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Giacomo Puccini: genio y figura

El Editor | 3 de Enero 2008

Por Pola Suárez Urtubey

BUENOS AIRES - Valgan sólo dos menciones para aproximarnos al mundo tan particular que supo construirse Giacomo Puccini, de quien este año conmemoramos el siglo y medio de su nacimiento. Curiosamente, ambas tienen que ver con David Belasco, a quien recurrió un par de veces para sus obras. La primera fue con Madam Butterfly; la segunda, con The Girl of the Golden West, de las que resultaron Madama Butterfly y La fanciulla del West. El contacto con la primera se dio en 1900, cuando estando el compositor en Londres para asistir al estreno inglés de Tosca en el Covent Garden, algunos amigos le aconsejaron asistir a la representación de la Butterfly de David Belasco, una de las figuras más pintorescas y divertidas del teatro norteamericano entre 1890 y 1910.

Invariablemente sediento de encontrar nuevos temas para sus óperas, Puccini asistió al espectáculo y quedó fascinado por la fuerza teatral de la intriga, a pesar de no entender una sola palabra de la lengua de Shakespeare. Según Belasco, el compositor se acercó a él y le suplicó que le permitiera adaptar ese título para una ópera, pedido que tratándose de un músico ya tan popular, no habría podido resistir. Según sus propias palabras: “Yo acepté rápidamente y le dije que podía hacer lo que quisiera con mi pieza y sobre la base de cualquier contrato, pues no es posible discutir asuntos de negocios con un italiano impulsivo que tiene lágrimas en los ojos y los dos brazos alrededor del cuello de uno”.

Pocos años después, en 1907, Puccini se encontraba en Nueva York para asistir a una temporada de seis semanas consagradas a sus óperas, entre ellas la más nueva de todas, precisamente Madama Butterfly.

Un día de esos, llegó al Teatro Belasco, donde, ante salas colmadas, se representaba The Girl of the Golden West. La obra colmó el entusiasmo del compositor, entre otras razones porque la representación teatral era a su juicio sensacional, y reflejaba todas las novedades en materia de escenificación que habían convertido a Belasco en un adelantado dentro del teatro de los Estados Unidos. El 30 de enero de 1908 Puccini estaba ya en posesión del libreto italiano de lo que sería su ópera La fanciulla del West y, el 10 de diciembre de 1910, la obra tenía su estreno triunfal en el Metropolitan.

Según se sabe, el éxito fue memorable: 52 veces debió salir para agradecer los aplausos, mientras el público arrojaba ramos de flores al autor y a sus intérpretes. Al final del segundo acto, el empresario de la sala, Giulio Gatti-Casazza, apareció en el escenario y en nombre de la dirección del teatro colocó sobre la cabeza de Puccini una corona de plata maciza adornada con cintas con los colores nacionales de Italia y Estados Unidos. El Met estaba engalanado con banderas estadounidenses e italianas y mil personas quedaron en la calle sin conseguir localidades. Se asegura que las entradas fueron revendidas a treinta veces su precio oficial.


Así tocaba la cima aquella criatura que había nacido el 22 de diciembre de 1858, en Lucca, Italia. En la Argentina, cuando llegó con su mujer en 1905 invitado por Ezequiel Paz, el fundador del diario La Prensa, la recepción fue espectacular, según ha quedado vivamente reflejada en nuestros periódicos. Tenía 46 años cuando Buenos Aires, después de haber vibrado con las representaciones porteñas de Manon Lescaut, La Bohème, Tosca y Madama Butterfly, lo consagraba entre los dioses del Olimpo. Por entonces, los grandes hombres públicos del país se ponían a la cabeza de sus admiradores: Ezequiel Paz, Bartolomé Mitre, el entonces presidente de la nación Manuel Quintana, el ministro de Instrucción Pública Joaquín V. González…

La partida para Montevideo fue espectacular y no hace mucho lo relataba el escritor José Luis Sáenz. Dos bandas de música lo acompañaron desde la Avenida de Mayo hasta el Dique 4 donde lo esperaba el vapor Venus. Lloró Puccini ante semejante espectáculo: desde los otros buques y murallones lo aplaudían, mientras desde la ciudad el gran reflector de La Prensa hacía guiños e iluminaba el barco hasta llegar al canal, como último adiós de los argentinos.

Pero para los argentinos que vendrían después, no fue una despedida. Puccini está y estará siempre con nosotros, por eso le dedicaremos una serie de notas. Hasta el jueves próximo.

(La Nación – Buenos Aires)

El Editor | 3 de Enero 2008

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