Disminuir tamaño de letraAumentar tamaño de letraImprimir paginaEnviar esta pagina por e-mailAmpliar el ancho de la paginafluid-width

Aniversario de oro

Rogelio Ramos Valverde | 29 de Febrero 2008

Saludo con todo afecto a los compañeros y compañeras que cumplen también cincuenta y veinticinco años de ejercicio profesional, que hago extensivo a sus parientes y amigos.

Concurro a este acto público, el más solemne de nuestro Colegio de Abogados, con espíritu renovado, pletórico de emoción y exultante de felicidad.

¡Cincuenta años!

¡Cincuenta años de abogado!

El tiempo ha pasado de manera inexorable. Parece que ayer llegué hasta la Secretaría del Colegio de Abogados, a inscribir mi grado académico. Mis atestados los recibió don Gonzalo Dobles, a la sazón Secretario de la Junta Directiva. Con cordialidad me pasó a su oficina particular, y leyendo mi nombre me preguntó por mi padre, quien por muchos años fue Secretario del Registro Público, y con ojos maliciosos de poeta, que lo era y muy sensible, me soltó una frase que no supe entonces si era de bienvenida o de condolencia al decirme: “Otro abogado…” Parece que fue ayer, y sin embargo, la realidad me lleva a otra dimensión. Escribió Cicerón: “El tiempo es una cierta parte de la eternidad”.

No puedo olvidar el primer día en la Escuela de Derecho en abril de 1948. Vivía el país una división que rompía nuestro tejido social. Éramos una sociedad en aguda crisis por las cosas y las pasiones de la época; yo padecía, asimismo, esa inquietud; tenía mis propias convicciones que por fortuna nunca he traicionado. Allí, en esa casa de estudios, finqué mis anhelos e hice amigos para toda la vida, sin importar su credo religioso, su filiación política o ideológica; algunos de ellos existen ahora solo en mi pensamiento. Nuestros estudios fueron como un bello campo labrantío: día con día surgían tallos, luego hojas y también flores que formaron ese frondoso bosque de donde tomamos los frutos dulces del saber.

Y al hacer este recuento revivo en mi memoria a quienes entonces me rodeaban: abuelas, progenitores, mi padre Rogelio y mi madre Mercedes, tíos y tías, mi hermano Álvaro, también abogado; ellos son mi estirpe. Estará siempre acompañándome mi novia de entonces y luego mi esposa amada María de los Ángeles, quien fue parte integrante en el comenzar y vivir la plenitud de mi vida profesional: ella me dio todo su apoyo en ese transitar por los años difíciles de novel abogado, y con ella procreé cuatro hijos, que a la vez me dieron cinco nietos y ahora una bisnieta. Por mi retina pasan mis queridos suegros, quienes tanto respeto me inspiraron. Por fortuna otros de mis deudos viven y me acompañan en esta noche.

También tengo presentes a mis profesores, más que ello, amigos que me enseñaron, con su sabiduría, las herramientas necesarias para emprender mi tarea de abogado; a los que ya se fueron a la eternidad, y a los dos que sobreviven: don Alberto Martén Chavarría y don Otto Fallas Monge, cuyo nombre lleva nuestro grupo. Esas herramientas de igual manera, me fueron de inestimable valor para cumplir con otras obligaciones en los cargos públicos que he desempeñado.

Cuando ahora me entregan una medalla de oro por estos cincuenta años de ejercicio de la abogacía están en mi evocación todos ellos y ellas, y también a quienes luego, figuraron como compañeros de muchos años en este escarpado, duro y al mismo tiempo hermoso vagar por la vida profesional, y no podría ser de otra manera, a los clientes que pusieron en mis manos sus propios anhelos, y sin cuyo concurso la abogacía sería un mito: el aprendizaje en la universidad y en los libros sería vano sin la experiencia que da la vida y esa vida para el abogado está en encontrar caminos para el desarrollo de sus convicciones en el planteamiento de sus reclamos.

Al mirar hacia atrás en este largo y a veces estrecho peregrinar por nuestra profesión, hay momentos - y muchos - de duda, de orfandad, porque el abogado vive en su ejercicio profesional en una soledad, enfrentado solo y solamente él, al estudio y análisis de los memoriales, de las demandas y respuestas. Cuán claro aparece ahora, al concluir esta fascinante carrera, si vemos como los nublados que nos atormentaron alguna vez se disipan en el marco de las etapas cumplidas y sentimos al mismo tiempo, la seguridad de haber acertado en muchas oportunidades y errado en otras, estas últimas tal vez por falta de capacidad pero nunca por falta de empeño.

Creo, y si me equivoco admito prueba en contrario como dicen los abogados, que acá soy el de mayor de edad - véase que no digo el más viejo por un prurito de tonta vanidad - pero esos años que les llevo, me han permitido solicitar a los miembros de la Junta Directiva usar unos minutos para decir estas palabras; agradezco me lo hayan permitido. Puedo agregar ahora con convicción absoluta: la frase de don Gonzalo Dobles, al recibir mi credencial de abogado, lo fue de bienvenida y no de condolencia. Han sido ricos en experiencias estos cincuenta años de abogado. No podría haber realizado en otro campo mi tarea profesional, lo digo sin vanagloria, solo por expresar la verdad.

Agradezco, asimismo, desde el fondo de mi alma, este homenaje que me brinda nuestro Colegio, hago votos por su progreso sin tregua, y por el destino profesional y humano de los miembros de la Junta Directiva. Dijo el maestro Eduardo García Enterría, en su discurso de incorporación a la Academia de la Lengua Española, frase que repito y me apropio: “Mi gratitud no podrá ser otra que una renovación de lealtad”, y agrego yo, al derecho, a la paz, a la democracia, a la vida institucional y al desarrollo armónico de nuestra amada Costa Rica.

Rogelio Ramos Valverde | 29 de Febrero 2008

0 Comentarios

Publique su Comentario




Recordar mis datos?


Reglas para publicar comentarios: Antes de publicarse, cada comentario será revisado por el moderador. Su dirección de e-mail no aparecerá.