A partir de lo que escribimos sobre varios textos, todavía no editados, de don Otilio Ulate, y como prologómeno a los estudios sobre la Guerra Civil de 1948, la Guerra de Liberación Nacional y la fundación de lo que conocemos como II República (1948-1949), algunos protagonistas de ambos bandos, quedan pocos pero memoriosos, me han permitido esbozar algunas ideas sobre lo que se concibe, y trata de explicarse, como oligarquía civil. Son pocos los documentos, enjundiosos, pero muchos los testimonios sobre el concepto, y varias las aclaraciones. Algunos creen que se trata de un concepto general aplicado al desarrollo político e histórico de Costa Rica, a partir de los calvarios, vistos en retrospectiva, vividos por el ex presidente, una vez que dejó de ser mandatario. Otros testimonios lo acercan a unas presuntas memorias que fueron entregadas a un amigo y que se guardan en el silencio de las gavetas, en donde se mira la historia de nuestro país desde una óptica diferente, inclusive contradictoria, en lo que significa ésta para Ulate, al través de su azarosa vida política, el ejercicio del periodismo y la madeja de sucesos en los que se vio envuelto, a partir de la década de los años cuarenta, sus vaivenes ideológicos, sus pactos, y al hecho de que se creyera, o sintiera, desplazado por una nueva generación de actores sociales y políticos, constituidos en nueva oligarquía de mando o los antiguos restos de la primera república, que nunca lo toleraron, o aún sus propios partidarios fieles, que luego lo abandonaron cuando el Partido Unión Nacional se desperdigó en la historia.
Ulate creía que oligarquía civil se refería a los estratos sociales y financieros que manejaron el pasado, su presente y la posibilidad de que se fueran concentrando, en un proceso de un siglo, hasta detentar todo el poder político, y económico, sin disparar una sola bala, en un largo experimento para adueñarse del país, infiltrando todos los partidos existentes y constituyéndose en uno solo, con brazos y vertientes que harían oposición de mentirillas, hasta llegar a constituir un sólido bloque de poder en el ámbito del Estado, a partir de la Asamblea Legislativa y desde la pérdida del poder de las bayonetas luego, de la Abolición del Ejército (1948).
El análisis de estos asuntos, hechos algunas veces desde su propio solio presidencial, o desde las páginas del Diario de Costa Rica luego, abarcaba un período muy amplio: desde la presidencia de León Cortés (1936-1940), sus aspiraciones futuras y la figura simbólica del padre, ante el cual, con motivo de su muerte, Ulate se rasgó las vestiduras y casi se proclamó su heredero político.
Lo que no logró ir entendiendo Ulate es que él, por su propia personalidad, y por su independencia, no correspondía al perfil que la oligarquía civil se había hecho del candidato, necesario para las elecciones de 1948, y solo fue el fiel de la balanza para seguir manteniendo lo que Eunice Odio había descrito tan bien en sus famosos artículos en El Imparcial, de Guatemala, sobre la situación política del momento en nuestro país (1947).
Fue un candidato de compromiso, aceptado por casi todos, pero que provocaba resquemores en esa oligarquía civil, que ya añoraba a uno de los suyos en el sillón presidencial, que representara sus intereses, sus negocios con el Estado y el control sobre las profesiones liberales que estaban a su servicio. Es tan fascinante, y elíptica, la meditación constante de un Ulate víctima de todos, encerrado con sus propios fantasmas, atormentado por sus errores y aciertos deseados, que desde la obsesión y análisis de su propia vida, logra ver hacia el pasado, período presidencial por grupo que lo acuerpara, más su extensión en años, que se da cuenta de un plan tejido por décadas que habría de desembocar en algo tan nuevo, por viejo, como fue el júbilo popular por el golpe de los hermanos Tinoco contra don Alfredo González Flores (1919), que hizo que una multitud grandiosa los aclamara sin saber que se estaban poniendo el cuchillo en su propio pescuezo.
¿Cómo vio don Otilio Ulate su concepción de oligarquía civil? La percibió como un grupo organizado de terratenientes, productores y exportadores que controlaban los bancos privados, influían sobre los escasos militares que quedaban, coqueteaban con el poder eclesiástico, al menos hasta la llegada de Monseñor Víctor Sanabria, sentían temor ante los partidos Reformista, Comunista o el Republicano Nacional, levemente aspergiados de agua bendita, y los grupos de presión constituidos por ciertos grupos de intelectuales más… ¡la política del Buen Vecino, del Presidente Roosevelt y sus representantes diplomáticos en Costa Rica! Una oligarquía dueña de la tierra, que se había apoderado de ella comprándola a los pequeños productores, o extendiendo cercas o comprando, a distancia, todos los baldíos nacionales.
El señor Ulate vio las cosas no como un analista social, nunca lo fue, sino con la idea de que los más jóvenes lograran percibir esto, en ese lenguaje de Esopo que muchas veces exhibía para no ser blanco de los enemigos, convertidos en sus amigos en cuanto los necesitaba.
Lo que interesa, y queda como legado, es su visión a futuro, en ese paso a paso, y ya despojado de su propio partido, cuando a partir de 1958 se da la nueva Instauración Oligárquica y la antigua II República se declara en estado de lenta moribundia.
Todo lo anterior para darle forma al pensamiento, muchas veces citado, pero pocas veces leído o investigado, de un ciudadano que padeció la muerte civil cuando se convirtió en molesto tábano político para su generación y hasta para sus partidarios.
La historia de los sucesos de 1948 se ha escrito desde diferentes maneras en analizarlas, en el campo de los vencedores y los derrotados. Pero pocas veces se han estudiado aspectos sutiles que definen el comportamiento humano y las grandes decisiones. Un pueblo sin memoria histórica es un territorio solo delimitado por su propuesta geográfica, no por el modo de pensar y actuar de sus habitantes. El concepto, la praxis de oligarquía civil, pareciera que alcanza en nuestros días el punto más alto de su ola, en el comportamiento de nuestra clase política.
Pero podría parecer que fuera, realmente, el descenso hacia su marea más baja.
(La Prensa Libre)
Alfonso Chase | 8 de Enero 2008


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