Si la certidumbre es líquida, la incertidumbre ha de ser sólida, con lo cual toda manifestación de esta última se disuelve en el aire. Como se dijo en el siglo XX al evanescerse las ideologías, para renacer luego más complejas que nunca. Este es el tiempo que vivimos en el país, por lo cual amerita nuevas visiones sobre lo que está ocurriendo en el presente y no podemos analizar las cosas del pasado con los termómetros del hoy.
Toda agenda a cumplir necesita un memorando, aunque los desastres ocurran para luego evaporarse al instante, previos renunciamientos a todo lo que se dijo. Es verdad lo que se afirma de que la educación no es de calidad, pero se olvida el que quienes la reciben se han preparado, casi desde el vientre, no para entrar en la sociedad del conocimiento, como afirman algunos petulantemente, sino a la de la desinformación, desde el mismo momento del parto. Así seguiríamos hablando, en esta incertidumbre sólida, escribiendo de lo divino y lo humano, para tener la certeza de que estamos vivos, activos, viviendo la época del conocimiento fragmentado, como una de esas colchas de retazos, que cosían nuestras abuelas y que daban a las camas un aspecto de mantel planetario.
Lo sujeto a cambio lleva en su interior su propia destrucción para, luego, desmembrarse en su unidad, con esa dialéctica de la desintegración de las formas que magnifica el arte moderno, así se denomina, y establece litigio con lo clásico, para demostrarnos que todos los escritos de Leonardo Da Vinci, conducen a una instalación de la cual pende un zapato viejo o un cerote de plástico. ¿Sería Sartre, solamente, un defensor de terroristas asesinos, según dijo alguien, o un excelente novelista, dramaturgo, filósofo, libelista, profesor o amante cuando joven? Cierto es que la cultura del conocimiento es una especie de bricolaje, crispado, ante lo cual todo pareciera existir en el estilo de un rompecabezas, o un absurdo crucigrama al vuelo de la inteligencia.
¿Los que votamos al No votamos la aprobación de las leyes “complementarias”, o, al no hacernos caso de que estas eran lo importante, se pretenden sacar del ámbito legislativo las mismas, para aprobarlas, una a una, en sucesivos referendos convocados solo en el papel? ¿Existe la oposición? O es mejor que no exista y que todo el plenario se abrace y vote, a plenitud, las leyes que unos consideramos nefastas y otros ya ni siquiera de compensación? Debe el jefe de la oposición tener una conversación a solas, privada y en sigilo, con el jefe del oficialismo, gobierno o país, para hablar de lo que los otros no deben conocer. ¿Será que lo que se puede prometer sea que en 2010 le toca a él, con la bendición, casi apostólica, pasado el gran escollo del citado referéndum, desde el cual todo pareciera conducirnos a una Arcadia maravillosa.
¿Es este gobierno tan malo, que quisiéramos, y la alta popularidad del gobernante nos deja al borde de un ataque de nervios? O se están haciendo cosas nuevas, diferentes y buenas, en el campo de la vivienda, la educación, la seguridad pública, la pobreza o solo estamos ante una gran estafa visual, propagandística, desmesurada, que hace que el señor presidente casi arda en aceptación pública? A toda buena pregunta es necesaria una buena respuesta, para mostrar la inversión que hizo el Estado en educarnos, no en sabiduría y discreción, sino en información.
Es apropiado y lógico apreciar los puntos buenos y malos de un gobierno, que pueden parecernos aislados, pero que hacen que la gente lo respalde porque se beneficia de la bonanza económica, una especie de guaca bien administrada, que no sabemos mucho de dónde viene, pero que nos muestra un país diferenciado en América Latina, con índices, al menos en el papel, que provocan asombro y complacencia.
El problema es otro: mental. Aunque la bonanza es cierta, el ser humano nacional nunca ha sido tan vacío, tan consumista, tan superficial, tan oportunista, como ahora en el ámbito propio de sus relaciones personales y comunitarias. Toda la prosperidad no nos permite crecer a lo interno, sino que nos sume en el vacío psicológico de tenerlo, casi todo, pero somos escasos en valores que definen a un pueblo que construye su cultura de acuerdo a lo heredado y sujeto a revisión periódicamente, para ubicarlo en el paso del tiempo: pasado, presente y futuro.
La república mediática ha crecido al lado de la otra. Podemos observar que un joven asesina a su pariente por un trozo de carne asada u otro lo hace por un cigarro y uno, embozado en las sombras, mata de un balazo, o diez, a un transeúnte que no le quiso dar para gastar en bagatelas, nos impide valorar las cosas como son: en la dialéctica de sus propias contradicciones. Por ejemplo, la educación. No es que solo ella está en crisis sino quienes la reciben y los que la imparten. No solo los programas sino los contenidos, la didáctica, la oportunidad de que los formadores se capaciten y dejen de ambular, abrumados, por pasillos y aulas.
No todo debe centrarse en la economía, pero ésta es tan importante que nos permite percibir las diferencias sociales que se establecen, la desigualdad, la arrogancia de una nueva clase de ricos, compartiendo sus experiencias en clubes de lujo, pagando salarios de hambre a sus trabajadores, la mayoría extranjeros, que cumplen los servicios de manera casi humillante, haciendo las labores que los costarricenses nos negamos a realizar, viviendo en covachas y durmiendo en camas llamadas “cajas”, que les consumen el cuarenta por ciento de sus salarios.
La sociedad del conocimiento, ¿de cuál se pregunta uno?, produce empleos de cierto postín, donde el medio hablar inglés nos convierte en telefonistas pero no en lectores, quedándonos un poco de dinero para esnifar en la madrugada o comprarnos alguna ropa de marca en algún centro comercial.
Podría ser que la sociedad actual nos encandile tanto que creamos que nos hemos convertido en una telenovela, o en una serie de chicos y chicas ricos, en el cual el consumo, que siempre se revierte a quienes lo crean, sea el norte del futuro, con el aplauso de una mayoría de nuestro pueblo. Para eso tenemos indios panameños que recojan las cosechas, albañiles nicaragüenses o sicarios de donde ya saben. Una auténtica sociedad pluricultural, tipo café expreso con tres tarjetas de crédito en la billetera.
No hay duda de que nuestra clase político-oligárquica es la más astuta del mundo.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 4 de Febrero 2008


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