El maravilloso Michael de Montaigne decía en su Apología, en abono al principio vital de la incertidumbre: “a menos que se encuentre algo de lo que estemos completamente seguros, no podemos asegurar nada”. Tiempo después, Descartes se propuso dar con el principio contrario, es decir, la certeza absoluta, la que encuentra en el cógito de la siguiente manera: “tengo experiencias mentales, luego sé con certeza que existo”. El primero representa el humanismo renacentista del siglo XVI y el segundo a los nuevos filósofos del siglo XVII, los capitanes de la razón (Newton, Galileo, Descartes), quienes intentan traducir el mundo en exactas operaciones matemáticas y densas fórmulas lógicas para explicar su esencia por medio de la teoría. Los humanistas del Renacimiento, por el contrario, no se preocuparon por encontrar o demostrar grandes verdades; no les interesó encontrar la comba al palo de la razón. Antes que mirar hacia arriba, hacia el cielo de la abstracción, miraron hacia dentro de sí mismos, al universo no menos complejo y profundo de las pasiones humanas. A eso se dedicaron, además de Montaigne, Erasmo, Shakespeare y Rabelais, entre otros. Montaigne hace de las emociones y de los sentimientos la materia de sus divagaciones; luego de viajar incansablemente por Europa, dedica el resto de su vida a estar en su castillo de Perigord, en el que nace, para reflexionar con deleite y sin mayor aspiración científica sobre lo que oyó de la boca de sus contemporáneos, materia prima que le daba ocasión para comprender al ser humano y esencialmente acrecentar el conocimiento de sí mismo: “cada hombre lleva la forma entera de la condición humana”, decía en sus Ensayos. Erasmo, en el Elogio de la locura, despliega su ingenio con el que ridiculiza la postura dogmática de la Iglesia y hace hablar a la locura ante el pueblo por la forma de actuar de sus guías espirituales: “Os dais cuenta, supongo, de lo mucho que me debe esa raza de personas (que a sí mismos se llaman Religiosos y Monjes) que con sus ridículos gestos, sus altisonantes palabras y vaciedades imponen una especie de tiranía sobre los mortales”. Pese a esta descarga de ironía y el tono burlesco de sus palabras, no dejó nunca de profesar su lealtad a la Iglesia, ni de tener una correspondencia permanente con su amigo Martín Lutero. Se dice que los humanistas del Renacimiento practicaron una franqueza educada y una tolerancia escéptica, que les permitía reflexionar serenamente sin estar atados a los dictados de alguna teoría o dogma. Dueños de sí, podían pensar sobre los más diversos temas humanos, como lo hace un río cuando busca el mar, deteniéndose donde la corriente se hacía curva o se remansa en un remolino que gira sobre sí mismo y no avanza más allá, donde la duda y la incertidumbre tocan sus extremos. La cultura occidental avanzó por el carril de la razón e hizo de la lógica y la certeza absoluta la máxima aspiración ética a que debía dirigirse todo hombre, en detrimento del Renacimiento y su inclinación por los sentimientos, la literatura, la duda metafísica, el humor y la ironía, la combustión de los afectos y el mapa emocional de los seres humanos desprovistos de la máscara, arrebatada por la energía nueva de las grandes tragedias de Shakespeare: Macbeth, Otelo, el Rey Lear, Hamlet.
La cultura laica occidental fue marcada por el signo de la razón y el primado de las sofisticadas construcciones del pensamiento, que desembocó siglos después en la ciencia moderna, claro, pero también prohijó todos los “ismos” perversos del siglo XX, para continuar en el siglo XXI con el nefasto pensamiento único, descendiente directo de los infortunios de la razón, que masacró primero a miles de seres humanos para demostrar la locura que inflama toda demostración de “la verdad”.
El mejor antídoto contra un ego inflamado y las afirmaciones bíblicas y tajantes, será acercarse con humildad a lo que siempre sorprende y muestra todos los días una dimensión desconocida: el ser humano total y contradictorio; hermosa lección que siguen dando los maestros renacentistas.
Paúl E. Benavides Vilchez | 15 de Enero 2008


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