El 22 de febrero de 1939, Miércoles de Ceniza, a las tres y media de la tarde, murió en el exilio el poeta, dramaturgo y filósofo Antonio Machado Ruiz, quien en la estrofa final de su “Retrato” parecía presagiar sus últimos momentos: “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”.
En la precipitada y accidentada salida de Barcelona, a finales de enero de 1939, hacia el exilio francés de este activista republicano, junto con su madre, Ana Ruiz Hernández , su hermano José y la esposa de este, Matea, pierden sus últimas pertenencias llegando a territorio francés; y como luego lo cuenta Matea, únicamente sobrevivieron “con lo puesto” y casi sin dinero. (Ian Gibson, Ligero de Equipaje. La vida de Antonio Machado, Santillana Ediciones Generales, Madrid, 2006, p. 621)
Se establecieron en dos habitaciones del económico hotel Bougnol-Quintana en el pueblo pesquero de Collioure (al que hicieron sitio de peregrinación veraniega de artistas y bohemios los pintores Henri Matisse y Alain Derain con sus obras, que se conocen como “fauvistes”)
Recordaba Madame Quintana, la generosa dueña del hotel, simpatizante de la República, que en una ocasión preguntó a José, “Por qué no bajan ustedes todos juntos a comer?” y recibió por respuesta: “Porque no tenemos ropa de recambio. El día que uno de los dos lava la camisa, espera a que el otro acabe la comida y suba para bajar a su vez” (op.cit. p. 626), y entonces ella los proveyó a todos de indumentaria.
Murió Machado a los 64 años, dicen que de asma, pero ninguna duda cabe que por su sensibilidad murió de tristesse, es decir, de pesadumbre o melancolía. Escribe su hermano José que Antonio “No podía sobrevivir a la pérdida de España. Tampoco sobreponerse a la angustia del destierro. Este fue el estado de su espíritu en el tiempo que aún vivió en Collioure” (ibídem).
En una nota necrológica The Times de Londres da cuenta, el 2 de marzo de 1939 de la muerte de Machado, señalando: “Enfermo desde hacía tiempo, no pudo aguantar la dureza y la tristeza del éxodo”. (op.cit. p 637). Añade: “A diferencia de muchos intelectuales, quienes, habiendo abrazado al principio la República, transfirieron poco a poco sus simpatías a los nacionalistas, Machado siguió fiel a la causa republicana hasta el final.” (op.cit. p. 638)
Alguna vez había dicho el poeta: “Yo no debía salir de España. Sería mejor que me quedara a morir en una cuneta.” (op.cit. p. 615)
Lo enterraron amortajado en una sábana, porque así entendió José cumplir con la frase que un día dijo su hermano a propósito de las pompas fúnebres: “Para enterrar a una persona, con envolverla en una sábana es suficiente”. Por expresa disposición del vate, el entierro fue sobriamente civil. El atúd fue envuelto en la bandera republicana, tejida durante la noche anterior por Juliette Figuerès (op.cit. p. 631), dueña de una tienda en esa localidad, (Bonneterie-Mercerie), quien conoció a los Machado cuando ingresando a pie al pueblo le solicitaron descansar en su establecimiento, como en efecto lo hicieron, antes de llegar al hotel. El nicho fue generosamente prestado por una habitante de Collioure.
La madre de Machado (84 años) muere tres días después que su hijo, haciendo cierta la promesa que hizo en el camino al destierro, que comprendió previamente Valencia y Barcelona: “Estoy dispuesta a vivir tanto como mi hijo Antonio” (op.cit. p. 634)
En el epílogo de su obra biográfica Ian Gibson señala: “Hoy Machado y su madre siguen en el cementerio de Collioure,… Hay cerca un buzón para mensajes. Llegan cartas desde el mundo entero, en una multiplicidad de idiomas, dirigidas a “Don Antonio Machado, Cementerio de Collioure”, y se depositan en él. También se dejan papeles, poemas, cartas y otros recuerdos sobre la tumba. Casi siempre hay flores… El pequeño cementerio recoleto es lugar de peregrinaje cada año para miles de admiradores del poeta.”
No cabe duda de que las víctimas de la guerra civil española -entre ellas Machado- fueron las primeras de la Segunda Guerra Mundial dada la neutralidad frente a ella de Francia e Inglaterra y de la indiferencia de los E.U. a pesar de la abierta injerencia de Mussolini y de Hitler.
