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Construcción de alternativas más allá del TLC (6)

Luis Paulino Vargas Solís | 24 de Enero 2008

EN CONCLUSIÓN

Lo que, con optimismo, llamo Movimiento Ciudadano, es hoy un hermoso arbusto que creció, vigoroso y saludable, durante la hermosa gesta ciudadana de lucha contra el TLC. El desenlace del referendo lo dejó algo zarandeado pero la verdad es que, al día de hoy, conserva intactas sus potencialidades. Podría quizá llegar a ser un enorme higuerón, capaz de resistir las borrascas y de cubrir con su sombra a toda Costa Rica. Dependerá de nosotros y nosotras que llegue a serlo…o que se malogre. Lo primero es cosa realmente laboriosa y difícil. Exige paciencia, trabajo, generosidad, respeto. Lo segundo –matar este arbolito- es, en cambio, asunto facilísimo.

Supongamos que el objetivo que se persigue –modesto en cuanto es viable; ambicioso en cuanto supone cambios importantes en la sociedad costarricense- es construir un movimiento pluralista y democrático, enraizado en lo mejor de las tradiciones labradas históricamente por nuestro pueblo, pero dispuesto, al mismo tiempo, a superar tabúes y ataduras y a construir nuevas y mucho más plenas y justas formas de convivencia. Siendo sí, termino esta reflexión enumerando las que, a mi juicio, constituyen algunos de los posibles errores que podrían dar al traste con esta hermosa esperanza.

1) El dogmatismo: es decir, el convencimiento ciego de que yo, y solo yo, tengo la razón y de cualquiera que opine diferente es tan solo un vendido, un corrupto, un arribista. Es una receta inmejorable para el odio y la división.

2) La vanidad y la arrogancia: cosa especialmente problemática viniendo de líderes y, en general, figuras de cierto peso político o intelectual y, por lo demás, una excelente fórmula para dividir.

3) El activismo: es decir, el hacer cosas, a impulsos de la pura emoción, sin cuidado acerca de la coherencia de lo que se hace, de su valía dentro de la lucha de conjunto ni sus repercusiones o aportes a futuro. El activismo resulta, así, una buena manera de despilfarrar energía sin lograr resultados apreciables.

4) Confundir la realidad con las preferencias personales. Sin duda todos tenemos opciones ideológicas, preferencias, inclinaciones. Y, por cierto, no es infrecuente que se confunda lo que uno desea o prefiere, con lo que realmente son las cosas. Precisamente porque no es fácil diferenciar una cosa de la otra, es necesario mantenerse alerta acerca de esa tendencia tan usual. De otra forma, terminaremos haciendo lo que nos gusta y no lo que es necesario hacer, cosa que, la mayoría de las veces, producirá resultados políticamente inapropiados. La convocatoria irreflexiva a huelgas generales o rebeliones callejeras, sin un examen más o menos sereno de las condiciones de la realidad social, dan buen ejemplo de ello.

5) Ningún espacio de poder debería quedar al descubierto, excepto si ello es realmente necesario o absolutamente inevitable. Recordamos que el poder es una realidad compleja y multiforme. Existen espacios de poder bien identificables –por ejemplo la Asamblea Legislativa- y espacios de poder que la acción social crea y recrea, tal cual en su momento lo hizo, con tremenda imaginación y originalidad, el Movimiento del No. En lo posible, no deberíamos entregar ningún espacio que podamos aprovechar ni dejar vacíos espacios que podamos llenar. Y, desde luego, hay que trabajar por abrir nuevos espacios de poder que no estén al alcance de las oligarquías neoliberales. Estas consideraciones me llevan a pensar cuán insensato es el ataque a mansalva que algunos sectores o personas realizan contra los 18 diputados del No que luchan en la Asamblea Legislativa contra la “agenda de implementación”. Sin ilusionarse acerca de lo que por esa vía pueda lograrse, sí es preciso entender que esa es una cuota de poder que, en este momento, conviene explotar inteligentemente.

6) El pueblo de Costa Rica merece respeto. Hay dos tentaciones en las fácilmente se puede caer: primero, juzgar a este pueblo como frívolo o estúpido; segundo, actuar o hablar sin preocuparse por tratar de interpretar lo que ese pueblo piensa, siente y quiere. Sigo persuadido de que –no obstante las campañas masivas de embrutecimiento y degradación moral que las oligarquías promueven- ese pueblo es inteligente y sensato, además de sensible e intuitivo. Por ello mismo, juzgo indispensable hacer un esfuerzo enorme por tratar de interpretar eso que ese pueblo quiere y demanda para, sobre esa base, alimentar lo que vayamos a proponer. Pienso en las izquierdas históricas y en sus actuales herederos: siempre se dijeron (y se dicen) ser la voz del pueblo y, sin embargo, ese pueblo jamás se sintió representado por lo que decían ¿Por qué ocurrió así? Creo que una parte importante de la explicación estuvo, precisamente, en la incapacidad –o la arrogante falta de voluntad- de esas izquierdas para tratar de escuchar la voz e interpretar el sentimiento de nuestro pueblo.

7) El maximalismo, es decir, el plantearse objetivos y metas de amplísimo alcance. Yo personalmente aspiro y trabajo –desde hace ya sus años- por una sociedad y un mundo donde esté al alcance de cada persona el poder vivir dignamente y ser tan feliz como los avatares de su propia vida se lo permitan. Algo así como una especie de utopía modesta, es decir, una utopía con dimensión humana. No utopías sobrehumanas dispuestas a sacrificar vidas hoy para crear paraísos mañana, cosa que, según lo ratifican tanto el neoliberalismo como el socialismo real, conduce a una espiral inacabable de violencia sobre el ser humano. Me sospecho (esto queda abierto al debate) que buena parte del pueblo de Costa Rica aspira a cosas no muy distintas a estas que, con respeto, me permito plantear.

Bueno, que mi propuesta va en ese sentido: pensemos, primero que nada, en lo que es viable para Costa Rica hoy, así como para la Costa Rica que vivirán la niñez y la juventud actuales y las generaciones por venir. Un país donde esté al alcance de toda persona el tener un techo cálido, una comida decente, una buena salud. Educación y arte. Diversión y fiesta, a nuestro gusto y en equilibrio con uno mismo y con quien nos rodea. Naturaleza limpia y respetada. Libremente vivir el amor con quien amamos. Sin discriminación por color de piel o creencia religiosa -o ausencia de tal creencia- o preferencia sexual o etnia o tradición cultural. Vivir en paz y dignamente, pues. Suficientemente pretencioso pero no tanto como para volverlo un infierno de imposibilidades inhumanas.

Luis Paulino Vargas Solís | 24 de Enero 2008

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