• Palabras en el Parque Mora y Cañas, Puntarenas, 19 de febrero de 2008
Agradezco a la Municipalidad de Puntarenas la honrosa invitación a compartir unas reflexionas con tan distinguida concurrencia. El convite es más apreciable porque nací en esta Ciudad Heroica, si bien aún no he vivido aquí.
Coronada la Guerra Patria con la victoria, derrotado el filibusterismo de los Estados Unidos, vencido el esclavismo negrero, el Presidente don Juan Rafael Mora alcanza en 1858 al apogeo de su mandato. Conquistada la segunda independencia, la nacionalidad se acrisola, la actividad económica retorna y el progreso avanza.
El Congreso Nacional aprueba y el Jefe de Estado proclama, el 17 de setiembre de 1858, que, en adelante, la Comarca de Puntarenas se llame Ciudad de Puntarenas. La dignidad y el honor son otorgados a la población - dice el texto de la ley -, “en consideración de los muchos servicios que prestó espontáneamente en la campaña contra los filibusteros”.
Además del crecimiento demográfico y de la expansión comercial, la comunidad porteña asciende en el escalafón de la República por su contribución gallarda a la Costa Rica heroica. El núcleo duro de la voluntad de ser nación libre, independiente y soberana, sellado con sangre en aquella hombrada homérica, está firmemente anclado en Puntarenas.
Por cierto, es una académica puntarenense, la maestra doña María Amoretti Hurtado, quien determina, en su libro Debajo del canto (1987), que la letra del Himno Nacional es una síntesis que recrea poéticamente la primera proclama del Presidente Mora. En las atinadas estrofas de Billo Zeledón, Mora y la Patria son una misma esencia.
Un año después de concedido el título de Ciudad a Puntarenas, por aquí salen al destierro el ex Presidente Mora y el general José María Cañas. La traición del 14 de agosto de 1859 se origina en intereses financieros, no en diferencias ideológicas. El estadista es una personalidad de renombre en las Américas. El prestigioso New York Times informa que los desleales fueron comprados por veinte mil dólares. El Embajador de Estados Unidos reporta - en carta fechada en Puntarenas - que “la mano, y dicen algunos, el dinero [de dos] influyentes caballeros ingleses de San José, se traslucen en el movimiento revolucionario. […] Dudo que la remoción del gobierno de Mora obedezca a algún sentimiento popular”.
Pocas semanas más tarde el ex Presidente Mora pasa por esta Ciudad, sin desembarcar, rumbo a Nueva York. Fue durante aquella permanencia en la Unión Americana que el Presidente Buchanan le ofreció, en la Casa Blanca, la Presidencia de una Federación Centroamericana reconstituida por designio de los Estados Unidos. Todavía resuena su voz honorable, digna de atesorarse en todo corazón patriota:
“Agradezco infinito la alta idea que el señor Buchanan tiene de mí y la altísima honra que me brinda, pero no puedo aceptarla sin ser un mal costarricense. Centro América en general ganaría mucho con la unión de las cinco Repúblicas, pero Costa Rica lo perdería todo: su tranquilidad, sus hábitos de orden y trabajo, y hasta su sangre que estaría en la necesidad de derramar sofocando revoluciones y procurando un acuerdo imposible, dada la grandísima diferencia que hay entre mi país nativo y las otras cuatro agrupaciones del Centro. […] Sé que para muchos mi patriotismo es estrecho y mezquino, pero mi conciencia, quizá por mi ignorancia o poca ilustración, me obliga a proceder así”.
¡Qué diferencia con quienes ven con ojos de hijo lo ajeno, y con ojos de apóstata lo propio!
Justo a los dos años de conferido el tratamiento de Ciudad a Puntarenas, se produce el error fatal del ex Presidente Mora de prestar oídos a los cantos de sirena de los descontentos. Vuelve engañado el 14 de setiembre de 1860 y, en una quincena, es derrotado. En breve y sangrienta refriega, como a las ocho de la noche del 28 de setiembre se pierde la Angostura al tiempo que, vía marítima, la ciudad es tomada por el régimen. Esa noche de terror hay una orgía de sangre, negocios asaltados, licores robados, ciudadanos blanqueados, fusilamientos callejeros; despavoridos, algunos moristas se lanzan al mar donde se ahogan o son pasto de los tiburones. El cónsul de los Estados Unidos informa que la ocupación del puerto es “sanguinaria. […] Muchas personas desarmadas son abaleadas; las casas son tomadas por asalto, sus ocupantes ejecutados y los bienes saqueados. Es un acontecimiento espantoso”. El New York Times reporta que “las tropas entran como demonios y comienza la matanza indiscriminada. […] Las banderas de los Estados Unidos y del Reino Unido son despedazadas y pisoteadas”.