Raúl Marín | 22 de Febrero 2008


4 Comentarios
¡Buen día, don Raúl! ¡Muchas gracias por recordarnos a este gran hombre que fue Antonio Machado! Siempre leo sus excelentes artículos, con deleite. Aprovecho para compartir con usted y los lectores de Tribuna Democrática el artículo adjunto, escrito en 2004. Por cierto, en él hablo del féretro (a diferencia de la sábana que usted menciona), pues lo vi en una foto que bajé de internet (hay varias de su entierro), portado sobre los hombros de los milicianos republicanos.
Con aprecio, Luko
Evocación de Machado
Con pocos poetas me he sentido tan identificado como con Antonio Machado, de quien este 26 de julio se conmemora el 129 aniversario de su nacimiento. Debo esto sobre todo a don Carlos Duverrán, quien como profesor de secundaria supo inculcarme el amor por la literatura y la poesía. Recuerdo aún cómo enfatizaba el análisis de los poemas de Machado, de los cuales se me grabaron el sentido de la otredad o alteridad (“Converso con el hombre que siempre va conmigo”) y la inquietud por la muerte, como cuando aquel reloj la anunciara de manera prematura, pero acudiera pronto el silencio para responderle reconfortante: “No temas; / tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla”. Pero lo debo también a otras personas: a varias lecturas del noble filósofo Roberto Murillo, quien tanto lo estudió y admiró; al epílogo del libro Vida y obra del Dr. Clodomiro Picado, que culmina con los versos “Caminante, son tus huellas / el camino, y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”, que el Dr. Manuel Picado Chacón, autor del libro, revelara a nuestro amado Clorito y tanto le gustaran; a los poemas bellamente musicalizados por Joan Manuel Serrat, incluyendo la fusión de dichos versos con otros del autor y de él mismo, bajo el título de “Cantares”, y que ha inmortalizado en el sentimiento popular. Hoy, leyendo el estimulante artículo “Machado todavía”, de Antonio Deltoro (Forja No. 341, Semanario Universidad), reviven mis cálidos sentimientos hacia el poeta. Y entonces evoco mi paso fugaz en tren, hace poco más de un año, por el hermoso litoral de la Cataluña española y francesa, contrastante en su aridez con el esplendor azul del mar Mediterráneo. Así lo relaté en el artículo “Barcelona” (La República, 1-IV-03), al contar que, sin esperarlo, el añoso rótulo de la estación de Collioure de súbito sobresaltó mi corazón. ¡No imaginaba que estaba ahí ese pueblito francés en el cual él se exiló y murió, y donde hoy reposan sus restos! En realidad, sus días finales fueron muy crudos. Aunque sevillano de nacimiento, en medio de la Guerra Civil Española, desde abril de 1938 se había trasladado a vivir de Valencia a Barcelona. De convicciones liberales, fue ferviente partidario de la República y, con la toma de la ciudad por parte del ejército franquista, debió partir hacia el exilio. Sumaba a su débil estado de ánimo el inextinguible dolor por la pérdida de su amadísima Leonor (muerta en 1912 con solo 20 años y tras apenas tres años de matrimonio) y, ya sazón, la lacerante pena por ese amor secreto y prohibido de Guiomar (pseudónimo para la poetisa Pilar Valderrama, según se sabría después), por ser casada. Tras numerosos avatares y contratiempos en cinco días de travesía, llegó a la frontera francesa el 27 de enero de 1939 con su madre Ana Ruiz, de 88 años, su hermano José y familia, y un grupo de amigos. A pie, en medio de una gran multitud de exilados y bajo la lluvia, la cruzó, pero enfermaría junto con su madre. Moriría tres semanas después, en el hotel Bougnol-Quintana, y su madre tres días después de él. Y hasta ahí lo acompañó, febril, el amor por Guiomar, en varios poemas postrimeros y crudos, como aquel de algún tiempo atrás: “La guerra dio al amor el tajo fuerte. / Y es la total angustia de la muerte, / con la sombra infecunda de tu llama / y la soñada miel de amor tardío, / y la flor imposible de la rama / que ha sentido del hacha el corte frío”. Tras su muerte, su hermano halló en el abrigo su último poema, mínimo pero conmovedor por su significado ante la cercanía del final: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Caía, ahora sí, la última y trémula gota en la clepsidra y se completaba la advertencia del viejo silencio interlocutor: “Dormirás muchas horas todavía / sobre la orilla vieja, / y encontrarás una mañana pura / amarrada tu barca a otra ribera”. Y el 23 de febrero, a los casi 64 años de edad, ya estaba en esa otra ribera. Al caer la tarde, su cuerpo fue llevado en hombros al cementerio desde el hotel por un grupo de milicianos republicanos. Ahí, rodeado por numerosos amigos dolientes de patria y desgarrados por la guerra, así como por muchos pobladores de Collioure, incluyendo al alcalde, su féretro de madera bajó a tierra (“Un golpe de ataúd en tierra / es algo perfectamente serio”), cubierto con la bandera de esa República por cuya causa tanto luchó y hasta murió. Hoy su sencilla tumba es sitio de peregrinación, y cuentan que las autoridades municipales decidieron colocar un buzón a su lado, por la cantidad de escritos que sus admiradores colocaban sobre ésta, como reencuentro y ofrenda. De seguro, sinceras y sentidas palabras, pero apenas efímeras compañeras de aquellas suyas de significado imperecedero, reunidas en la placa de su epitafio: “Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”.
