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Del pecado

José Calvo | 22 de Enero 2008

La hipótesis de El Puente de San Luis Rey era que Dios castiga a los buenos, y el diseño experimental de Fray Junípero para probar que es al contrario, le mostró claramente y sin necesidad de ningún “análisis de varianza”, que estaba equivocado. “Varianza” es la variación del valor de las observaciones de una población alrededor de su media, y se emplea como medida de probabilidad; o de improbabilidad. Todas las personas que murieron en el desplome del puente regresaban de una peregrinación de arrepentimiento llenos de “propósito de enmienda”.

Conociendo la naturaleza humana, podría ser que Dios les quitó así la oportunidad de volver al pecado. Pero también está el hecho de que ni Fray Junípero, ni el capitán Vargas para quien Dios premia el pecado, conocían las características que estaban midiendo; lo que tampoco es un error poco común. De hecho, podemos saber la dimensión, pero no qué cosa estamos midiendo: “la cosa misma”.

Junípero asignó un valor del 1 al 10 a cosas como la bondad, la pureza, y la generosidad, y cualquiera estaría en aprietos para definir cualquiera de esas características; lo que también permite reclamarlas sin suficiente mérito. Y aquí el mérito mismo es cosa de muy difícil definición: se podría decir que hablamos de cosas a convenir, y ya todos sabemos lo difícil que es la “concertación”. Es mucho más fácil la imposición, especialmente cuando se puede usar para eso la democracia y el “estado de derecho”, con sus referendos y su procedimiento parlamentario, donde el que puede insiste hasta que coge al otro cansado. ¡Qué buenos que somos nosotros! ¡Qué malos que son ustedes!, se dicen mutuamente Bush, Uribe y Chávez; o las FARC y los gobiernos colombianos, que llevan en eso más de 50 años. ¿Ve usted las dificultades del método de Fray Junípero?

Veo con curiosidad, como una coincidencia, que el nombre del diputado que maneja las penas de cárcel por violación de propiedad intelectual es el mismo del hombre que hizo la venta de la patente del propanil que me inició en una lucha ingrata y vana contra el abuso de esa manifestación incoherente de la libertad de comercio, y pienso que sí la delincuencia “común” galopante aportaría evidencia muy dañina para la hipótesis de Fray Junípero, más lo haría la de nuestra corrupción, que es mucho más remunerativa, totalmente impune, y muy respetable. Pienso que si un empleo en la oficina de registro de plaguicidas era una magnífica oportunidad para un hombre listo, es mucho mejor uno en comercio exterior; para no hablar del registro de patentes, donde los conflictos de intereses son tan grandes que tenemos al marido tramitándolas en su bufete de lujo, y a la esposa facilitándolas en la Asamblea, sin ningún rubor. ¿Quién puede culpar a la pobre Malinche por sacarle un poco de jugo a los conquistadores cuando ya no había nada que hacer?

Y hablando de comercio exterior, don Fernando Ocampo, negociador estrella vitalicio de Costa Rica, y jefe de la negociación de libre comercio con Europa, también recibiría una mala nota de Fray Junípero en veracidad, cuando dice que los subsidios europeos no afectarán a nuestros agricultores. Sólo que luego el fraile tendría que considerar si esa declaración no se debe a ignorancia de lo que es libre comercio, o de lo que es el comercio. Pues Ocampo dice que los europeos no podrán vender tomates aquí porque tendrían que pagar el flete y el seguro, como si así no fuera para todo, y que los demás productos no los mandarán aquí porque los pueden vender a mucho mejor precio en Europa (!) Ellos sí, pero nosotros no, porque no hay libre comercio. Y si los pueden vender a tan buen precio allí eso es precisamente porque dumpean los excedentes que provoca el subsidio. “Elemental, mi querido Watson”. Los europeos han de estar c—— de la risa, viendo que somos tan chichis.

Pero claro, el fraile tendría que considerar el hecho innegable de que este es un trato muy bueno para algunos como Mr. Scrooge, y especular un poquito sobre la conexión para ver cuál categoría califica.