Los sabuesos del régimen meten las narices en pozos artesianos y hasta en excusados de hueco, en busca del hombre caído. El ex Presidente Mora, oculto en una residencia bajo la Union Jack o bandera británica, recibe una nota manuscrita: “La vida de U. salva de la muerte a muchos de los suyos. Si U. se presenta o es descubierto será ejecutado tres horas después, los demás se salvarán y tendrán gracia”. Firma uno de los comisarios civiles del régimen, quien luego será Canciller de la República.
La revolución se derrumba cual castillo de arena. Junto con algunos de sus subalternos, el general Cañas se presenta ante las autoridades el sábado 29. En vano, ofrece que lo fusilen a cambio de la vida del ex gobernante.
Vencido, el ex Presidente Mora confía en la palabra de honor de sus perseguidores que invocan a Dios en un falso juramento. El domingo 30 - en compañía de su hermano, general José Joaquín Mora - se entrega a las nueve de la mañana para salvar a los suyos. Lleva dos días en vela, sin ingerir bocado, agua si acaso. Guarda la compostura y demuestra grave serenidad. Lo encalabozan en el Cuartel de la Aduana o de la Punta. Inmediatamente se simula una corte marcial que debe contar con cinco generales porque él es Capitán General por Ley de la República. Como solo hay dos, se da de alta en el servicio militar a dos comisarios civiles y, en el acto, se los asimila al generalato, igual que se hace con un coronel. Es, en la jerga forense de los ingleses, una “corte canguro”, un remedo de tribunal que envilece los principios del Derecho y de la Justicia. Los cinco hacen que deliberan y, ausente él sin oportunidad de defenderse, al mediodía dictaminan aplicarle la pena máxima.
No le permiten hablar con nadie, excepto con uno de sus “jueces” que le ofrece “bajo su palabra de honor, cuidar de la educación de Albertito”, su hijo de cuatro años. Antes de dirigirse al cadalso, a las dos de la tarde recibe la absolución y es confortado con auxilios espirituales: “Sincero y buen católico en vida y en muerte”, dice el historiador Monseñor Víctor Sanabria, “no quiere comparecer ante el tribunal de Dios, sin haber arreglado los negocios de su conciencia”.
“Estoy sentenciado a muerte y tengo poco tiempo que perder”, avisa a su hermano y cuñados, a quienes les encomienda a su esposa doña Inés y a sus hijos: “No temo el lance; que venga la muerte que es el término de las desgracias mundanas. […] Dios recibirá mi alma y tendrá misericordia de mí. […] Les ruego que aun a los que me sacrifican, los perdonen como yo los perdono”.
Apenas si le queda tiempo de escribir a su señora esposa:
“Mi siempre idolatrada Inesita. […] Nada temo solo me inquieta la triste situación en que quedas viuda, pobre, en el destierro y llena de hijos. Te encargo mucho la educación de mis hijos. […] Cuida de nuestros hijos y háblales siempre de su desgraciado padre, para que jamás se mezclen en la política porque ella es un verdugo que destroza a sus seguidores. […] Recordarás que yo tenía mis motivos para tener tanta repugnancia para invadir este ingrato país y que lo hice instigado por los que me han sacrificado. Dios les perdone como yo les perdono. […] Dios quiera que […] con mi sacrificio todo se acabe, y vuelva la paz y el progreso para estos pueblos desgraciados. Cañas y José Joaquín no corren peligro, a lo menos así me lo han asegurado. No puedes figurarte lo indiferente que me es morir, solo siento la muerte por ti y por mis hijos. […] Va el último beso para mis hijitos. […] Muero como cristiano y confío en Dios que me perdonará mis culpas y que cuidará de ti y de mis hijos. […] Pidan a Dios por esta víctima de pasiones ajenas. […] Adiós, adiós y adiós a mis hijos - tuyo, tuyo hasta el ultimo momento”.
