Con el fallo sobre el crimen de Parmenio Medina, se ha vuelto a valorar el funcionamiento de los tribunales por el costo del juicio vs la condena u absolución de algunos acusados.
Este error comenzó con el pago de la deuda política y se ha extendido a otras áreas. Como los políticos reciben miles de millones para botarlos en pésimas campañas electorales, la ciudadanía comparó, de un lado, los bárbaros que se eligen y, de otro, el elevado costo de elegirlos. Claro que hay que evaluar el gasto en democracia respecto a los resultados en calidad y desempeño de los electos y del sistema. Pero no hay que equivocar el punto y definir bien lo que se evalúa, porque eso es, precisamente, lo que se ha equivocado.
Así, se quiere medir si la Asamblea sirve o no según el número de leyes que emite. Y más de una vez se ha valorado muy bien una de ellas porque en un año promulgó más leyes que otra. Pero ese alto número fue, digamos, de autorizaciones municipales, traslados de partidas y autorizaciones de sobrevuelos, mientras que las pocas de la otra fueron de mucho fondo. Con este criterio habría actuado mejor la directiva que regaló tierras del IDA a cuatro vivillos y no la que impidió una piñata semejante. El problema es calidad y, secundariamente, cantidad.
Esto mismo ocurre también con algunos juicios en que se ha absuelto a los acusados. El dinero del Poder Judicial no es, en absoluto, para condenar y meter en la cárcel a todos a los se les acuse. No. Es para hacer justicia conforme a las leyes y principios en que vivimos. Unos serán condenados y otros no. Para eso están los jueces, los acusadores y los defensores. En el contraste de sus opiniones, pruebas y valoraciones, se establecerá o no la culpabilidad de los acusados. No es la convicción individual de cada quien, sino la valoración técnica, profesional e imparcial de las conductas hecha por los jueces, conforme a la ley, la que decidirá.
El gasto es para hacer justicia, no para condenar. Puede ser muy alto o puede ser bajo. Pero lo importante es garantizar un tribunal imparcial y justo que sea el que juzgue y no nosotros. Porque, como decía Pope, “nuestros juicios son como nuestros relojes; todos andan diferentes, pero cada uno cree en el suyo”.
Nuestra preocupación no debe ser el gasto y si se condenó o no al acusado, como nosotros, particulares, habríamos querido. Lo que hay que vigilar es si con ese gasto se cumplió con la justicia, porque solo así se garantiza la tranquilidad y la paz. La justicia es demasiado importante como para reducirla a unos colones más o unos colones menos.
(La Nación)
Rodolfo Cerdas Cruz | 23 de Diciembre 2007


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