Junípero le daría mala nota a don Oscar Arias en veracidad con solo oírlo diciendo que nunca ha mentido; aunque le daría ahora crédito por reconocer que no puede controlar la inflación, que él mismo provoca endeudándonos hasta las orejas y fomentando inversión extranjera improductiva. Pero para eso ya viene un remedio con la recesión americana que tiene tan preocupado al complaciente Barnacle, y que no parece reversible ni trayendo las tropas que combaten en Irak el terrorismo que provocaron. Pero si la Asamblea Legislativa es una carlanca por culpa del PAC sin la cual ya tendríamos el 31 tris, es en cambio un tarro de vaselina por la posición de los demás; ¿o deberíamos decir postura?

Fray Junípero juzgó la conducta por los estándares que emplea la convención, y nadie podría decir que la Perrichola era virtuosa, o que la condesa de Sotomayor no fuera una vieja cascarrabias. Lo que sí puede ocurrir es que nosotros no conocemos los designios de Dios. De repente llega uno allá esperanzado porque tuvo una vida virtuosa, sólo para enterarse de que lo que había que haber hecho aquí abajo era parrandear. Algo como lo que les pasó a las monjas cuando se enteraron de que Dios había muerto.

No cabe duda de que este tipo de valoración estadística es muy útil en la industria. Uno puede usarlo para saber, digamos con un 95% de confianza, que sus bombillos duran 100 horas. Y puede disfrutar de mayor confianza de que no está rechazando lo que es cierto; solo que a riesgo de estar aceptando lo que es falso. Y esto se puede hacer extensivo aun a lo que desde los tiempos de John D. Rockefeller llaman “relaciones industriales”: las del personal de la empresa en su desempeño. Pero no sirve para determinar el camino correcto, porque resulta que hasta el del infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Aquí es donde falla tan lamentablemente la ideología de la ciencia industrial que domina la naturaleza y la explota cada día con mayor eficiencia (productividad), para satisfacer las “necesidades” del “mercado”. Las comillas son porque las necesidades se crean, y el mercado no existe desde que no existen sus leyes. La demanda se hace pagándole anuncios a Michael Jordan, y repitiendo las frases de don Oscar Arias, don Mark Langsdale, el señor Carrillo Lara, o del Dr. Goebbels. (“Posicionamiento de marca”). Y la oferta se manipula acaparando el producto; sólo que no todos podemos hacerlo.

Siguiendo con la valoración y el pecado ¿sabía usted que Galileo, el sumo pontífice del paradigma científico-industrial, alegaba que sólo es real lo que se puede medir? Las características van adquiriendo realidad cuando encontramos la forma de medirlas. Bueno, Junípero se podría haber ahorrado sus mediciones de la virtud, o por lo menos podría haber esperado hasta que encontremos la manera de medirla. ¿Qué es esto? Nos podemos preguntar entonces. Pero para no sacar cero en veracidad habría que contestar “En realidad no lo sabemos, pero mide 6”. Y eso le confiere realidad.

Pero la veracidad no paga en el mercado. Leí hace muchos años (como todo lo que hice), el relato de un economista tico a quien el Banco Mundial mandó a una islita atrasada para que empezara un “estudio de factibilidad” sobre su desarrollo. El tipo llegó allí lleno del entusiasmo desarrollista euro-americano, pero se le fue desgastando en aquel paraíso natural, y al final recomendó que era mejor dejarlo como estaba. Ni qué decir tiene que no seguiría en el Banco Mundial. Este era peor que Stiglitz, quien sólo les dice que sus mediciones están intencionalmente equivocadas.

Reconozcamos entonces que la cosa es muy relativa. Cuentan de un lazarillo que dijo a su ciego “Uf qué calor, vamos a tomarnos una horchata”. Y el ciego preguntó “¿Qué es una horchata?”. “Una horchata es un refresco de color blanco”. “Y qué es el color blanco?” “Es el color del cisne”. “Y, ¿qué es un cisne?” “Es una ave con el cuello en forma de S” “¿Y qué cosa es una S?”. Y cuando el lazarillo exasperado le dobló el brazo para darle esa forma, el ciego le dijo. “Ah bueno, ahora sé qué es una horchata”.

Como sabemos, Cogito ergo sum no prueba nada, pero aun así sum. Y si quiero evitarme problemas con los demás que también sunt no los debo engañar, pues aunque no se pueda medir con precisión el tamaño del engaño también está el IQ que algo mide. ¿Acaso son tontos? Pueden estar dormidos, pero existen, y se van a despertar. Más pronto entre más los sacuden.

José Calvo | 22 de Enero 2008

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