Cambia unas pocas palabras de despedida con su hermano don José Joaquín. Estoico, camina por el Callejón del Estero hacia el patíbulo. Hay nobleza de alma y ecuanimidad extraordinaria en los largos minutos terminales del grande hombre. El sitio de la muerte es donde se alza un árbol de jobo. Los tambores redoblan bajo los rayos calcinantes. En el instante solemne, pide morir de pie, de cara al sol, sin venda en los ojos y ruega que le apunten al corazón. No hay un costarricense con agallas para dar la orden de disparar, que es dicha por un extranjero. La fatal condena se ejecuta a las tres de la tarde del día final de setiembre. Su cuerpo se desploma, la arena se tiñe de rojo, la Patria se mancha por siempre. Acribillado, el Héroe todavía “muestra señales de vida, un oficial lo remata con un disparo de revólver en la cabeza”.
“Es la página más negra en la historia de Costa Rica”, dice el humanista don Eugenio Rodríguez Vega. “Todavía la recordamos avergonzados”.
De entre los muchos que presencian la inmolación - populacho alcoholizado tras jornadas de desenfreno -, y a la seña de un uniformado, salta una chusma que se abalanza sobre el cadáver del Prócer para tirarlo al mar; la gentuza recula ante la airada voz del cónsul galo, don Juan Jacobo Bonnefil, que envuelve y protege con el pabellón tricolor de Francia el cuerpo sangrante del Capitán General y Benemérito de la Patria. Al ocaso, lo coloca en una barca y boga, solitario con el difunto, al otro lado del estero donde lo sepulta en un lugar recóndito.
Esa misma tarde de ignominia, el general en jefe de la inhumana cacería da cuenta al implacable adversario en la capital sobre el fusilamiento. El régimen “aprueba todo lo practicado”. En cuanto al general Cañas, “de acuerdo con un numeroso Consejo de Gobierno, previene sea pasado por las armas”. ¿Un Consejo de Gobierno dicta una condena a muerte? Dos días después es matado el general Cañas.
¡Son dos crímenes de Estado!
Los asesinatos de los héroes Mora y Cañas son acciones contrarias al ser de la nacionalidad costarricense; violan los principios, valores e ideales de la costarriqueñidad. Los homicidios intencionales de Mora y de Cañas de ninguna manera se pueden justificar nunca, constituyen crímenes de lesa patria, configuran crímenes de guerra, delitos de lesa humanidad.
Por iniciativa de la Municipalidad de Puntarenas, hoy se siembra en esta parcela de suelo sagrado un árbol de jobo. El acto recuerda a don Manuel Grillo y don Francisco María Núñez, quienes encabezaron a los ciudadanos que erigieron, en 1918, el monumento diseñado por don Alberto Portuguéz, animados desde el periódico El Viajero de don Francisco Clavera Masís. Recuerda al educador don José Ángel Brenes, director de la Escuela Juan Rafael Mora, quien, hace siete décadas, trajo a sus alumnos de San José a plantar aquí otro jobo. Y recuerda al peregrino de la libertad, José Martí, quien muere un año después de su visita a Puntarenas, pues en la noche trágica del 19 de mayo de 1895, las tropas españolas que conducían su cadáver pernoctaron al pie del Jobo de Demajagual, en Palma Soriano, provincia de Oriente.
Al concluir estas remembranzas y reflexiones, expreso la gratitud de muchos costarricenses a la Municipalidad por la decisión de rescatar la memoria del Presidente Mora y del general Cañas, en el sesquicentenario de la declaratoria de Ciudad a Puntarenas. Dentro de seis años se celebrará el bicentenario del nacimiento del Mártir de Puntarenas y ojalá tengamos para entonces una biografía del Presidente Mora, una colección anotada de sus papeles, un estudio sobre la década morista, una novela histórica, una obra de teatro, un poema sinfónico y una ópera. Sugiero a la Municipalidad de Puntarenas que tome la iniciativa de presentar un proyecto de ley que declare a don Juan Rafael Mora, Héroe de la República de Costa Rica, y que decrete que todo pueblo y ciudad disponga de un espacio central denominado “Plaza Juan Rafael Mora”, como explanada para los actos cívicos de la comunidad, dotada de una estatua del Héroe de la República y de una columna con nombres de los combatientes en la Guerra Patria de 1856 y 1857.
Cierro mis palabras con la sublime oración que, en el primer centenario de su natalicio, pronunció en el Teatro Nacional el elocuente ciudadano don Leonidas Pacheco:
“Mora pide a nuestros corazones un altar en donde a diario arda el pebetero de nuestra gratitud. Mora es el símbolo de Costa Rica libre y su recuerdo de noble valor y de romana entereza es y será la vívida lección en donde aprendamos a sentir el patriotismo. Mora ha de ser siempre en el escudo de nuestra nobleza el león rampante que sacude su melena y marcha intrépido al combate antes que rendir su fiereza selvática a los grillos del prisionero. Mora es el nombre que nuestras madres han de murmurar al oído de sus hijos cuando les hablen de honor y libertad. Mora diremos cuando el destino fiero amenace nuestra bien ganada independencia. Mora musitarán nuestros labios cuando en la familiar tertulia elevemos el alma para adorar a Costa Rica. Mora es el emblema. Mora es el pabellón. Mora es la patria… ¡Bendito sea!”
