Todavía hay quienes quieren devolver al pueblo costarricense su memoria. Con esfuerzo y bravura luchan contra el facilismo de quienes creen que el ayer no importa para el hoy ni para el mañana. Procuran recuperar las raíces de la costarriqueñidad, de esa vía costarricense a la que tanto debemos y de la que se quieren algunos alejar.
En esta batalla, que también obliga a apartar la historia de odiosos metodologismos y convertirla en una vivencia, sobresale la obra de don Armando Vargas Araya. Primero revivió a Antonio Maceo; luego, a Antonio Zambrana. Más recientemente nos obsequió El lado oculto del Presidente Mora, donde demuestra la grandiosidad de don Juanito, obra que por la excelente investigación que la precede y la facilidad con que se lee, se ha convertido en un éxito de ventas que creo no tiene precedentes en textos nacionales de historia.
Ahora, con ocasión de su ingreso a la Academia Costarricense de la Lengua, don Armando nos presenta un personaje muchas veces nombrado, pero en realidad desconocido: don Florencio del Castillo.
El nuevo libro se titula El evangelio de don Florencio: palabra, pensamiento y peregrinación de don Florencio del Castillo (1778-1834). Publicado por Editorial Juricentro, es una versión bastante ampliada del discurso de don Armando al asumir su silla, acompañada de una selección de escritos de don Florencio.
En un viaje a través del tiempo, el espacio y las ideas, el autor nos lleva de la mano y nos presenta al personaje desde su nacimiento en Ujarrás, pasando por su familia, siguiendo con su ordenación como sacerdote, hasta sus destacados papeles como académico en León, diputado en las Cortes de Cádiz y como congresista en México.
Es común que durante nuestra formación simplemente se nos mencione que en las Cortes que promulgaron la Constitución de Cádiz, nuestro país fue representado por don Florencio. Lo que no se nos dice es que el sacerdote del Castillo fue uno de los diputados más influyentes de esa asamblea, la cual llegó a presidir, cosa que es digna de admirar, pues la ley fundamental emanada de ella es reconocida como una extraordinaria obra del pensamiento liberal.
Y es que don Florencio tuvo el privilegio de haber estudiado –con la respectiva licencia– libros prohibidos por la Inquisición, lo cual había hecho de él un respetadísimo profesor en el prestigioso Seminario de León, donde llegó a ser vice-rector. No es de extrañar entonces que su estatura intelectual sobresaliera en Cádiz, donde abogó por la igualdad de los ultramarinos y los peninsulares, así como por la igualdad de los pardos y el progreso de su amada provincia, para lo cual propugnó la ampliación del comercio, el desarrollo de infraestructura y, principalmente, la implementación de mecanismos que permitieran que la bonanza llegara a todos.
La obra de don Armando tiene la dicha de mostrarnos toda esa grandeza alcanzada por don Florencio en España, pero no nos deja ahí. Nos hace acompañar a nuestro compatriota por sus tiempos de desdicha tras la restauración borbónica y nos lleva con él a México, donde el primer costarricense de relevancia universal intervino en el congreso constituyente convocado por Iturbide, en el que también sobresalió. Seguimos luego a don Florencio en su vuelta a Oaxaca tras el fin del imperio mexicano y lo descubrimos como influencia temprana de ese gran americano que fue Benito Juárez.
Definitivamente, don Armando Vargas Araya nos revela otro gigante que ha estado mucho tiempo olvidado en los rincones de la memoria patria. Don Florencio del Castillo vuelve a brillar, gracias a un libro escrito con claridad, el cual, a mi juicio, resulta de lectura obligatoria por toda la población de Costa Rica, principalmente por los jóvenes que cursan su formación secundaria y que estimo ávidos de saber de dónde vienen para así poder decidir libre y conscientemente hacia dónde quieren ir.
NOTA DE LOS EDITORES
Una presentación de El evangelio de Don Florencio se llevará a cabo este jueves 17 de enero a las siete de la noche en la Librería Internacional del Centro Comercial Paseo de Las Flores, Heredia.
David Fallas Redondo | 14 de Enero 2008


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