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Superchería ecológica

Alfonso Chase | 18 de Febrero 2008

Nadie debería enfadarse por cuestionar la calificación, otorgada a nuestro país, por un organismo internacional sobre el estado del medio ambiente en nuestro territorio.

En una nación en la que se vive entre la realidad y la superchería, no resulta incómodo afirmar lo que también se escucha fuera del país, entre organismos oficiales y grupos de estudio, sobre la verdadera situación del medio ambiente y la relación entre algunos ciudadanos y su destrucción constante, paulatina y alevosa. Quizás lo que quiso decir el organismo internacional fue el que nuestro país tiene una gran consciencia ecológica, a nivel retórico y usando una verborrea que mueve a risa, con solo comparar lo que realmente ocurre, como verdad, y las mentiras que nos colocan en un lugar de privilegio en el mundo.

Sucede lo mismo con el narcotráfico, somos corredor de paso, hacia los países del norte -el Cartel de Chinandega, del cual nadie habla- traficamos cuerpos, no almas, como dicen eufemísticamente, nos miran como un paraíso fiscal, lo somos, y cualquiera puede ver los índices de exportación para notar a dónde se envían las exportaciones de cable robado, más la república planetaria del Internet nos ofrece una mirada sobre la república costarricense, transformada en putirepública, paraíso sexual para viejos verdes y edén barato para todo tipo de drogas, las cuales se pueden conseguir en el bar de la esquina.

No sé quién dio los índices o de dónde los sacaron, los burócratas del Indice de Desempeño Ambiental 2008, pero pareciera que se refieren a otro país, o no han venido a éste en los últimos diez años, para constatar la destrucción de casi todo, hasta las mentes y cerebros de nuestros ciudadanos, en manos del consumismo, la publicidad, la sociedad del espectáculo como pan y circo, pasando de las fiestas cívicas al carnaval, los fiestones y todo eso que solo produce una sola cosa: basura.

Los ecologistas han sido los grandes defensores de nuestra soberanía, nuestras tierras y bosques, nuestra diversidad y han sido atacados despiadadamente, o han sido captados por grandes compañías, nacionales y extranjeras, para obligarlos al silencio o transformarlos en sus asesores.

El Gobierno se ha implantado, seriamente, políticas ecológicas, así las denominan dentro del plan Paz con la Naturaleza que de llegar a cumplirse darían un empuje real a la lucha por defender a nuestros recursos naturales, pero sin dejar de lado los recursos mentales, físicos o sociales, obviando el sentido de lo “respetuoso”, que dice el informe, que no es más que la máscara hipócrita que quedó al descubierto cuando nos otorgaron, en Alemania, el Diablo Ecológico por todos los soportes de superchería que manejamos a lo externo, mientras el país arde en basura, los bosques desaparecen, los ríos y playas están contaminados, la delincuencia -también forma parte de la ecología, los ciudadanos decentes- campea por todos lados y algunos funcionarios nos afirman que no hay diferencia entre la educación pública y privada, pero sus hijos se educan en colegios de lujo, o en universidades que solo son fábricas de títulos y no la consciencia lúcida del país.

El desempeño ambiental es un punto de vista integral que toma en cuenta a la naturaleza pero también a lo seres humanos, los animales, el paisaje -atiborrado de vallas publicitarias- así como el comportamiento de los ciudadanos en las relaciones sociales, y no solo el sinfín de leyes que se promulgan, pero que nadie cumple.

El ecologismo, mal planteado, se relaciona con los hoteles de lujo, los campos de golf, las elegantes marinas, punto de llegada y partida de embarcaciones de dudoso intercambio. Todo ese paisaje que se puede contemplar y que da sentido a los espléndidos catálogos en los que se vende al país, con condominios y casas que superan el millón de dólares, pero que forman parte de la especulación inmobiliaria y el lavado de dinero. Lo ecológico al servicio de sus enemigos más rampantes.

El ecologismo bien definido, del siglo XXI, se refiere a aspectos tan importantes como son la salud, el empleo, la diversión sana, el deporte, la belleza paisajista, pero sobre todo a la relación armónica entre los seres humanos, y de estos con el medio ambiente.

La arquitectura urbana para las mayorías, la educación de calidad, el sentido humanista de estar vivo y hacerlo con reglas equitativas, que nos permitan darnos cuenta de que existimos como personas, en un entorno al servicio de las mayorías y no de unos cuantos propietarios.

La violencia es antiecológica: destruye. El progreso, idolizado y como producto de la codicia, es enemigo de la armonía ser humano-naturaleza. La extraña idea de dominar la naturaleza, hasta vencerla, parte de una realidad religiosa pero no toma en cuenta el libre albedrío, que nos permite rechazar la superchería y la fría, e interesada primacía de las estadísticas.

Pero una verdad lo dice todo: los indicadores se pierden en su propio significado cuando, anteriores a nosotros, aparecen Suiza, Suecia, Noruega y Finlandia, sostenidas por 25 indicadores, ¿de qué?, para producir una carcajada planetaria al observarnos colocados en ese quinto lugar.

Usar este estropicio como arma política de satisfacción es solo una muestra de querer seguir viviendo dentro de una burbuja de cristal. Barata y propia de la bisutería mental de este tiempo tan confuso.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 18 de Febrero 2008

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