Armando Vargas Araya | 19 de Febrero 2008


6 Comentarios
Recordando a don Juanito. Mi tio abuelo, Octavio Castro Saborio, presencio un hecho que lo impresiono nuchisimo. Dicen que venia dona Inesita, ya viuda caminando con su hija por el Barrio de Amon, cuando se encontraron de repente con un acaudalado senor Yglesias uno de los conspiradores. Y le dijo como pudiste! Si mi marido era un hombre tan bueno! Octavio Castro Saborio despues fue el que trabajo arduamente para que se construyera el monumento a don Juanito frente al Edificio de Correos,y sugirio el nombre de Moravia, para La Villa de San Vicente, ademas escribio el libro “Mora,el caudillo, el martir, el heroe”. A mi bisabuela Maria Rosa Mora Porras la defendio su cunado un senor Llorente! El cruel Dr. Montealegre dejo el pais con una comitiva de 35 personas. Luis Diego Castro Gutierrez
¿ Y quienes serían los dos caballeros ingleses?
¡¡¡Hermosísimas palabras, Armando!!! Y llenas de vigencia, porque el ejemplo de don Juanito es eterno, realmente.
En cuanto a don Luis Diego, efectivamente don Octavio fue un extraordinario ciudadano, plenamente identificado con numerosas causas cívicas. En mi último libro sobre el Dr. Karl Hoffmann destaco su labor, no solo en cuanto al monumento de don Juanito, sino también en su participación muy activa en la inhumación de los restos del Dr. Hoffmann en San José.
Don Edgardo Acosta pregunta quiénes serían los dos caballeros ingleses. El embajador de los Estados Unidos los identifica: Mr. Edward Joy y Mr. Edward Allpress. Joy llega a ser cuñado del Dr. José María Montealegre, quien casa en segunda nupcias con Sofía Joy Redman (Primera Dama de Costa Rica, 1859-1863). Allpress es yerno de don Vicente Aguilar, “el Rothschild de Costa Rica”, según The New York Times de entonces.
“LAUDE - Evocación de Mora- El Hombre- El Estadista- El Héroe- El Mártir” este es el titulo del libro de Octavio Castro Saborio. Juanita Mora Aguilar se llamaba la hija que acompañaba a dona Inesita cuando se encontraron con Yglesias, primo de Amalia Saborío madre de Octavio y Llorente que defendio el patrimonio de mi bisabuela María Rosa Mora Porras c.c: Joaquín Manuel Gutierrez Peñamonge. Este senor Llorente c.c. Gutierrez Peñamonge fue tambien quien consiguio le perdonaran la vida al General Jose Joaquin Mora Porras c.c.: Dolores Gutierrez P. Sinembargo no logro recatar al General Canas c.c: Mora Porras, quien fue tambien asesinado. Tio Octavio tenia planes para levantar una escultura ecuestre con el General Cañas, ya que era bien sabido que al general le gustaba jinetear. A don Miguel Mora Porras le fueron incautadas sus propiedades. Fueron hechos vergonzosos,que involucraron a muchas familias costarricenses que se distanciaron. Tio Octavio, pensaria que honrando la memoria de don Juanito, podria acercarnos, con el tiempo se fue mitigando el dolor, y se sanaron las heridas que estos hechos ocasionaron.
Muy buena la intervención del sr. Armando Vargas Araya en la ciudad de Puntarenas, recordando la memoria de nuestro héroe nacional don Juan Rafael Mora Porras, quien fue vilmente asesinado por órdenes de su hermano político José María Montealegre y Fernández, quien años después abandonó el país con algunos de sus allegados hacia los Estados Unidos. Según mi real saber y entender eso representa el lunar negro de nuestra historia patria. Por otro lado yo fui alumno del historiador don Carlos Meléndez Chaverri allá por la década de los sesenta del siglo pasado y él publicó un libro sobre la vida del sr. Montealegre y los hechos acaecidos sobre la muerte de don Juanito Mora el 30 de setiembre de 1860, situación que considero nefasta en nuestra historia patria, libro que recomiendo su lectura.-