El caso del ciudadano Alex Solís Fallas, ex Contralor de la República, repercute ahora en los medios de prensa como un fantasma, recobrado que señala algunos aspectos del suceso, tanto en su nombramiento como en su destitución y salta a la luz de la opinión pública todo el tinglado que hizo posible el acontecimiento.
Sería de agradecer el perdón individual y colectivo, la disculpa, el arrepentimiento, tardío, de aquellos que propiciaron el suceso. Pero en la mente de todos ¿de dónde vino la idea de hacer una cosa así?, complementado con la propuesta real de hacerlo Contralor, uno de los puestos más relevantes de nuestra institucionalidad.
Es evidente que el acto, suceso o conjura, parte de algún lugar o de alguna persona y su círculo de prebostes, molestos todos por algo que dijo, o dejó decir, el Contralor en ejercicio, todo complicado con el surgimiento de cargos, pruebas, denuncias sobre su persona y su reputación, que fueron más bien una cortina de humo negro, para ocultar las secretas aspiraciones que mediaron en su destitución, para colocar allí a alguien que siguiera las indicaciones de alguna persona, en una especie de tragedia, para don Alex Solís, su familia, sus amigos, sus colaboradores, en una agonía que duró semanas, llevado el guión de manera puntual por algunos diputados, de cuyas actuaciones, al menos las públicas, queda constancia en las actas de la Asamblea Legislativa del período.
Difiero de aquellos que piensan que la carrera política, o profesional, de don Alex Solís, quedara arruinada por las acusaciones que se le hicieran o por los resultados de la votación en donde se le destituyó. Hasta la fecha no ha podido ser enfrentado certeramente de cargo alguno, y de los cuales no se le permitió defenderse realmente, y las citadas acusaciones pasaron al archivo. Pero durante todo este drama le fue imposible de creer que la Comisión que lo investigó no sufrió presiones para expresar una condena, con su posterior destitución, y que el peso de la presión estuvo sobre la Asamblea Legislativa, casi en pleno, usando los argumentos de solvencia moral golpeada, para ocupar el cargo para el cual fue elegido, sin que casi nadie antes hablara del asunto.
El caso de don Alex Solís muestra, en todo su esplendor, la lógica perversa de nuestra política, ubicada en la Asamblea Legislativa, y a la conjunción de múltiples factores para divulgar los cargos, las casi pruebas y hacer juego con la honra de una persona que ocupara el alto sitial de Contralor General de la República.
¿Quién decidió que había que proceder a la destitución del Contralor? ¿quiénes se prestaron al juego de los ilusionistas para hacer acusaciones de un sombrero, hurgar en la vida profesional de un respetado abogado, en su forma de ganarse la vida, en pequeños detalles de su labor como notario o hasta en sus relaciones familiares afectivas, mezcladas con el devenir político? Todo esto puede percibirse en las actas ya citadas, en los artículos de prensa o las imágenes de la televisión, muchas de las cuales, convertidas en judicatura, lo condenaron antes, en su propio momento o al futuro, con base a informaciones dispares, declaraciones altisonantes de algunos diputados o diputadas, las cuales dieron forma a ese coro que señalaba a un culpable, donde solo había una especie de neblina, provocada como fuegos de artificio.
Como en todo suceso que media el tiempo, y puede verse ya a la distancia, lo que ocurrió en el caso de don Alex Solís, y su destitución como Contralor solo está empezando. La avalancha de disculpas diputadiles es noble pero muestra que la lógica de la perversidad, como acto político, existe en nuestra vida cotidiana y se muestra en el momento decisivo en que contraría los intereses creados, que en caso del que estamos hablando pareciera que parten de la afirmación, del ahora destituido, de que haría una gestión independiente y que no cree deberle el puesto a nadie, asunto totalmente contraproducente en la lógica malévola del clientelismo, el amiguismo o el deseo de controlar el aparato estatal de manera casi total, más las prebendas que derivan, hacia el futuro, de quienes se prestaron a apoyar estos asuntos cuestionables.
El número de informaciones generadas por el suceso del 13 de diciembre de 2004, nos muestra que se puede ejercer presión, enredar los asuntos y finalmente adelantarse a los investigadores, o jueces, para impartir sentencia. Don Alex Solís se convirtió, en un corto período de ejercer el cargo, y por medio de sus declaraciones periodísticas también, en una persona que podría contrariar los intereses de aquellos a los cuales les molestaba su independencia, su estilo de actuar como funcionario público, o por solo el hecho de afirmar, y hacerlo reiteradamente, que estaba allí para cumplir aquello que determinaba el estatuto de la familia Solís Fallas, si los hay, no tienen para mi la menor importancia. Don Ottón Solís tuvo la valentía y la dignidad de irse de un grupo político que había agotado ya su trascendencia social. Don Alex Solís, de seguro, pertenece a aquellos liberacionistas históricos que no cambian sus principios por un plato de lentejas. Todo lo anterior porque en la muestra de pruebas de la intriga, se enreda todo en un pleito de banderías y no en la lógica perversa, ya lo dijimos, del disfrute del poder por el poder mismo.
Todos podríamos estar en el caso del ciudadano Alex Solís Fallas si no se corrigen los comportamientos que dieron origen a su destitución como Contralor General de la República, gracias, tal vez, al espíritu de enmienda de los antiguos legisladores que actuaron siguiendo las órdenes del Gran Titiritero.
De nada sirve en nuestro país, derivado de este caso, el que uno no sea juzgado, de que no exista el debido proceso, de que se archiven los cargos, de que no se haya abierto un expediente sobre el caso que se le atribuye. La información distorsionada, el manipuleo de la información, la sentencia mediática, valen más que la verdad que debe establecerse para tomar una decisión sensata, justa y acorde con la defensa que el ciudadano haga de las acusaciones que se le endilgan.
Inmunidad rima con impunidad. Ahora a don Alex Solís le queda asumir la paciencia histórica, su carrera profesional y política solo está detenida en un momento muy largo, el del dolor, como expresara muy acertadamente Oscar Wilde. Como escritor que es, puede hacer uso de su inteligencia para escribir un meditado ensayo legal o darle forma a una novela en donde pueda incluir a todos los personajes que le instaron a asumir el cargo y aquellos que lo destituyeron. Hechas ambas propuestas a partir de estar viviendo un tiempo en donde se perdió el miedo a casi todo. Incluido el poder decir las cosas con la plena verdad de haberlas vivido. Y con dignidad y estilo.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 21 de Enero 2008


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