre la falta de comida, y en el mundo que propone el paradigma del comercio global, solo los países pobres abandonan su seguridad alimentaria por insistencia de los ricos, que no renunciarán a su autosuficiencia.
Algunas personas piensan que yo tengo una obsesión con la seguridad alimentaria, pero no es así. Esa es solo una parte de mi obsesión, aunque quizá sea la más importante, pues sin comida no hay nada, de lo que se llama nada. Mi obsesión es con el paradigma del crecimiento económico sostenible: un oximorón que no pueden advertir porque amenaza sus aspiraciones de progreso material. Uno de esos inefables funcionarios de las Naciones Unidas ha dicho en una conferencia reciente aquí que como el capital ambiental es tan importante, hay que cuidarlo como cuidamos el presupuesto nacional; que es 50% deficitario: el de Arias es peor; aunque dicen que su endeudamiento es inversión productiva, como dicen todos siempre.
Claro que en un mundo obsesionado por el consumo, a derecha e izquierda, no hay mucha posibilidad de demostrar el error del consumo conspicuo propuesto para el mundo entero por el establecimiento empresarial; especialmente el americano, que lo impuso. (“Le defí americain”) Y mi lucha solitaria para defender nuestra seguridad alimentaria es un buen ejemplo del fracaso: el paradigma continuará ganando velocidad hasta que toque fondo, pero eso no tardará mucho.
Bajo riesgo de ser repetitivo, lo que yo encuentro más extraño del fracaso de nuestra seguridad alimentaria es que en realidad piensen igual los de derecha que los de izquierda: ambos dicen que la seguridad alimentaria se puede lograr con solo tener la plata para comprar los alimentos; la izquierda porque insiste en que debemos hablar de soberanía alimentaria y no de seguridad. El nuevo Ministro de Agricultura, don Javier Flores, se lo acaba de decir a la gente de UPANACIONAL que lo visitó, al mismo tiempo que les pidió, ¡sea por Dios!, que abandonen la ideología en la discusión. Y eso es lo que entró diciendo el efímero superministro Volio: que la seguridad alimentaria era un tema trasnochado; lo que implicaba también una motivación ideológica. Este discurso les viene del mismo Arias, quien tiene una fobia edípica contra el agricultor, pues ese es el origen de su fortuna.
Por supuesto que la falacia está en que tener la plata para importar los alimentos no garantiza de ninguna manera la seguridad por la inestabilidad del precio en el mercado internacional, como lo hemos explicado prolijamente mil veces; sin que nos oigan. Me han invitado a algunas mesas redondas sobre seguridad alimentaria sin que a nadie se le ocurriera mencionar que he escrito dos libros de referencia sobre el tema: el primero lo compró don Guido Vargas para regalarlo, y el otro no se hubiera distribuido si UPANACIONAL no pagara y regalara dos tercios de la edición. Don Armando Vargas, que escribió el prólogo del segundo, me llamó un día para decirme que estaba clasificado esa semana como un best seller: se habían vendido 5 ejemplares de viaje, gracias a la gentileza de don Juan Manuel Villasuso que me invitó para discutirlo en su popular programa de Radio Universidad. La librería que los tenía me llamó el otro día para que los retirara porque no se vendían, y los dejé allí para que los boten. No se vendieron ni se recuperaron los ejemplares que puse en los sindicatos y las organizaciones agrarias, pero debo agradecer el reconocimiento de mi esfuerzo en defensa de la seguridad alimentaria de algunas pocas personas, como doña Gabriela Castro, doña Flora Fernández y don Rogelio Ramos.
En la última mesa redonda a que fui en sustitución de don Guido Vargas de UPANACIONAL, promovida por el Ministerio de Salud, el tema de la seguridad alimentaria estaba diluido, para no decir contaminado, con el de la nutrición y el de la inocuidad. Y ya usted ha de haber leído cómo la desnutrición que mató a los niños indios no se debió a que estos no tuvieran suficientes frijoles y majonchos para comer, sino a que esos alimentos no tenían bastante hierro y zinc! El énfasis en la inocuidad de los alimentos es más bien una barrera no arancelaria que nos imponen los países industriales, quienes financian aquí la investigación para fomentarla. Se me perdonará entonces la aparente paranoia si yo veo en todo esto las señales de una conspiración suicida.
La desaparición del fundamento neoliberal para el libre mercado alimentario, por la demanda de todos los países telecistas y la de China por los excedentes subsidiados, y por el uso de granos para alcohol combustible, que vino mucho después de la subida de los precios, tampoco ha hecho mella en la ideología neoliberal: siguen hablando del libre mercado como garantía alimentaria como si nada hubiera pasado: la creencia dogmática de que la “ventaja comparativa” tiene que determinar la dirección del flujo comercial de los alimentos, se pone a prueba ahora que el precio de estos se ha cuadruplicado en el mercado mundial sin que el flujo se revierta. Pero El Financiero dice que no se justifica un cambio de dirección: el estruendo creciente de la catarata no es suficiente para que el piloto ideológico cambie el rumbo de la nave, porque para él el peligro está en el cambio de rumbo. Si en vez de protestar por la entrada en vigor de la desgravación total, los mejicanos exigieran que el flujo sea según la “ventaja comparativa”, y reformaran su agro para exportar a los Estados Unidos, la falacia quedaría expuesta de inmediato, porque los americanos nunca lo van a permitir: eso comprometería seriamente su SE-GU-RI-DAD A-LI-MEN-TA-RIA, menso. Y su soberanía, por supuesto, pero como consecuencia de la inseguridad. Menos ahora que el cambio del clima por las causas que sean se muestra tan ominoso.
El punto crucial del libro de Diamond está en el capítulo 16 The World as a Polder. 1. Los americanos, los europeos, y los japoneses consumen 32 veces más recursos y tienen 32 veces más impacto ambiental que los habitantes del Tercer Mundo. 2. Es necesario ostentar algún índice personal de impacto ambiental: lo que he propuesto sin ninguna respuesta desde hace años; porque no hay sinceridad en la preocupación ambiental. Y 3. es necesario abandonar core values. Valores fundamentales, como el crecimiento del PIB, que no solo no se puede hacer extensivo al Tercer Mundo como quiere el paradigma del mercado, sino que no es sostenible al nivel actual para los países del Primer Mundo, y nunca ha encarado el problema de la distribución. Estos valores fundamentales son lo difícil, y donde insistimos en engañarnos con conceptos vacíos que no aguantan ningún examen, como del de “desarrollo sostenible” y la “sinergia”, para no hablar de la “ventaja comparativa” del señor Lizano et al. en el abastecimiento alimentario.
José Calvo | 4 de Marzo 2008


1 Comentarios
Comentario crítico, sincero pero no alcanza a los políticos de turno quienes deben ejercitar esos cambios; porque realmente el pueblo es un ente disperso, amorfo y sin representación. Creo que es necesario un cambio en la clase política más alla del discurso con visión a la sostenibilidad como un modelo de desarrollo económico pero ello implica una transformación radical en la sociedad que a la vez se halla sometida a una camisa de fuerza con esos poderes de dominación entronizados y legitimados según se aboga por los medios empoderados es nuestro sistema democrático.