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La indefensión

José Calvo | 10 de Enero 2008

Viví en dos países donde la gente se hacía justicia por su mano. Cualquier injuria o injusticia, y al chopo. Si la cosa ocurría en el campo, el machetazo. Y si la afectada era una mujer, allí estaba siempre el papá, el hermano o el marido. Un sistema así es muy inconveniente por su alto grado de siniestralidad. Afortunadamente en Costa Rica tenemos los tribunales. El afectado por un insulto o una injusticia pone un juicio, un recurso de amparo, uno de inconstitucionalidad, o alguna de esas acciones que tienen atiborrados los tribunales que las rechazan en la puerta, o que las arrastran por años sin que eso signifique resarcimiento. Para disfrutar de esta gran ventaja que nos da el estado de derecho, el pueblo paga un montón de impuestos, y el afectado un abogado, y lo empuja incesantemente hasta que el caso se pierde por abandono o por fallo; la cosa casi siempre falla. El que no puede pagar simplemente acepta la injuria como mala suerte, y se salva de la otra. Quinientos años antes de Cristo un ateniense pobre tenía el derecho de que su reclamo lo oyera un jurado de treinta de sus conciudadanos; y aquí nosotros, nada.

Tenemos también el recurso del gremio laboral y la defensoría del habitante, pero estas instituciones se dedican más a defender los derechos de la colectividad que los del individuo: es más rentable, y da una base para la diputación. El gremio profesional más bien puede ser una institución para practicar la agresión, pues los hay que funcionan para beneficio de una argollita y en claro perjuicio de sus colegas; desempleados o en permanente condición interina, por disposición de su propio gremio —al que todos están obligados a afiliarse, sin que puedan formar otro: no lo permite la ley—. Son ambos bandos sociedad civil, pero los que están “en propiedad” prefieren el desempleo de sus colegas para ganar horas extra; a pesar de que los necesita el aumento de la población. El individuo está indefenso. Peor que si el defensor fuera el chapulín colorado, porque le pega también el chipote de nuestro sistema, en caso de que busque la justicia.

Esto tiene el inconveniente adicional de que promueve la injusticia; porque en aquellos dos países terribles la gente lo piensa dos veces antes de agredir a alguien, dadas las consecuencias. Pero en el nuestro los poderosos te agreden sin ningún temor, pues saben muy bien que lo hacen impunemente; y hasta con la venia del sindicato: si un funcionario público en una institución de “máxima desconcentración” que le da “discrecionalidad”, le pasa por encima flagrantemente a la ley de la tierra y a tus derechos, y lograras por chiripa que un tribunal rectificara su arbitraria decisión, este sólo ordena tu restitución en el puesto de que el jefe te despojó, pero sin ninguna consecuencia para el agresor, que puede continuar así con su mal proceder: su discrecionalidad es una patente de corso. ¡Y vaya si la usa!

Yo no estoy recomendando que volvamos al estado anterior, pero estoy diciendo que es un régimen así como el nuestro lo que conduce eventualmente al retroceso: la mano blanca y el vigilante.

Lo extraño de nuestra situación es la autocomplacencia que genera; aunque eso es especialmente entre los administradores del sistema: sus beneficiarios. El resto de la sociedad va como el percherón que dio a Orwell la idea para Granja de Animales: maltratado por un niño cruel, e inconsciente de su fuerza: se quejan amargamente del alcalde a quien reelige continuamente el 10% de los electores que van a votar: sus compinches.

Yo pienso que esta es la condición inevitable de la sociedad. Aunque a diferencia del percherón maltratado, esta si tumba al mocoso abusivo de vez en cuando, sólo que se le encarama otro. Y el mocoso abusivo no cambia nunca, ni aprende. Continúa con su maltrato hasta que el percherón lo tumba.

Semejante calamidad de la sociedad humana se agrava mucho cuando ésta es un noyau: una de esas sociedades de hostilidad interna como nosotros (las otras la vuelcan hacia fuera) que el zoólogo francés Jean-Jacques Petters describió en algunos otros primates, donde unas familias forman argollas que son enemigas de todas las otras argollas. Esto es lo que yo advertí repetidamente en mi participación en CRISOL como el principal obstáculo para concertar; y por cierto que la famosa “concertación” de Rodríguez nos dio un magnífico ejemplo de la falla (¿verdad don Danilo?).

“¿Para qué son los amigos?” se suele preguntar universalmente, con la implicación de que son para ayudarse mutuamente. Pero no en el noyau, donde hay que redefinir la amistad para excluir a quienes no son miembros de nuestra argolla. Y no perteneciendo a ninguna, yo no estoy en capacidad de saber cuál es el requisito. Me parece que estas argollas son lo que el escritor americano Kurt Vonnegut, de quien me he estado acordando, llamaba un empty karass: Un karass es un grupo unido por el destino por alguna razón arcana pero intuitivamente válida. Y uno vacío aquel en que la razón es evidentemente absurda; como decir las Hijas de la Revolución Americana. Pero claro que en los nuestros se advierte una comunión de intereses económicos: vos no entrás, aunque se te hagan muchos aspavientos de bienvenida. ¿Qué te has creído? “Tenés que ir un día a casa”.

He leído con interés lo de don Alfonso Chase sobre la clase conspiratoria, porque yo la advertí cuando regresé a Costa Rica después de 20 años de ausencia, y noté cómo toda la clase profesional había adoptado el acento del Amón, y estaba acaudillada por la antigua oligarquía cafetalera: la más inteligente del continente catorceño; aunque ahora se ha casado con los otros catorceños de América Central, igual que lo hizo antes con los demócratas locales; lo que contribuye tanto a las dificultad de crear una sociedad civil. ¿Quién está a la par tuya? Si lo identificás correctamente dirá que sos un resentido.

Tenemos ahora de ajuste una influencia nociva de Centroamérica; aunque todavía somos diferentes, pues en ninguno de esos paisecitos ha costado tantísimo aprobar el TLC, a pesar de la descaradísima intervención del embajador Oscar Langsdale y nuestro presidente Mark Arias. Seguro lo terminarán aprobando, pues la acción anticómbica se trasladó por error estratégico a la Asamblea Legislativa, donde no se puede hacer mitigación, y los neoliberales tienen demasiada plata, además de que cuentan con nuestra inacción. Aquí vale preguntarse otra vez ¿quién está a la par tuya?, pues no podemos confiar de los que dicen ser nuestros amigos.

Pero tal vez el TLC y la indefensión nos ayuden a formar una sociedad civil que ponga sus propias cartas sobre la mesa, como las tiene que poner. Una que corrija nuestra actual indefensión. Una que acabe con los karasses vacios de nuestra democracia, nuestra justicia, y nuestra cultura. Una que los llene. Porque sin sociedad civil no hay defensa posible para el individuo, que es lo más importante.

José Calvo | 10 de Enero 2008

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