En el rumor del bosque el aire cantarino afila sus notas; es vana esperanza surgida de irreverencia atonal. Sugiere el destilar del druida al levantar su alero en el escampado del trono. Egoísmo trascendente de sentirse el sol de un universo palidecido. Vanidad de vanidades, y todo es vanidad. Le acompañan en su tarea los Bardos, necios responsables de entregar las riquezas del reino mediante la tergiversación de la historia, para suplantar las luchas de la libertad en mansedumbre domesticada: dominio de toda la estructura legal en pugna con la vida de pueblo libre y feliz.
Su paso por la historia: regazo teñido de afrentas caliginosas; hoy fuente de insípida gota infecunda, forma de reflejo sutil de sombra neblinosa, gris y azul en la caída nocturna. Travesía por la montaña de la incomprensión y el desaliento. Elementos fustigadores de la concordia humana. Todo arranca al colocar en la balanza su peso en el mundo de las opiniones, y entonces se turba: es apenas sombra sin otra estampa, fuera de su “yoísmo” secular. No le alcanza su tamaño. Otros ocupan ahora el viejo sitial abandonado. ¿Dónde lo convocan para mediar entre partes en conflicto? Su ego es maltratado por su espejo delator: vive tan solo e recuerdos, del pasado donde conquistó coronas y flores.
De manera pertinaz, surgen otros desencantos: en el principio habló de cambios, renovaciones y altas metas; luego torció la vía y entregó su destino a los más negativos propósitos en la profundidad del bosque; destrucción innúmera de asentados valores; fronda aleve por demoler la estructura ancestral en la pira de su propio interés y de los sedientos de devastar los viejos robles en conjura metódica; forjaron una alianza indestructible de bastardías: fin trascendente de adorar al becerro de oro y convertir la cita bursátil en desgarrones de ventisca infernal.
El fuego candente aporta a la escena: darle contenido de profunda rareza a la satisfacción del encuentro, atiborrado de colores oscuros como la noche maléfica, croar de los vestigios etéreos en la desapacible y frenética furia de los resplandores.
¿Dónde apoyan sus pasos? En la conjura silenciosa y rematada por la nocturnidad de los actos. Solo emerge como la auscultación tangencial, al ponerse en evidencia los gravosos planes antipopulares. Consigna respetada por los conjurados, salvo por la turgencia de hechos improbables.
Visión oculta en la retina del sensible transcurrir, sin otra alternativa: mirar el paso del tiempo; renovación diaria y muerte de los elementos cernidos en la inmensidad del firmamento. Misión acotada por la entrega grosera de la conciencia a la materialidad rebosante. Profana unión de peligro insoslayable, sin otra ventura de fijar la ruta en el sentido inverso del curso del los tiempos. Regreso fastidioso a etapas, ya le parecen inmemoriales, de la grandeza espiritual, abandonada y maltratada en el regazo de su propia incomprensión.
Manoseo de trompeta cargada de añoranzas mezquinas, dolorosas, corroídas por el pasar taciturno. Flor del desatino en la lucha diaria. Presagio de otras muchas noches en la forja de contradictorio sentimiento. El recodo de la ruta los lleva a la realidad palatina de promesas incumplidas; es la visión para terminar en la derrota de altas profecías en procura de la armonía y de la verdad. Todo era falso.
Es anuncio del invierno crudo de aguas agitadas: columnas azarosas de vertientes inhóspitas, sacuden la cresta de centenarios maderos, trenzados en cruel lucha de los elementos. Abrojos e insectos destilan el humus batallador de la naturaleza indómita. Todo está cuestionado. Entonces el druida y sus acólitos, amenazan con el miedo y la mentira; viejos aleros de una provocación sin límites. Obstruyen y doblegan los pusilámines, recurren a otras latitudes para obtener ayuda en sus deliberados propósitos, y bajan los escalones de una inmensa asechanza. Vanidad de vanidades, todo en vanidad. Al final, el viento de la fraternidad y la solidaridad humanas, soplando sobre el bosque, los ahoga en el infortunio y jamás lograrán sus propósitos.
¡Paz y victoria en el rumor del bosque!
Rogelio Ramos Valverde | 18 de Febrero 2008


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