Vivir en la capital de cualquier país del mundo generalmente es un placer, sobre todo si no se desvive en fabelas, tugurios, asentamientos humanos, ranchos o como quiera llamárseles a esos sitios horrendos en donde la dignidad humana ha sido humillada y exprimida hasta la última gota.
Vivir en la selva ya es otra cosa. Aunque sea por pocos días. Porque quien no ha explorado la selva amazónica ni navegado por el imponente río Amazonas, no conoce lo que es la belleza, con todos los peligros inimaginables, quizá por ser belleza al fin. Y esta no excluye el mundo de las peligrosas boas, de las tortugas prehistóricas, de los traicioneros mosquitos, del escurridizo delfín rosado y de los perezosos atados con fuerza a sus convicciones de vagabundería y lentitud.
Navegar en un frágil bote por esta impresionante masa de agua – toda rodeada de la lujuriosa montaña verde – en una tarde o en un anochecer espléndido de luna llena, es uno de los lujos más baratos entre aquellos que no tienen precio.
Pero, para llegar allá se debe partir de algún sitio. Y yo aproveché para trasladarme de Lima a Iquitos, capital del Departamento de Loreto, con aproximadamente 173.000 habitantes.
El viaje dura hora y media en un confortable Boeing 747. Se sale de la capital peruana muy temprano en la mañana y se sobrevuelan primero los nevados Andes en un espectáculo tempranero inigualable. Es el primer acercamiento al destino final.
A los lejos se encuentran y se pueden ver desde las alturas los ríos Marañón y Ucayali, el primero ya inolvidable para este autor, después de que conoció la historia verídica del loco Lope de Aguirre – la furia de Dios, como lo llamaron – aquel realista y violentísimo súbdito de la corona española dispuesto a maltratar indios y a encontrar El Dorado en el siglo XVI, quien después sorprendió con su impensable rebelión contra el imperio. Derramó borbotones de sangre ajena y mucho dolor en un tortuoso camino de selva y de agua, impregnado por él de tanta sangre como aguas tenían el Marañón y los otros importantes afluentes del gigantesco Amazonas.
Señalemos que según los últimos datos conocidos, el Amazonas, casi con seguridad, es el río más largo del mundo, sobrepasando al Nilo, si se acepta que tiene algo así como 6.700 kilómetros de longitud. No deja dudas: atraviesa gran parte de Sudamérica y es parte esencial del calificado como pulmón del mundo. Este pulmón ha sido puesto en peligro por los abusos de los explotadores irracionales de madera, por las acciones de los narcotraficantes y por quienes no tienen ninguna conciencia conservacionista.
Iquitos está rodeado por dos ríos: el Itaya y el Manay, pero en la zona se encuentran sus hermanos: el Yamaico, el Napo, el Madeira, el Tapajós, el Apurimac, el Pará, el Solomaes y el Negro, para citar solo estos que como todos pueden cambiar de nombre en su curso y terminan dando forma al poderoso y larguísimo Amazonas, el rey indiscutible que se corona en el Atlántico.
En la capital de Loreto se pueden encontrar todavía las huellas de la riqueza de la industria del caucho, desarrollada a finales del siglo XIX, cuando Fitzcarraldo llevó el paroxismo de su gran riqueza hasta el punto de construir un teatro destinado a la ópera en el corazón de la selva, la que le generó inmenso poder económico.
Empero, se debe hablar del otro Fitzcarraldo y no únicamente del idealista enamorado de la ópera, hasta el punto de traer desde Europa a las y los figurantes, quienes probablemente llegaban aquí no solo por ganar buen dinero, sino un poco también por sus ansias de exploración y de aventura.
En el corazón de Iquitos, a 34 grados a la sombra, todavía es posible encontrar testimonios de aquella riqueza del caucho que envolvió a la zona: la Casa de Hierro, una hermosa construcción levantada con ese metal, que si hoy tiene gran atractivo lo debe haber tenido mucho más para su tiempo. Asimismo, se exhibe una distinguida edificación de varios pisos—en uso actual — donde estuvo un lujoso hotel, cerca del malecón de la ciudad. En este sitio se alojaban los que entonces llegaban a la ciudad a promover sus inversiones y negocios.
Y, para que el cuadro quede completo, es posible visitar un modesto restaurante que lleva el nombre de Fitzcarraldo. Aquí se muestran en sus paredes fotos y dibujos relacionados con la época y con ese personaje mítico del cual solo se publican las historias idealizadas, sin decirse nada de sus comprobados maltratos e iniquidades con los residentes locales.
Julio Suñol | 2 de Febrero 2008


1 Comentarios
Julio, Escribes muy bien y relatas muy bien tu viaje, la experiencia extraordinaria que debe ser conocer ese parte del mundo tan densamente hermosa. Aunque no he visto el Amazonas, en cierto modo y por un vinculo dificil de describir pero muy especial, siento conocerlo, es como que si lo hubiera navegado; fuera parte de mi. Yo escribo y pinto, y naturalmente el rio Amazonas fluye en letras e imagenes. Gracias por tu aporte a esta viajera imaginaria.