Disminuir tamaño de letraAumentar tamaño de letraImprimir paginaEnviar esta pagina por e-mailAmpliar el ancho de la paginafluid-width

Un ejercicio de escritura, poco antes de que den las doce

El Editor | 31 de Diciembre 2007

Por Angela Pradelli, escritora y docente argentina

Fue en noviembre. Ese día teníamos clase de escritura. El tema era el lenguaje. Las palabras. Era un miércoles caluroso pero había una brisa en la mañana que hacía entrar el olor dulce de las flores de los tilos por las ventanas del primer piso.

Hablamos del valor de las palabras, el peso de los significados, la connotación, los sentidos y los silencios. A veces el lenguaje que usamos suena anestesiado y parece que hubiéramos perdido para siempre la gravidez de las palabras. Discursos que se transforman en murmullos impenetrables que empiezan a morírsenos en las bocas o entre las manos porque el mundo de las palabras se fue achicando cada vez más.

Las palabras pueden llegar a cansarse, se enferman y terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad porque se usan mal, poco, porque no se usan. La fatiga del lenguaje.

Cortázar habló de esto en Madrid, durante una charla en la que se recordaba el quinto aniversario del golpe militar en la Argentina. “En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos”.

Ese miércoles caluroso el ejercicio consistía en escribir textos breves, uno o dos renglones en los que los alumnos incluyeran palabras simples, comunes, pero que sonaran sin embargo como dichas por primera vez. Que las palabras fueran cuerpos en sus textos.

Mientras ellos escribían, caminé por entre los bancos y me detuve a leer algunos borradores. Los observé también desde el fondo del aula mientras ellos tachaban, volvían a escribir y a tachar y lo intentaban otra vez. Después, cuando los estudiantes leyeron sus textos, todos supimos que el aire que empezaba a renovarnos el oxígeno ahí en el aula no venía sólo de los tilos que florecían en la calle.

Los alumnos leyeron y esas escrituras intentaban abrir un camino que pudiera transitarse.

Con frecuencia, mientras los estudiantes escriben en clase, me pregunto cuántos de ellos seguirán haciéndolo una vez que terminen la escuela. No pienso en escritores ni en literatura cuando me lo pregunto, sino en escribientes y en otros tipos de discursos.

Pienso la escritura como una práctica cotidiana en la vida más allá de la actividad que se desarrolle. La pienso como una herramienta, como una luz que destella en la oscuridad de lo que ignoramos. Sin embargo, su práctica parece estar reservada a unos pocos y socialmente la escritura sólo se piensa en referencia a ciertas profesiones, oficios y actividades: los escritores, la literatura, la ley, el periodismo.

¿Por qué, si vivimos inmersos en una cultura escrita —documentos, libros, almanaques, agendas, diarios, contratos, publicidades y propagandas, cheques y facturas—, la escritura no es un ejercicio social?

El año pasado leí en clase la noticia que apareció en los diarios referida a una tabla de piedra con 28 símbolos diferentes que los pobladores de Veracruz habían encontrado en 1999, mientras trabajaban en una cantera olmeca buscando materiales para la construcción. Un equipo de antropólogos de México y Estados Unidos, siete años después, confirmaba que esos 28 símbolos, tanto por su disposición como por su diseño, podrían representar la escritura más antigua de América, las primeras evidencias de escritura en el continente.

“No sabemos de qué se trata —dijo uno de los antropólogos—. Puede ser una lista de productos o un registro para la recaudación de tributos. También pueden ser elementos vinculados con algún significado religioso”.

El texto abarcaba toda la superficie de la piedra, que medía 21 centímetros de ancho por 36 de largo y pesaba 12 kilos. La superficie era suave y ligeramente cóncava, lo que hacía pensar que, en el 2900 aC los olmecas, como mis alumnos hoy, habían escrito sobre la misma piedra y borrado y vuelto a escribir muchas veces.

“Todas y todos”, dijo Angélica Gorodischer hace unos años con su lucidez y contundencia cuando le preguntaron quiénes podían escribir. “Deberían”, agregó sin dudar la Gorodischer. “Todas y todos deberíamos ponernos a escribir mañana mismo”.

La escritura, la ajena pero la propia también, nos interpela y nos cuestiona. Y si bien el lenguaje, ese misterio insondable, no nos evita el dolor, sí nos ayuda al menos a ponerles palabras a nuestras tragedias, a defendernos, a elaborar el sufrimiento, a construir nuestros duelos, a imaginar el futuro.

Tal vez, hoy, 31 de diciembre, todas y todos podríamos hacer un ejercicio de escritura, para pensar este año que termina, para mirar el que viene. Escribir unos pocos renglones. Una escritura que condense el 2007 y que hable también de los días que mañana inicia el 2008.

Yo todavía conservo entre mis papeles aquel texto que me entregó un alumno del Comercial de Temperley y que escribió a partir de este mismo ejercicio de fin de año. En la hoja que me entregó, el alumno había hecho varias reescrituras, pero en la última versión, su letra, aunque apretada, podía leerse con claridad aun entre tantas tachaduras: “Miro hacia atrás y una nube de polvo oscura me ensucia los ojos, pero pronto empieza un año nuevo y quizás la luz del sol caliente mis manos siempre frías, y entonces por fin voy a poder abrazarte”.

(Clarín – Buenos Aires)

El Editor | 31 de Diciembre 2007

0 Comentarios

Publique su Comentario




Recordar mis datos?


Reglas para publicar comentarios: Antes de publicarse, cada comentario ser� revisado por el moderador. Su direcci�n de e-mail no aparecer�.