Estimado don Luko: mucho agradezco su comentario y su jugoso anexo.Sobra decir que soy asiduo lector de sus amenos y eruditos artículos. Tiene usted razón de que existen fotos del féretro de Machado envuelto en la bandera republicada -reprodicidas, además, en la obra de Ian Gibson citada en mi comentario- La sábana que se cita es de la mortaja. Lamento contestar hasta ahora pero me había refugiado en la montaña sin acceso a Internet. Cordialmente,
¡Buenas tardes, don Raúl! ¡Muchas gracias por sus gentiles palabras! Tiene usted toditica la razón. Leí muy de prisa -y quizás con mucha emoción, inducida por su contagiante prosa- su texto, y no reparé en lo del ataúd, sino solo en la sábana.
Por cierto, alguna vez don Fernando Guier escribió un articulito muy hermoso (del cual me puso al tanto el amigo Danilo Elizondo, colega suyo) sobre Pablo Casals, quien llegó de incógnito a tocar música al cementerio de Collioure. ¡Es un relato muy conmovedor! No sé si lo conoce. Creo que tengo una fotocopia, algo ajada.
Y, cuando murió el papa Juan Pablo II, no pude evitar escribir el artículo adjunto, en el que está presente ese ser humano humildemente grande que fue Machado.
Con aprecio,
Luko
Días azules, sol de infancia
A raíz de la muerte del querible papa Juan Pablo II, la cual tanto ha conmovido al mundo, al margen de posiciones religiosas, políticas o filosóficas, ha abundado la información por la prensa. Y, por supuesto, había gran expectativa por conocer -tras 26 años de un mandato papal en una época mundial tan convulsa y cambiante-, su testamento.
Por tanto, leí con interés lo informado al respecto en La Nación (8-IV-05) y, entre numerosos párrafos entrecomillados, apareció el siguiente, breve pero muy emotivo: “Con toda su rusticidad estética contenía momentos de carne y hueso, como un final que evocaba los “días azules y el sol de la infancia””. Confieso que me impactó tan sencilla pero bella frase, no solo por estar incluida en su testamento, sino también porque en ese importante testimonio final el Papa aludiera a esos versos del poeta Antonio Machado.
Esto me despertó la curiosidad para buscar el texto completo del testamento en internet, pero en él no hallé dichas palabras. Esto me hace pensar, entonces, que aquel entrecomillado, no siendo parte del testamento, es una adición de algún periodista del diario español El País (fuente informativa de La Nación) familiarizado con la poesía de Machado.
Cabe indicar que a fines de enero de 1939, exilado como víctima de la Guerra Civil española y sumamente enfermo, Machado abandonó Barcelona y llegó a la frontera francesa con su anciana madre Ana, su hermano José y familia, y algunos amigos. Establecido en el pueblito marinero de Collioure, a orillas del Mediterráneo, moriría tres semanas después, apenas tres días antes que su madre. Y, cuando su hermano recogió sus pertenencias en el hotel donde estaban hospedados, en una bolsa de su abrigo halló un papel que decía: “Estos días azules y este sol de la infancia”.
Emotivo este hallazgo, por el significado de tan escuetas pero estremecedoras palabras ante la inminencia de su final, ante lo cual Machado rememoraba sus días de infancia sevillana. Y conmovedoras también -así como oportuna la cita del periodista español, por la coincidencia de sentimientos- las palabras finales del citado testamento (“A medida que se avecina el límite de mi vida terrenal vuelvo con la memoria al principio, a mis padres, al hermano y la hermana…”). Porque, fiel a su terruño de Wadowice y a la familia y amigos que tanto amara desde sus días de infancia y juventud -así como en sus tiempos de actor, crítico teatral, poeta y hasta humilde obrero-, aquel tierno niño bautizado alguna vez como Karol Wojtyla siempre habitó su corazón.
Estimado don Luko: En una esporádica salida de la montaña me he encontrado con su ameno comentario y el artículo que viene anexo sobre la muerte de Juan Pablo II y el acertado y fino parangón suyo con la filosofía machadiana. Como que los gigantes del pensamiento suelen coincidir en temas medulares. Cordialmente,