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Partidos políticos y sociedad

Paúl E. Benavides Vilchez | 22 de Febrero 2008

Es común que los expertos, en el tema de los partidos políticos, coloquen los líderes dentro del terreno mágico-religioso, seres dotados de poderes especiales capaces de resolver, en un dos por tres, todos los problemas del país. Esta visión romántica de las cosas, que viene desde Thomas Carlyle hasta nuestros días, pone al líder político en el altar del héroe con poderes taumatúrgicos, tocados por la magia de la mercadotecnia y publicidad política, pero que no es capaz, como en los textos de Carlyle de inmolarse por la patria sino todo lo contrario, de inmolarla en función de sus intereses.

Esta leyenda que coloca al político como una suerte de Odín, se entrelaza con otra leyenda que ha sido elevada a la categoría de ficción y que todos conocemos con el nombre de “democracia costarricense” cada vez más delegativa y menos representativa, como ha dicho Don Rodolfo Cerdas, cuyo relato para bien y para mal, siempre ha necesitado de figuras providenciales (mezcla vernácula de populismo, caciquismo, arribismo y demagogia) aunque estos elegidos resulten los hijos poco providenciales de los caudillos de los cuarentas, cuya imagen terminó por desplomarse, como sucede con las antiguas deidades que se caen a pedazos cuando son descubiertas sus debilidades y egoísmos divinos, para luego ser destronados por dioses nuevos y limpios de antiguas manías y perversiones.

Toda esta leyenda que pone a los líderes y los partidos políticos como interlocutores sobrenaturales, entiende la política únicamente como espacio de pugna electoral por y entre ellos; así, toda reforma política que se plantea es eminentemente electoral y siempre se debate entre cronogramas, plazos y fechas de inscripción de candidaturas; asuntos que tienen sin cuidado a los ciudadanos y que no apuntan por cálculo y miedo -hay que decirlo- a una reforma democrática que toque, por decir algo, la malla de intereses mediáticos, políticos, económicos, financieros y judiciales, que por encima de Mideplán y su plan de desarrollo, es el verdadero plan de Gobierno de la de la actual clase política.

En esta visión electoral de democracia, la sociedad ocupa un lugar de segundo orden; el orden fantasmal de la masa o la anarquía díscola de la plebe -dependiendo del cristal con que se mire- a la que habrá que ponerle retenes y mojones para que no desborde la esfera política que debe ser patrimonio exclusivo de los partidos políticos. Esta visión en la que unos son la expresión única y legítima del poder, y otros la expresión de segunda mano, plebeya y casi clandestina, dirime el sistema político costarricense, que salvo el PAC y el Frente Amplio, desde la esfera del poder político, han empezado a revisar y replantear su relación con la sociedad en un orden más inclusivo.

El fosilizar a los partidos como intermediarios únicos entre el mundo social y el político, es una forma de descalificar a la sociedad cuando se manifiesta como movimiento plural, diverso y mutable que incluye todos los niveles de existencia (sociedad, comunidad e individuo “social” ) y que a diferencia de los partidos políticos, es menos proclive a ligar su destino a líderes de discursos carismáticos, que se resiste a dejarse conducir de manera gratuita por estructuras rígidas y verticalistas que aún son el reflujo de antiguas vanguardias revolucionarias y que, además, tienen mayor potencial para interpelar y reconocer con sensatez, las intenciones de los que se acercan con la idea de liderarlos.

Se sabe que el poder le teme a la sociedad cuando esta se transforma en movimiento social, cuando pasa de la masa a la ciudadanía y libera energías anárquicas, y hasta dionisíacas, para detonar en forma positiva un salto en la conciencia de los ciudadanos. Es entendible porqué los partidos de la derecha y ligados a la neoligarquía, le niegan su potencia, escamotean su fuerza y acaparan el espacio de la política víctimas del miedo, como forma de negar lo político “otro”, lo político no partidario. Quizás la verdadera misión de los movimientos sociales, sean estos cívicos, políticos se aglutinen en torno a las causas ambientales, de lengua o cultura, es ser la fuerza que dimana de la sociedad en estado puro, los impulsos y las emociones que luego toman forma como conciencia individual, para y por un acto de libre voluntad, expresarse como sensibilidad común, como comunidad de ideas capaz de resistir al poder, que como lo señalaba Lord Acton con frecuencia impone, utiliza, violenta y se corrompe para perpetuarse.

Los partidos políticos democráticos, si aspiran a serlo, pueden alejarse de visiones y conceptos preconcebidos de una sociedad “teórica” que nada tiene que ver con la Costa Rica real que camina y trabaja y que, por un lado, se involucra, delibera y participa y, por otro, una Costa Rica que esta pero no hace ruido, anónima y silenciosa, recluida en un 40% de no interesa / no responde; de las minorías que se han ubicado poco a poco en los márgenes hasta volverse invisibles y transparentes a los prioridades del poder; de las víctimas de la desigualdad o del prejuicio, de los inconformes, de los rebeldes y de los que no quieren formar parte de nada; en resumidas cuentas, de aquellos a los que el poder y la política electoral les ha negado ( y les sigue negando) su reconocimiento.

Paúl E. Benavides Vilchez | 22 de Febrero 2008

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