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Construcción de alternativas más allá del TLC (5)

Luis Paulino Vargas Solís | 21 de Enero 2008

LO CÍVICO Y LO POLÍTICO

He diferenciado el ámbito cívico del político. Al primero le da forma y contenido la acción ciudadana autónoma, y se diversifica en una gama muy amplia de objetivos, planteamientos y acciones: desde el trabajo en relación con asuntos comunales o barriales hasta aquellas que implican manifestarse sobre temas políticos importantes o las orientadas a exigir rendición de cuentas por parte de quienes ejercen funciones públicas. Entre muchas otras posibilidades.

El ámbito político-partidario, por su parte, está principalmente constituido por partidos así como organizaciones que intentan constituirse como partido. Sus objetivos son relativamente precisos: lograr posiciones de poder dentro del sistema político-institucional del Estado.

El ámbito cívico es complejo y heterogéneo, lo mismo en su conformación que su accionar. El ámbito político-partidario, en cambio, es relativamente homogéneo en cuanto al tipo de organizaciones que lo constituyen y los objetivos principales que persigue. La complejidad del primero de estos ámbitos es lo que me hace ser escéptico en relación con la posibilidad de establecer estructuras organizacionales que lo coordinen. Por ello mismo me parece que no requiere de liderazgos carismáticos. El segundo, por el contrario, si supone organización formal, cierta estructura y, deseablemente, líderes de cierta estatura.

Esta diferenciación nada tiene que ver con esas fragmentaciones que la ciencia política conservadora introduce entre sociedad civil y sociedad política. Esa es la base del concepto oligárquico de democracia. Este concepto se resume en lo siguiente: es un ritual formal y vacío, en cuyo contexto un voto manipulado, emitido cada cuatro años, da un cheque en blanco para que los representantes políticos de la oligarquía hagan lo que les dé la gana sin tener que rendir cuentas ante nadie. Nuestro Movimiento Ciudadano anda detrás de una democracia sustancialmente distinta, donde el ejercicio de la ciudadanía sea vivencia cotidiana. Es decir, pensamos un pueblo que, maduro políticamente, día a día participa en los asuntos de la colectividad, opinando, manifestándose, discutiendo, decidiendo, actuando, pidiendo cuentas. O sea, una democracia con contenido real, la cual es el correlato necesario de una sociedad más justa, respetuosa, libre y pacífica.

Desde ese punto de vista, se hace necesario ver esos dos ámbitos –el civil y el partidario- simplemente como dos componentes dentro de un solo todo social. Digamos que cada uno tendría una cierta especialización funcional: el civil supone gente participando en una amplia gama de asuntos de interés colectivo; el político-partidario se enfoca en lograr el control de los mecanismos de poder político-institucional. En la práctica, ambos se acompañan, se complementan y refuerzan.

El ámbito cívico es campo de creación de nuevos espacios de poder, el cual no es de naturaleza político-institucional pero podría llegar a tener tanto peso como éste. Es la gente participando, haciendo cosas, comunicando, informando, educándose, protestando, marchando. El ámbito político-partidario son organizaciones –y gente dentro de éstas- colocando peldaños para poder controlar los mecanismos público-estatales, en los cuales se ubica una cuota importante de poder. Para que los partidos democráticos, populares y anti-neoliberales –o sea, y mejor dicho, la coalición de tales partidos- puedan llegar a dominar una parte significativa del poder público-estatal (incluso la presidencia de la república) será preciso derrotar antes, en las urnas, a los partidos neoliberales. Pero tal cosa supone enfrentar poderes que son mucho más grandes que tales partidos, incluyendo a las corporaciones mediáticas y las plutocracias con sus “contribuciones” por muchos millones de dólares. También, ya lo sabemos, al Tribunal de Elecciones y la Sala IV, un presidente de la república que hace propaganda usando recursos públicos y ¡faltaba más! al embajador gringo.

Ante tan gigantesca maquinaria queda, me parece, solo un camino: desarrollar y aprovechar al máximo todos los contrapoderes que se vienen gestando desde el ámbito civil, es decir, los nuevos espacios de poder que nuestra ciudadanía políticamente madura viene creando mediante su educación política, su organización y movilización y el desarrollo de nuevas opciones y capacidades para la comunicación e información.

O planteado de otra forma. El ámbito político-partidario se organiza, ojalá como una vasta y pluralista coalición. Propondrá, entonces, un programa mínimo, de raíz genuinamente democrática y contenidos progresistas, y con ese fin irá estructurando equipos humanos constituidos por la gente mejor capacitada, quienes eventualmente ocuparán las posiciones de responsabilidad pública en la institucionalidad estatal. Esta gran coalición debe estar completamente abierta hacia la ciudadanía organizada: escuchando críticas; recogiendo propuestas; atrayendo la gente más calificada; sometiéndose a permanente escrutinio y control.

Por su parte, esta ciudadanía organizada –lo que he llamado el ámbito civil- será el alimento que engrandezca y fortalezca ese ámbito partidario, pero también la plataforma fundamental con base en la cual contrarrestar los enormes instrumentos de poder con que cuentan a su favor los partidos oligárquicos-neoliberales. Esta última tarea ya la hicimos con motivo del referendo por el TLC. En medio de la inmensa ganancia política obtenida, se perdió la votación. Pero, sin duda, esa pérdida deja experiencias que, bien aprovechadas, podría conducirnos al triunfo.

Desarrollamos organización y madurez política, así como enormes capacidades comunicacionales y persuasivas y todo un bagaje de pensamiento y propuesta. En algunas cosas pecamos por exceso de ingenuidad o confianza. Los logros positivos habrá que desarrollarlos al máximo. Los errores deberán ser estudiados, debatidos y subsanados. Incluso deberemos desarrollar la dosis de malicia que en su momento nos hizo falta. Que ser honrado y transparente no se confunda con ser tonto ni cobarde.

Luis Paulino Vargas Solís | 21 de Enero 2008

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