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Muerte civil

Alfonso Chase | 1 de Enero 2008

El término fue usado varias veces por el periodista, escritor y político don Otilio Ulate, de manera oral y escrita, con énfasis en las proporciones históricas de su real significado. No siendo don Otilio un historiador le dio, primero, una visión perteneciente al ámbito de quienes nos han gobernado, desde el siglo pasado, no en la manera expuesta de hacer política sino de financiarla. Su segunda acepción se refería al sentido que tuvo la prensa, no toda, a partir de los años 50, en desaparecer a figuras de significación de sus páginas, como si hubieran muerto, desaparecido, esfumado, creando su propio canon de verdades a medias, mentiras tipográficas, para lograr escribir la historia, en sus galeras, antes que en su real significado.

Don Otilio Ulate fue una figura controvertida en casi todo lo que se le mire, pero también un hombre con personalidad propia, inteligencia deslumbrante y un estilo de escribir que no tiene parangón en nuestras letras. Cuando empezó a tocar estos temas, en su real madurez, en los años 50, estaba haciendo una especie de autocrítica sobre sus actuaciones políticas, su manera de ejercer el periodismo y la manera que tenía de ver el mundo, el suyo, en las relaciones nacionales e internacionales.

El concepto de muerte civil lo aplicó a su propia trayectoria como personalidad social, con la óptica de cómo empezaba a analizar los sucesos de los cuales había sido protagonista o catalizador y a su propio destino, desde que era un niño.

Lo hace desde la importancia de la prensa en su defensa de la libertad de expresión y al hecho de que mucha de la historia se escribe en sus páginas. También en el momento en que se vio convertido en casi un fantasma, por no haber respondido en su destino a lo que muchos esperaban de él y que no logró cumplir, por múltiples motivos, cuando alcanzó la Presidencia de la República. El concepto lo hizo de uso público cuando se dio cuenta de que unos eran los sucesos que ocurrían realmente y otros los que salían publicados, dentro de ese concepto que desarrolló sobre lo que denominó Oligarquía Civil, y que su inteligencia lo hizo remontarse al siglo XIX, descubriendo —tardíamente según él— los acomodos y reacomodos de los que elegían gobernantes, primero desde un club social y luego en conciliábulos en los que ponían el dinero para las campañas, la estructura funcional de las maquinarias políticas, las horrendas páginas con listas de personas de época y las noticias detrás de las noticias, más las presiones de esa oligarquía civil que, dominando ciertos medios de información, hacían la historia de acuerdo con sus propios intereses.

En varias tesis de investigación se encuentra expuesta la idea, en don Otilio Ulate, de la importancia de la libertad de expresión en todos los ámbitos, desde que hizo su primer periódico estudiantil, siendo un adolescente, hasta cuando fue figura emblemática del Diario de Costa Rica, en su época de esplendor y posterior crisis, vista según él por la pérdida de la publicidad, los ataques políticos que sufrió y el papel de la oligarquía civil, que relacionaba con los círculos de altos intereses financieros, apellidos emblemáticos y detentadores del real poder de nombrar, o impugnar a quienes nos han gobernado, desde las páginas de la prensa hegemónica, oligárquica y neoconservadora, y no tan liberal como se dicen ellos.

La correspondencia personal del ilustre ex presidente, de sus últimos diez años, se encuentra llena de reflexiones sobre lo que hizo o dejó de hacer, siempre con ese estilo indignado, inteligente y brillante, que no perdió nunca y que le hizo mantener conversaciones con algunos miembros de nuestra generación, para aclarar asuntos tan álgidos como su inicio como diputado, sus intereses periodísticos, su papel antes y después de 1948, su trayectoria como ex mandatario, sus pactos políticos y hasta la traída de agentes inversionistas, que también eran sus amigos internacionales. Pero el descubrimiento tardío de la existencia de una oligarquía civil, la más inteligente de América Latina —dijo en alguna ocasión— le dio potestad para plantearse la idea de esta, mostrando la capacidad de autorrenovarse, y sabiendo que terminaría en un país en el cual los financistas, con esa visión, iban a dominar en todos los campos, estableciendo una especie de gobierno corporativo en el cual los políticos, ya en sus manos completamente, iban a ser simples comparsas de quienes tienen y aspiran al poder total, terminando este ciclo con un presidente-empresario.

La muerte civil de todos los que no estuvieran de acuerdo con este plan, concebido a través de las décadas, era la expresión más honda de una inquietud que tuvo en su madura ancianidad y fue el eco de sus actuaciones, que pocos entendieron, convertido ya en un hombre solitario, reconciliado a medias con su pasado, pero abierto al porvenir de todos los que no fueran él. Esa muerte civil hacía que la historia se escribiera de un solo modo, sesgado, desapareciendo de ella a todos los que no estuvieran de acuerdo con el plan, que se había aplicado con él de manera concisa, cuando fue gobernante y cuando lo dejó de ser. Para un hombre con la certera vanidad histórica de haber sido un mandatario relevante, su miedo era que su vida quedara relegada a una simple nota de prensa, una esquela, un obituario y a no ser percibido como lo que en realidad él creía ser: un gobernante, político o candidato trascendente.

Tuve el privilegio de amistad, pelearme, reconciliarme y ser testigo de sus conversaciones cuando estableció una mano puente con los que fueron sus escuchantes más jóvenes, nacionales y extranjeros, y supe reírme y solazarme, con sus salidas tan ingeniosas, que lo convirtieron en un hombre profundamente humorista. Todo muy bien hasta que sacaba los términos de oligarquía civil, asesinato entre el papel, en una locuaz obsesión por prevenirnos de lo que iba a ocurrir, o estaba ocurriendo, en los últimos 100 años, desde que en 1903 se diera la famosa Transacción, que llevó al poder a don Ascensión Esquivel, ya casi convertido en momia intelectual.

Como protagonista real de los sucesos que dieron origen a la II República, es un buen tópico recordar a don Otilio Ulate Blanco, para dar comienzo a la develación de la importancia de los hechos de 1948, que llegan a sus 60 años, en este año nuevo que empieza y el hurgar en el cementerio de muertes civiles que podemos empezar a descubrir con ese motivo.

(La Prensa Libre)

Alfonso Chase | 1 de Enero 2008

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